Desde la óptica de la polarización, actualmente una de las tendencias con mayor impacto a nivel mundial, la llegada de Emmanuel Macron a la presidencia de Francia muestra otra cara, ésa donde la globalización es más importante que el nacionalismo. Las redes sociales se llenan de comentarios de apoyo y rechazo, mostrando que este enfrentamiento sigue vivo.

Sin embargo, llama la atención la edad y experiencia de Macron para llegar a ser el primer mandatario de uno de los países más importantes del mundo… tiene 39 años y ninguna experiencia electoral –nadie antes había votado por él–.

En el contexto actual esto es inconcebible, ya que para los que están en el poder sólo los coloquialmente llamados ‘Caciques’, ‘Intocables’ o ‘Padrinos’ tienen derecho a obtener el apoyo de los grandes partidos políticos y su maquinaria basada en una cadena de favores y prebendas que, ligadas o no con la corrupción y manipulación del presupuesto del Estado, terminan ubicando una camarilla de personas en los diferentes puestos de mando dentro de las ramas del poder público.

Así se ha armado desde siempre el engranaje de la máquina que sostiene la política global. Acá no importa el tipo de sistema económico o las creencias partidistas, al parecer todos juegan bajo la misma dinámica, que paulatinamente comienza a perder la credibilidad de la opinión pública.

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Es posible que hasta hace pocos años las personas no entendieran este proceso por ausencia de información, también que todos los que no pertenecen a la llamada ‘clase dirigente’ ya se hubieran conformado con esta realidad, por estas razones la nueva mentalidad es una bocanada de aire fresco en medio de los escándalos de corrupción que llenan las noticias de países desarrollados y emergentes.

En el caso de Macron comenzó asesorando desde el sector privado la economía del país, luego entró al sistema en el gobierno de Hollande, para luego crear su movimiento ‘En Marche / En Marcha’ (con las mismas iniciales de su nombre) y así darle identidad a todos aquellos que sienten que la política es un tema que hay que reinventar; mientras Marine Le Pen enfilaba su estrategia a hablar de polarización, siempre con la sombra del sistema político de vieja guardia.

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Para obtener ventaja sin tener que depender únicamente de los dirigentes, la campaña Macron utilizó el mismo principio de algoritmos que llevó a Obama a la presidencia, para entender cuáles eran los distritos y barrios más representativos de Francia, donde llegó con una legión de 300,000 activistas jóvenes y sin experiencia política a tocar puertas y generar conversación activa; el nuevo partido del nuevo presidente confirma 25,000 entrevistas de unos 15 minutos con votantes, que ayudaron a entender las necesidades de los votantes y con esto generar una agenda programática de gobierno de mensajes de campaña con altísima afinidad… la tecnología de datos al servicio de los votos.

El nuevo presidente no sólo logra esta afinidad por no tener experiencia política (Donald Trump tampoco viene de ser senador o gobernador precisamente), que ya está comprobado que llama la atención de la opinión pública.

Tendrá que ver más con la mezcla entre juventud –que los seres humanos históricamente asociamos con rebeldía–, un posible desconocimiento o rechazo frontal de los vicios que se manejan en los partidos políticos y su relación con el sector público. También, un nivel educativo alto que lo conecta de manera inteligente con los poderosos de todos los sectores, una propuesta semiológica y de storytelling más ligada a los contenidos y medios que ven las nuevas generaciones y un lenguaje simple y lleno de insights. Alguien que desde muchas lecturas no representa nada de lo que significa ser político.

Como Justin Trudeau tomándose selfies en la estación de metro o usando medias de Star Wars en encuentros presidenciales o el mismo Barack Obama diciendo que en su familia la que manda es su esposa, la autenticidad se convierte en la mejor estrategia para los nuevos políticos de los países desarrollados, y todo parece indicar que no será algo esporádico.

Mientras tanto en América Latina seguiremos viendo la llegada de nuevas generaciones de políticos que se estancan en el sistema porque cierran sus puertas a su voz independiente, o terminan convirtiéndose en otro eslabón que contribuye al antiguo sistema, donde cada distrito electoral es una suerte de ‘feudo’ controlado desde siempre y para siempre por el mismo grupo.

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