La adaptación del cineasta estadounidense a la obra de Thomas Pynchon –clasificada como “infilmable”– es un poco más amable y divertida que la original.

 

Las novelas de Thomas Pynchon son ricas en detalles y la mayoría de las veces la trama es lo menos importante, el estado al que nos inducen las acciones de los personajes prima por sobre las demás cosas, filtrada por mucha ironía. Mi pasaje favorito de El arcoiris de la gravedad es una descripción de varias páginas de cómo sobrevivieron unos plátanos la guerra que azota a los personajes del libro. ¿Trama? Qué es eso. Además de cierto aire existencialista, a los protagonistas de Pynchon les pasan muchas cosas para terminar regresando al punto donde comenzaron, emocionalmente hablando. No es casualidad que el adjetivo de infilmable acompañe a su firma de manera casi permanente. Así que sólo alguien con el pedigree y la ambición de Paul Thomas Anderson emprendería el proyecto de llevar la orgía satírica de Pynchon al cine.

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Como todo ejemplo clásico del noir, tenemos un detective, un misterio y una chica del pasado que vuelve para acosarlo. El protagonista de Vicio propio (Inherent Vice, 2014) es Larry “Doc” Sportello (Joaquin Phoenix con un par de patillas de campeonato), un investigador bastante relajado con respecto a la vida y el trabajo, la mitad del tiempo resuelve sus casos con suerte y un buen porro en la otra mano. Cuando su exnovia aparece y le encarga indagar sobre la desaparición de su nueva pareja, un millonario dedicado a los bienes raíces, nuestro bonachón mariguano intentará resolver el misterio… o algo así.

Quizá lo más interesante de la nueva cinta de Anderson sean las tres personas presentes en Vicio propio. Por un lado, la presencia de Pynchon, gracias al material de origen, la propia voz del cineasta y la de su gran héroe cinematográfico: Robert Altman (Vidas cruzadas, M.A.S.H.). Un triada en constante lucha por imponerse que convive en un precario equilibrio, por eso estamos ante uno de los trabajos menores de Anderson. Una mezcla entre sus comedias/dramas corales (Magnolia, Boogie Nights) y sus meditaciones sobre el espíritu humano (Petróleo sangriento, The Master). Incluso podríamos decir que está más cercana a Embriagados de amor (Punch Drunk Love, 2002) que a cualquier otro de sus trabajos.

Como en la comedia protagonizada por Adam Sandler, Vicio propio es dueña de un humor que no busca dejarnos radiantes de felicidad sino con una mueca de nostalgia aprobatoria. La cinta fácilmente pudo seguir los pasos de la pacheca comedia noir de los Coen, El gran Lebowski (The Big Lebowski, 1998), no obstante Anderson no está interesado en abordar algún tema en específico, más bien flota entre ellos, tal como Doc parece levitar de una acción a otra o es la trama la que se acerca a él. Tampoco le atrae mostrarnos el lado más oscuro del ser humano a la Barrio Chino (Chinatown, 1974).

No. En su séptimo esfuerzo detrás de la cámara, el director norteamericano está más inclinado a divertirnos mientras él hace lo propio. Por eso la pesimista estampa de Pynchon es dejada a un lado, en su lugar el tono es ligeramente más alegre, incluso se le da la oportunidad a Doc de tener un futuro.

Anderson está buscando hacer arte mientras ríe un poco. Disfruténlo.

 

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