Por Philippe Waechter*

Las elecciones presidenciales francesas se reducen básicamente a una elección política sobre el papel que los electores quieren imponer a Francia.

La primera vuelta demostró que los electores franceses ya no estaban muy cómodos con la imagen que tenían de Francia. Los partidos tradicionales no lograron llegar a la segunda ronda. Hay una clara necesidad de cambio y un deseo de elegir el camino que la sociedad francesa debe tomar.

Esta intranquilidad puede notarse en la preferencia de los electores ante Europa —a favor o en contra— y esta elección anula al resto de las consideraciones electorales. No podemos comparar los programas electorales si no se aclara el dilema de la pertenencia a Europa. Esta es la razón por la que los aspectos económicos de los programas de los candidatos no son decisivos y las decisiones de voto no se basarán en ellos. De hecho, desde el inicio de la campaña poco se ha hablado de temas económicos, y el enfoque de los candidatos ha sido más en el panorama general del país.

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El predominio de la política sobre la economía se demostró recientemente en las elecciones presidenciales de Estados Unidos y el referéndum sobre Brexit. La elección presidencial de Estados Unidos siguió el mismo modelo del Brexit. Donald Trump no llegó al poder con base en su programa económico, que simplemente reflejaba la idea de una menor intervención estatal en aras de un Estado fuerte y estabilizador. Fue la visión política de Estados Unidos, tomando el control ante el resto del mundo, la que llevó a Donald Trump a la Casa Blanca. Los factores mencionados deberían hacernos detenernos a pensar, y no enfocarnos sólo en la economía.

La dimensión política que atestiguamos en las elecciones presidenciales francesas es el dilema de su relación con Europa. Es el factor de diferenciación más decisivo entre los dos candidatos a la segunda vuelta. La naturaleza política de esta elección, su impacto en la “gestión de la patria” es muy clara, ya que un candidato busca profundizar y fortalecer las instituciones europeas uniendo esfuerzos con Alemania para posicionar de nuevo la alianza franco-alemana en el núcleo de la dinámica de Europa. El otro candidato culpa a Europa de los males sociales y económicos de Francia y quiere renegociar los tratados europeos en favor del país y convocar a un referéndum para decidir la salida de las instituciones europeas en caso de que esta renegociación fracase. Lo anterior daría lugar a la creación de una nueva moneda francesa.

La diferencia entre los dos programas no puede ser más clara.

Estas dos visiones de la postura de Francia en el mundo reflejan intenciones muy diferentes para el país y dos políticas totalmente opuestas.

Emmanuel Macron busca la apertura al mundo y la aceptación de esta dimensión global. Este es el desafío al que Francia se enfrenta. Sólo esta elección puede conducir a una prosperidad renovada, que dotará a cada individuo en la sociedad de la capacidad de adaptarse a un entorno cambiante. De este modo es que Francia puede recuperar su lugar en el mundo y su capacidad de influir en el curso de la historia. Esta es la decisión que hará avanzar a la economía para poder absorber los impactos y recuperarse rápidamente para promover el empleo. Implica asimismo esfuerzos significativos para establecer el marco necesario para que cada ciudadano francés acceda a los recursos necesarios para contribuir al impulso del país. Cada ciudadano juega un papel en esta nueva dinámica.

Desde una perspectiva europea, este enfoque implica una profundización de las relaciones y la interdependencia entre países. Francia puede confiar en sus aliados para desarrollar iniciativas compartidas que permitan a Europa decidir de forma independiente. Este enfoque cooperativo y coordinado puede dar a Francia las facultades necesarias para influir en los asuntos globales.

El enfoque opuesto, como lo ofrece Marine Le Pen, implica un cambio potencial en las relaciones francesas con sus socios europeos, renegociando los tratados europeos para revisar la posición de Francia en las instituciones. ¿Cómo imaginar que los aliados europeos de Francia acepten este enfoque? Si la relación con Europa no puede ser renegociada, la candidata organizaría un referéndum por la salida de Francia de la Unión Europea y, por lo tanto, de la zona euro, y habría que definir un nuevo marco monetario. Este mismo factor es el que diferencia por completo a un Frexit del proceso Brexit por el que actualmente atraviesa el Reino Unido. La divisa añade un factor adicional de complejidad e incertidumbre que podría causar serias preocupaciones de la población francesa acerca de la situación del país. La moneda y la decisión de romper con las instituciones europeas implicaría una política gubernamental que pretende reducir la interacción de Francia con el resto de Europa y con el resto del mundo. El impulso de la productividad no involucraría a Francia como antes, lo cual tendría consecuencias desastrosas para el empleo.

