Ganar elecciones es una cosa; administrar, gobernar, ejercer un cargo es otra muy diferente. No se puede olvidar la inseguridad, la corrupción ni los profundos rezagos en materia económica, laboral, educativa y de salud.

 

  1. Las victorias de candidatos independientes, la disminución de votos en todos los principales partidos y el reacomodo generalizado de fuerzas reiteran el saldo negativo de la corrupción, la baja calidad de las propuestas, la falta de confianza en la actual clase política y el crecimiento desbordante de una ciudadanía que demanda más eficiencia, transparencia y honestidad.
  2. Los partidos perdieron votos, porcentajes y posiciones, pero aún falta mucho por construir. Lejos de reconocer sus errores, algunas fuerzas han salido a justificar sus derrotas, a promover divisiones, a generar discordias, a reprocharse mutuamente y a advertir una defensa legal de sus “victorias”. Se concentran en el reparto de posiciones, olvidan el fondo, la lección ciudadana que marca un cambio, una nueva tendencia, una advertencia clara, una demostración que los pone también en el lugar y la dimensión que les corresponde. No pueden volver a concebir ni a pasar por encima de una ciudadanía que está tomando conciencia de sí misma.
  3. La principal fuerza política del país se manifestó tibiamente, y con eso bastó para reconfigurar el mapa político como nunca antes. Los electores sin partido, los grupos a la espera de liderazgos reales, cansados, hartos de incompetencias, excusas y complicidades pusieron en la mesa sus reclamos; 2015 es el primer esbozo de lo que se requiere cambiar para que la democracia funcione en favor del interés general y no sólo de grupos.
  4. Los medios de comunicación, sobre todo las redes sociales, tuvieron un peso específico relevante para influir en las tendencias de votación. En este proceso se confirmó la necesidad de que los partidos políticos actúen en congruencia, evalúen los formatos de aproximación con una sociedad cambiante, pero sobre todo que aprendan que existe una nueva arena política, la conformada por los ciudadanos libres, sin partido, sin lealtades y con vocación fiscalizadora.
  5. La movilización ciudadana tuvo expresiones de civilidad, convicción democrática y pacífica; si bien se presentaron algunos actos de violencia sin sentido, el saldo en general es positivo. Se confirmó que la mayoría (y ésa es la esencia de la democracia) de las mexicanas y mexicanos está a favor de construir, de dialogar y de seguir luchando por la vía institucional (a pesar de sus imperfecciones y deficiencias).
  6. Nuevamente, cientos de miles de ciudadanos pusieron la cuota de tiempo, dedicación y entrega para organizar, cuidar y desarrollar el proceso electoral en orden y en paz en las casillas sin incidentes mayores. Cabe mencionar, y hay que reconocer, el despliegue efectivo de fuerzas federales, Ejército y Marina que aportaron la garantía de seguridad en un proceso visto como altamente riesgoso incluso a nivel internacional.
  7. Para todas las ganadoras y ganadores ahora viene la hora de demostrar su valía, responder a la confianza, expectativa y compromiso ciudadano. Llegó la hora de cumplir, y a la luz de este proceso, la presión ciudadana y el seguimiento van a ser diferentes, más constantes, más exigentes. Ojalá que este ambiente no decline, que los medios, las organizaciones y los ciudadanos den pasos en firme para forjar una nueva cultura política.
  8. A pesar de los avances, todavía prevalecieron las sucias prácticas, los vicios y las perversiones, como el acarreo y la compra de votos. El mismo día de la elección se ejecutó una afrenta directa a la autoridad electoral; ese saldo está pendiente. El tema no es un partido ni sus candidatos, sino la validez de la ley, la sanción efectiva, la capacidad para controlar a los actores y exigirles cuentas, garantías de equidad e imparcialidad, la vigencia real de la norma y su respeto.
  9. Muchas profecías se alzan en estos días, muchas voces dicen que ellos fueron los primeros en advertirlo, y otros tantos se adjudican la paternidad de los cambios electorales; sin embargo, lo que viene depende de que se consoliden las nuevas figuras, de que los candidatos triunfantes puedan responderle a la ciudadanía. La democracia no es un cuento de hadas, la época de promesas y escarceo proselitista abre ahora el capítulo de los resultados, de las acciones y programas, de la innovación y de la efectividad. La esperanza se tornará exigencia y todo lo ofrecido deberá cumplirse.
  10. Ganar elecciones es una cosa; administrar, gobernar, ejercer un cargo es otra muy diferente. A partir de ahora, preservar lo alcanzado significa construir los consensos para actuar sobre una agenda concreta; no se puede olvidar la inseguridad, la corrupción ni los profundos rezagos en materia económica, laboral, educativa y de salud. El 2018 es, desde ya, una cita relevante, un punto clave en la agenda por la democracia en México.

 

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