Cada año se responsabiliza a los políticos por los males de Argentina, pero tristemente me estoy convenciendo que la culpa es de nosotros, los ciudadanos, por acostumbrarnos al fracaso, por desinteresarnos del progreso, y así castigarnos tanto a nosotros como a las generaciones venideras.

 

Por Maximiliano Bauk

Increíblemente, la fórmula Scioli-Zanini está hoy en día primera en las encuestas de cara a las próximas elecciones presidenciales. Sorprendente, realmente, teniendo en cuenta que tanto los mismos candidatos como la presidente aclararon que es ésta la fórmula continuadora del modelo kirchnerista, que luego de 12 años gobernando, nos deja en la situación que padecemos actualmente.

Mi primer hipótesis al respecto se basa en que el problema sea que los votantes no conocen cuál es, efectivamente, nuestra realidad, y lo que creen conocer de ella es lo (des)informado a través de los medios oficialistas o de la TV Pública, ciegamente adepta al poder, en donde las gerencias se encuentran ocupadas por hombres de La Cámpora y el salario promedio duplica al de los medios privados. Claro está que esto no se debe a la productividad o eficiencia del canal, sino a la fuente de donde los fondos provienen, es decir, los bolsillos de los contribuyentes, quienes miramos para otro lado siempre y cuando el futbol continúe con esa extraña gratuidad que paradójicamente nos cuenta más de $1,500 millones anuales.

Aunque la primera conjetura parece probable, personalmente la descarto, puesto que la realidad no puede ser ocultada pese a los inconmensurables esfuerzos del gobierno al respecto, ya que esto equivaldría a intentar generar un eclipse con nuestro dedo pulgar.

Mi tesis final radica en un lamentable conformismo argentino, donde nos hemos acostumbrado al “podría ser peor”; donde el desempleo no es preocupante mientras el desempleado no sea uno mismo; donde no importa si se coarta nuestra libertad de ahorrar en otra moneda, cuando la nuestra pierde su valor en nuestras manos, si de todas maneras siempre contamos con un mercado negro en el cual refugiarnos; donde no nos preocupan los insoportables impuestos, que nos obligan a trabajar más de la mitad del año para el Estado, si de todas maneras ya encontraremos la forma de evadirlos; donde parece cosa de ilusos intentar compararnos con países como Canadá o Australia, que hasta hace menos de un siglo hacían lo posible para convertirse en la potencia que nosotros éramos; en fin, en donde todos nuestros males no son para tanto, puesto que no vivimos en Europa, vivimos en Argentina.

Nuestra situación, hoy, no es algo normal ni mucho menos algo pasable; es, lisa y llanamente, paupérrima. Literalmente, nuestro país está en ruinas. Ocupamos el podio en los más vergonzosos rankings, sólo superados por nuestro estratégico aliado, Venezuela. Citemos algunos de ellos, para hacer memoria: somos el segundo país con más inflación del planeta; estamos penúltimos en “clima de negocios”; ocupamos el segundo lugar en el ranking de países que más desdichas les provocan a sus ciudadanos, guiándonos por el World Misery Index, elaborado por Steve H. Hanke, y somos, como si fuera poco, la segunda economía más miserable del mundo, según el Índice de la Miseria 2015 elaborado por la agencia Bloomberg.

Los índices nombrados no son un simple capricho del autor, sino que fueron escogidos por ser todos ellos tomados en cuenta por quienes poseen capital disponible para invertir, ya que nadie va a arriesgar su patrimonio en un país donde no se pueda realizar un cálculo económico de tan sólo 6 meses debido a la inflación, en donde no se pueda utilizar la moneda más conveniente para las transacciones, ni en donde el respeto a la propiedad privada se ve constantemente amenazado, razón por la cual no sólo los capitales extranjeros no se instalan aquí, sino que los locales también escapan a destinos más confiables, y, lógicamente, con la huida de capitales se fugan también empleos, mejores salarios y, por supuesto, una mejor calidad de vida.

Cada año se responsabiliza a los políticos por los males del país, pero tristemente este año me estoy convenciendo que la culpa es de nosotros, los ciudadanos, por acostumbrarnos al fracaso y tomarlo como natural, por desinteresarnos del progreso, y de esta manera castigarnos tanto a nosotros como a las generaciones venideras con una Argentina de la cual sólo podemos enorgullecernos por contar con el mejor jugador del mundo, quien tuvo que emigrar al extranjero porque nuestra realidad no le permitía un óptimo desarrollo físico, como así también nos condena a nosotros en la actualidad al subdesarrollo económico, político y social.

 

Maximiliano Bauk es investigador del área de Estudios Económicos del Centro de Estudios Libertad y Responsabilidad.

 

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