En el primer escenario, el programa de Macron, el objetivo es estrechar las relaciones entre los países de la UE y particularmente con la zona del euro. Esto fortalecería los lazos económicos y la interdependencia. Desde una visión económica, un mercado único ha promovido la creación de cadenas de valor compactadas, ya que los productos ya no se fabrican exclusivamente en Francia, sino que son parte de secuencias de producción que tienen lugar en otros países de la zona. Por tanto, esta cadena de valor económica se fortalecería, asegurando un crecimiento más sólido a largo plazo. Esta capacidad de adaptación también implica capacitación, formación e inversión. La economía debe ser capaz de abordar las diferentes formas del ciclo económico. Una decisión a favor de Europa requiere esfuerzo, pero puede sentar las bases para un crecimiento sostenible de la economía y el empleo.

La tentación de cerrarse al mundo rompería dichas cadenas de valor para Francia, ya que no implicarían al país de la misma forma. Las empresas italianas, alemanas o españolas buscarían otras maneras de fabricar sus productos sin contar con Francia y, de hecho, no tendrían razones para incluir a Francia en sus operaciones debido a la incertidumbre por la nueva moneda, que no se va a implementar de inmediato. Tampoco sería sensato pensar que Francia puede producir todos los bienes que necesita por sí sola. Más que nunca, la industria manufacturera de Francia necesita de otros países, y adoptar el enfoque contrario haría que la economía se detuviera dramáticamente.

Detrás de este enfoque interno se encuentra la nostalgia por las tres décadas de auge de la post guerra en Francia. El desarrollo francés se robusteció por encima del 5% en promedio en las décadas de 1950 y 1960, el país gozó de pleno empleo y la economía era muy cerrada y más autosostenida en la manufactura de productos. Las cadenas de valor se concentraron en su mayoría en Francia. Pero es un hecho que el mundo ha cambiado y Francia ya no tiene capacidad de fabricar todos los bienes y componentes que necesita. El debilitamiento de la relación con otros países europeos apunta a un retorno a sistemas que algunos creen han funcionado durante este período de la historia. Fue también una era en la que las fábricas estaban llenas de obreros. Después llegó la tecnología y los empleos industriales se derrumbaron. Llevar a los electores a creer que cerrar las fronteras generará una abundancia de puestos de trabajo industriales en Francia es el núcleo mismo de esta nostalgia, pero así no funciona la economía, y es erróneo sugerir lo contrario.

Durante los años 50 y 60, Francia buscó por todos los medios conformar nuevas instituciones europeas para evitar el surgimiento de otra guerra. Esta dimensión política fue una esperanza para la población francesa y explica el sólido crecimiento tanto de la economía como del empleo. La nación apoyó sin reservas las metas para preservar la paz de Europa. La intención actual de romper lazos con Europa se reduce a la creencia de que Francia puede sostenerse por sí misma y lograr sola lo que anteriormente logró con la ayuda de Europa. El objetivo en los 60 fue la apertura y la ganancia comercial. Esta estrategia fue exitosa y se le puede atribuir una gran parte de la prosperidad de Europa y Francia. Los esfuerzos franceses para distanciarse no pueden desencadenar en un impulso similar, ya que el país desarrollaría una relación de desconfianza sistemática con sus socios comerciales y políticos. ¿Ganaríamos algo con esta situación? Ciertamente no.

Así, la dimensión política de esta elección se reduce al lugar de Francia en Europa. La decisión de más apertura hacia la Unión significa que Francia debe superar con éxito los retos que esto plantea, por lo que es crucial tener los recursos para invertir fuertemente en educación y formación. Cada ciudadano francés debe poder recibir una educación permanente que le ayude a cambiar su vida o a contribuir con el cambio para el desarrollo de la economía.

La decisión de cerrarse implica limitar la interacción de Francia con el resto del mundo.

¿Podemos aceptar esta elección que podría poner en peligro la Francia de hoy y el país que se heredará a nuestros nietos? El ímpetu global dejaría atrás a Francia y, ¿podemos realmente imaginar que puede avanzar sola?

La elección de los votantes es principalmente política… abrirse al exterior o cerrarse hacia sí misma; cooperación o individualismo; la oportunidad de influir en los asuntos del mundo o rezagarse, olvidada por el resto del mundo.

 

*Economista en Jefe de Natixis Asset Management

 

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