Un proyecto como éste, aunque puede funcionar, no es de ninguna manera garantía de éxito, y en todo caso, no depende de una decisión u opinión gubernamental.

 

 

La idea de las nuevas Zonas Económicas Especiales (ZEE) que propuso el presidente Enrique Peña Nieto la semana pasada, para desarrollar Guerrero, Oaxaca y Chiapas, los estados más atrasados del país, en sus intenciones es buena, pero de alcances muy limitados y con varios riesgos. Se supone que de lo que se trata es de seguir el ejemplo de China –y otros países que gracias a este tipo de áreas con condiciones preferentes en infraestructura, impuestos y reglamentación favorable–, que paso a paso logró ir abriendo y desarrollando su economía a partir de reformas puestas en marcha en 1978. Hoy, 36 años después, los chinos tienen ya la economía más grande del mundo, medida por paridad de poder de compra.

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Pero México no es China ni la historia es destino. De manera que un proyecto como éste, aunque puede funcionar, no es de ninguna manera garantía de éxito, y en todo caso, no depende de una decisión u opinión gubernamental. Ojalá el Ejecutivo tuviera la facultad de decretar lo que será económicamente exitoso, pero no es así. Las circunstancias del país, sobre todo en el marco del TLCAN, nos deben poner a dudar.

Las tres ZEE de México estarían en los municipios colindantes con el puerto de Lázaro Cárdenas, Michoacán, el corredor industrial interoceánico del Istmo de Tehuantepec y Puerto Chiapas. Pero a pesar de los buenos deseos, existe el riesgo de que las ZEE se conviertan en grandes elefantes blancos. En vez de que sea el mercado o, mejor dicho, los agentes económicos los que de manera libre decidan dónde se asentarán las inversiones viables y, en consecuencia, la infraestructura requerida, se pretende orientarlas por voluntad oficial con base en un juicio de valor: “hace falta desarrollar al Sur”. De eso no hay ninguna duda, pero el Ejecutivo es por completo incapaz de hacer esto por decreto. No se deben confundir causas con efectos en economía. Si para una empresa o proyecto resulta rentable instalarse en algún sitio, así lo hará, y es ahí donde debe llegar la infraestructura que demandan. Si, en cambio, para los empresarios no resulta rentable, así les ofrezcan cero impuestos nunca pondrán ni la primera piedra en las ZEE. Si esto último ocurre a gran escala, como es probable, el gasto que se haya hecho en éstas para carreteras, gasoductos, instalaciones, o lo que sea, habría sido un recurso tirado a la basura.

Ahora, del discurso presidencial –que afirmó que será hasta febrero cuando presenten la iniciativa al Congreso–, así como de las diversas entrevistas en las que se ha escuchado al secretario de Hacienda, Luis Videgaray, se desprende que más parece una propuesta sacada de la manga que una decisión bien pensada. Y es que cuando se le pregunta a Videgaray que de dónde saldrán los recursos para las ZEE, asegura que ya todo está incluido en el Presupuestos de Egresos 2015 (PEF), dentro del Plan Nacional de Infraestructura. Que nadie lo dude. Si el concepto de las ZEE ya lo hubieran tenido siquiera contemplado, contarían hoy con una iniciativa acabada o cuando menos en discusión. Esto apenas va a comenzar a hacerse. En realidad, fue una ocurrencia en el contexto del descontento, en particular de los estados del sur, luego de la tragedia de los normalistas de Ayotzinapa.

Ahora bien, este analista ha tenido acceso a una iniciativa similar para expedir la Ley de Zonas Económicas Estratégicas, promovida por senadores del PRD, PAN y PVEM. La propuesta, próxima a presentarse, es de alcances mayores que la del Ejecutivo, pues permitiría a entidades públicas o privadas solicitar el establecimiento, operación y mantenimiento de estas zonas en territorio nacional. Cualquier municipio o grupo de éstos podría solicitar constituirse como tal ante una comisión reguladora, siempre que cumpla con los requisitos. Sin duda, esta iniciativa tiene más sentido y denota una mejor comprensión del problema económico mexicano. No obstante, también se queda corta.

Lo que México necesita lo resumió muy bien Arturo Damm hace unos días: “En vez de ZEE receptoras de privilegios, lo que necesitamos es un País Económicamente Especial.” Coincidimos. Si, por ejemplo, ventajas como las planteadas por la iniciativa de los senadores de una tasa de Impuesto Sobre la Renta de máximo 12% para personas físicas y 16% para personas morales se aplicara en todo el país, se tendría un incentivo mucho mayor y general para beneficio de los mexicanos, no sólo de determinadas áreas, o de tres, como quiere el presidente. A final de cuentas, los propios estados sureños saldrían muy beneficiados.

Claro que bajar los impuestos de manera muy importante sería sólo el primer paso, y para que siquiera se pudiera pensar en ello, se tendría que empezar por recortar en gran medida el gasto gubernamental. Esto es algo que les duele demasiado a nuestros políticos, quienes, a pesar de los pésimos resultados, siguen teniendo fe en que su gasto deficitario “estimula” el crecimiento económico y, de paso, les ayuda a comprar votos. Mal hecho.

Así que ¡cuidado con las ZEE! Si queremos catapultar a México hace falta mucha acumulación de capital nacional y atracción de externo. Convirtámonos en un país capitalista auténtico para desarrollarnos como tal. No hay medias tintas ni economías “mixtas”. Necesitamos más empresarios y menos planificación gubernamental. Evitemos que las ocurrencias con buenas intenciones terminen saliéndonos muy caras, como hasta ahora.

 

 

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