Desaparecer 100 plurinominales se suma a la lista de propuestas que suenan bien, pero que no resuelven los problemas diagnosticados.

 

 

El clima preelectoral se nota. El ambiente se ha llenado súbitamente de propuestas dulces para el oído de los ciudadanos. Planteamientos que, vistos desde un plano superficial, no podrían generar más que consenso y aplausos. El Partido Acción Nacional arrebató la bandera al gobierno del Distrito Federal, de consultar a la sociedad sobre la pertinencia de incrementar el salario mínimo. Ríos de tinta han corrido sobre las consecuencias negativas que para el trabajador, para el ciudadano común y corriente, tendría un incremento artificial del salario mínimo. ¡Pero eso no importa! Lo relevante es haber puesto un tema popular sobre la mesa y que la opinión pública lo vincule a la agenda del partido.

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Llegando un poco tarde al concurso de ocurrencias que pueden caber en una consulta popular, el Partido Revolucionario Institucional propone –preparen fanfarrias– reducir el número de diputados federales, eliminando 100 legisladores electos por la vía de representación proporcional o plurinominales.

Los diputados federales se encuentran en el piso de confianza institucional. De acuerdo con la encuesta respectiva de Consulta Mitofsky, confiamos más en los sindicatos y en la policía, que en los legisladores. Por eso la propuesta de recortar el número de congresistas no puede fallar.

A ello se suma la percepción generalizada de un Congreso oneroso e ineficiente. La imagen de un legislador “caro” durmiendo en la curul de San Lázaro, es casi un lugar común. En ese marco, la propuesta tricolor no sólo suena atractiva, sino justa y urgente.

 

Medios y fines

El problema es que aunque desaparecer 100 plurinominales suena fantástico, el argumento se suma a la larguísima lista de propuestas que suenan bien, pero no resuelven los problemas diagnosticados. El Congreso no será más eficiente ni será menos costoso. Si acaso, lo que lograremos es saciar la sed de venganza popular contra una institución desprestigiada, al tiempo en que abrimos el camino a la sobrerrepresentación de las mayorías.

Me explico: reducir el número de plurinominales por asumir la falsa premisa de que éstos tienen una legitimidad distinta de la de los diputados electos por mayoría, implica abrir la brecha entre el número de votos obtenidos por un partido político, y la representación en curules que finalmente logra en el Congreso. Desapareciendo a la mitad de los diputados de representación proporcional, facilitaríamos el camino para que un partido político lograra una mayoría artificial; un 35% de los votos podría constituirse en 51% de los escaños. Algo que para México no sería ninguna novedad, pues el fenómeno se vivió a lo largo de prácticamente todo el siglo XX.

La propuesta del Partido Revolucionario Institucional –tan atractiva en un año electoral, tan riesgosa en términos de diseño institucional– se sustenta en hacer más eficiente el trabajo legislativo. En términos prácticos, ¿qué es “hacer más eficiente el trabajo legislativo?, ¿más iniciativas en menos tiempo?, ¿menos recursos erogados por legislatura?, ¿comisiones sin rezago?

Un Congreso no es una fábrica, ni las comisiones son líneas de producción. El argumento del ahorro nacional por cortarle la cabeza a 100 plurinominales –que además son frecuentemente los legisladores con mayor experiencia– es absolutamente irrelevante en términos presupuestales:

De acuerdo con el portal de transparencia de la Cámara de Diputados, éstos reciben 74, 000 pesos por concepto de “dieta legislativa”, 45,000 pesos por “asistencia legislativa” y 28,000 pesos para “atención ciudadana”. Es decir, 147,000 pesos mensuales por legislador; 73,500,000 mensuales por 500 legisladores.

El “ahorro” inmediato por eliminar 100 plurinominales sería de 14,700,000 al mes. Recordando que en 2014 el sector público del país gastará 4 billones de pesos, la cifra es irrelevante. El argumento no se sostiene desde la perspectiva económica.

 

¡Que inicie la fiesta de las promesas!

Estamos confundiendo medios y fines. Queremos que el Congreso sea más eficiente, pero en vez de imponer reglas de transparencia y rendición de cuentas a los grupos parlamentarios, nos atrae la idea de cortar de tajo una fracción de la Cámara de Diputados. Queremos iluminar el camino con fuegos artificiales.

El tema de fondo es de calidad de gasto y de representación política. Pero en año electoral, nadie querría consultar sobre tan somníferas materias que, sin embargo, importan más que las que generan la ovación del respetable.

 

 

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