Sin confianza no hay credibilidad, sin ambas nadie puede establecer compromisos, y sin estos elementos la participación ciudadana es un salto al vacío.

 

En este año se disputan un total de 2,159 cargos de elección popular: 500 a nivel federal y 1,659 posiciones locales en 17 estados.

Con una reforma política reciente, que incluye la creación del INE y cambios en materia de fiscalización, transparencia y unificación de los procesos locales con el federal, las autoridades y los partidos políticos anticipan –al menos en el discurso– una fiesta democrática plena y de vanguardia.

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Sin embargo, haciendo una revisión a la realidad –la opinión pública, la oferta de los partidos políticos, la mercadotecnia electoral y los hechos recientes– parece contundente que no todo favorece al ciudadano.

  1. La credibilidad y confianza en el proceso, las instituciones y los partidos políticos están en su peor nivel histórico. De acuerdo con encuestas, más de la mitad (55%) de la población (en promedio) tenía poca o nada de confianza en el INE. Además, el 35% de los ciudadanos no confía en que el nuevo árbitro electoral pueda controlar ni transparentar el gasto de los partidos. Peor aún, menos del 20% de la población confía en los partidos políticos. Más del 60% percibe que la corrupción ha aumentado en los últimos años y un 70% cree que seguirá empeorando. Sin confianza no hay credibilidad, sin ambas nadie puede establecer compromisos, y sin todos estos elementos la participación ciudadana es un salto al vacío.
  2. El costo de las elecciones en México sigue aumentando. El INE cuenta con un presupuesto de 5,096 millones de pesos para el proceso electoral más 5,355 millones para el financiamiento de los partidos políticos, cantidades que se suman a los 5,855 millones para gastos personales y otros, para un total de 18,572 millones de pesos.
    Todo esto, a pesar de que el tiempo de la publicidad electoral ahora es mayoritariamente estatal, que se recortó la duración de las campañas y que se supone se están generando ahorros en los organismos locales. Esto solamente para los recursos públicos; ni hablar de los que van por fuera.
  3. Los grandes problemas nacionales están ausentes en la agenda de los partidos políticos. La mercadotecnia política muestra su lado superficial y banal, los mensajes son insulsos, llenos de retórica y demagogia que no dice nada, sólo frases huecas sin sentido, sin propuestas, citas populares, chistes, parodias, jingles pegajosos, frases motivacionales, chismes, escándalos y lo que sirva para desacreditar al rival. No hay más para darle al votante.
    No hay diferencias ideológicas que distingan la oferta, nadie asume el debate y la discusión de temas de fondo. Hace tiempo que el elector sabe que no le van a cumplir; cada vez está más solo en su lucha contra la inseguridad, el desempleo y la devaluación. Después de todo, en la búsqueda de mejores oportunidades, educación, salud y bienestar hay que creer primero en sí mismo.
  4. Las candidaturas: reflejos del pragmatismo de los partidos, el nepotismo y los espejismos bizarros. Si en la oferta, el mensaje y las propuestas las ideologías murieron hace rato, las alianzas que están armando los partidos políticos reflejan que sus intereses son ganar posiciones a cualquiera costo, y que de poco valen los colores, las plataformas, la visión y los proyectos. Por eso el ciudadano ya no distingue entre derecha, centro o izquierda, conservador o liberal; todos son lo mismo. Los candidatos se cambian de partido como mejor les place; saben que no existe memoria histórica y que al final le da lo mismo a la gente. Se mueven de un cargo a otro con el mayor descaro, sin cumplir siquiera los periodos para los que fueron electos.
    En el 2015 aparecen, como nunca antes en la historia, el mayor número de candidatos y candidatas parientes, hijos, compadres, parejas sentimentales, cónyuges, subordinados y empleados de quienes están ocupando algún puesto en el Congreso, el gobierno o los partidos políticos. Arreglos entre corrientes, trueques, concesiones, recompensas a la subordinación, alianzas todas al margen de la sociedad, que finalmente tendrá que votar por quien le pongan.
    Ante la falta de confianza –de manera independiente o cooptados por los partidos políticos– observamos también a los “personajes”, políticos bizarros emergidos del clóset electoral, deportistas, faranduleros y trapaceros que buscan embriagar las conciencias cívicas llenando el vacío con sus estridencias, ocurrencias o simplemente para hacer menos aburrido el proceso electoral. No se discute su derecho ni la reserva de duda, pero ¿que no hay en México mejores fuentes generadoras de políticos confiables o líderes sociales?
    Todo esto bloquea la renovación de la clase política, inhibe el flujo de sangre nueva, crítica y de avanzada; cancela los liderazgos sociales reales, y sobre todo permite que la agenda nacional siga controlada por unos cuantos, reservando un festín de recursos públicos para los mismos de siempre, enquistando las burocracias partidistas y manteniendo la corrupción e ineficiencia.
  5. El gobierno que nos merecemos: entre el cáncer de la corrupción y la cultura de la impunidad. Sin duda, la ciudadanía dispone hoy de mejores y mayores recursos, organizaciones e información para fiscalizar la actuación de los funcionarios de gobierno, los partidos y los políticos. El escándalo nuestro de cada día llena las primeras planas, los memes geniales, las mentadas, las burlas en redes sociales, los medios internacionales, los comentarios de personalidades, paros, marchas, protestas, la ciudadanía en pie de lucha contra el mal gobierno. Pero lo anterior no significa un avance contundente en la lucha contra la corrupción.

Todos los partidos políticos, en todos los niveles de gobierno, cifras en millones de dólares, auditorías van y vienen, pruebas, testimonios, grabaciones, las nuevas leyes contra la corrupción de nada valen. Nadie para en la cárcel, no se resarce el daño a las finanzas públicas y puede que al final haya que pedirles disculpas a los malos funcionarios, además de indemnizarlos por el daño moral que les hemos hecho.

En la democracia, lo que un ciudadano se merece es aquello que se ha ganado; en cada derecho está implícita una obligación: desarrollo, crecimiento, equidad, igualdad, no se van a lograr mientras el ciudadano no cuide su moral, su ética, su mentalidad ciudadana y haga valer el respeto a sus derechos. Mejores partidos, mejores políticos, mejor democracia tendrán que surgir de un cambio profundo en la sociedad que merece, en efecto, una mejor oferta política.

 

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