Para ser emprendedor de alto impacto se necesita más que una “buena idea”. Un plan de negocios, estrategia y un buen financiamiento son los elementos que garantizan rentabilidad y permanencia en el mercado. Muchos se “mueren” en el camino.

 

 

 

Traer a la mente la palabra em­prendedor significa pensar en ideas brillantes, personas entusiastas, innovadoras y creativas. Éstas son —muy probablemente— las referencias más cercanas, pero si hablamos de empren­dedores cuya facturación anual supera un millón de pesos, los emprendedores están —al menos en México— en un nivel mayor: se llaman emprendedores de alto impacto.

Son quienes tuvieron la capacidad de convertir una “idea brillante” en un negocio rentable, han superado la ba­rrera de mortandad de un año, tienen presencia creciente en el mercado en el que operan y sus planes de negocio de­jaron de ser sueños para convertirse en estadísticas reales.

De unos años a la fecha, el emprendimiento en México se ha convertido en un tema de moda: es atractivo autodenominarse emprendedor por la popularidad del concepto. Pero como dice Fernando Lelo de Larrea, socio director del fondo de inversión Venture Partners: “Si tan sólo hubiera tantas nuevas empresas generando empleos como gente que en su bio dice que es emprendedor…”

Lo cierto es que en una economía como la mexicana, donde existe un índice de desempleo que ronda el 5%, exis­te la necesidad de autoemplearse. En el mejor de los casos, esta necesidad origina nuevas empresas; sin embargo, la falta de apoyo puede llevarlos a tomar otros dos caminos: saltar a la informalidad o dar por terminada su iniciativa.

Según estadísticas oficiales, de cada 100 pequeñas y medianas empresas (Pymes) que se crean, sólo 50% supera el año de operaciones; a los dos años llegan 15 y después de cinco años se mantienen sólo tres. Las razones de esta realidad son la falta de apoyo económico, de innovación y de políticas públicas que apoyen su crecimiento.

Estas cifras son desalentadoras. Pero aún con el panorama descrito, en México se puede hablar de casos de emprende­dores de “alto impacto”. De acuerdo con César Salazar, director en México de 500 Startups, “hoy en día este país cuenta con un ecosistema emprendedor activo que está en constante búsqueda de soluciones para ciertos problemas, lo que las convierte en negocios potenciales”.

Javier Okhuysen, creador de Sala Uno, es un ejemplo de ello. Detectó en México un problema de ceguera operable pero, al mismo tiempo, una incapacidad del sistema público de salud para atender la demanda total. En el sistema privado hay oferta, pero los altos costos impiden que la clase eco­nómicamente menos favorecida se pueda atender. ¿Qué hizo? Consiguió recursos de un fondo de inversión, instaló la primera clínica, se asoció con una empresa para obtener fondos de sus programas de res­ponsabilidad social y, así, generó un negocio que facturó 39 millones de pesos (mdp) en 2013; ahora, su expectativa para este año es alcanzar los 78 mdp.

Según los expertos de fondos de inver­sión y aceleradoras de empresas consulta­dos, cuando las nuevas empresas no tienen un modelo de negocio con una ventaja com­petitiva sostenible y escalable, se convierten en negocios de autoempleo, sin repercu­siones importantes en el PIB ni en la generación de empleo formal en el país. Los que logran pasar de esa idea genial a hacer un negocio, son los emprendedores de “alto impacto”.

Pilar Aguilar Pariente, directora general de Endeavor México, explica que el camino que se toma al emprender se hace, la mayo­ría de las veces, en solitario, pues se trata de la defensa constante de una idea que rompe esquemas, una forma distinta de hacer negocios o una propuesta innovadora que genera desconfianza. “Pero no todos están dispuestos a arriesgarse”, dice.

 

Meta: profesionalizarse

Poco a poco, se ha ido rompiendo esa tendencia. Así como la idea de que los emprendedores tienen que seguir un cami­no solitario e improvisado. Guillermo Gal­ván, director de la licenciatura de Creación y Desarrollo de Empresas del ITESM, plati­ca que hasta hace unos años el objetivo de las universidades era dotar a los alumnos de los conocimientos para conseguir un empleo. Ahora existe un énfasis en diseñar planes que les permitan identificar, explotar y potenciar sus habilidades y competencias emprendedoras. Su misión es inyectarles el deseo de tener su propia empresa.

“Los puestos de trabajo ofertados ya no satisfacen, en muchas ocasiones, a los egresados. Hay jóvenes e incluso adultos con una vasta trayectoria académica y la­boral, que ya no están dispuestos a trabajar por el sueño de alguien más. Aunque saben que sacrificarán tiempo, dinero y paciencia —por decir lo menos—, prefieren iniciar su propio negocio”, comenta el especialista.

El componente educativo de los em­prendedores provee una función metodo­lógica para poner en marcha una empresa; por lo general, la mayoría cuenta con la licenciatura terminada, inclusive, algunos se han especializado con estudios de pos­grado en México y en el extranjero.

Hoy en día las universidades han detec­tado las necesidades de los jóvenes que no tienen en mente un empleo, sino ofrecerlo, por lo que Guillermo Galván menciona que las universidades públicas y privadas no sólo han creado licenciaturas y posgrados relacionados con los negocios y el empren­dimiento, sino que también han creado incubadoras y aceleradoras de negocios que facilitan la puesta en práctica de un negocio; también ofrecen asesoramiento, evaluación y hasta apoyo económico a los emprendimientos innovadores.

Guillermo Galván, director y al mismo tiempo emprendedor, explica que poner en marcha un negocio implica un proceso de aprendizaje continuo que necesitará desa­rrollar algunas competencias y habilidades específicas, así como fomentar el pensa­miento creativo y el hábito de autoevaluar el rendimiento.

Así que la formación de emprendedo­res no sólo se encuentra en los salones de clase, sino también en la formación laboral, interactuando con emprendedores locales y aprendiendo de esfuerzos pasados en los negocios. Todo, es parte de la actitud emprendedora. El ideal es combinar el contenido de la educación formal con los modelos e interacciones observados en la vivencia emprendedora.

 

Los riesgos

Ferenz Feher, director de Feher & Feher, ex presidente de la Asociación Mexicana de Franquicias (AMF) y mentor en Endea­vor México, advierte sobre un riesgo de emprender: renunciar a un empleo seguro, un salario fijo y constante y, tal vez, sufi­ciente para la manutención familiar. Es, por así decirlo, un primer filtro para quien decida emprender su propio proyecto.

“Es importante dedicarse y fomentar a quienes sí sienten en su interior el deseo de la autonomía y del emprendimiento, porque se trata de un viaje de largo reco­rrido y como tal requiere de apoyo y de una visión a largo plazo”, dice.

Promover a los emprendedores de alto rendimiento es también una tarea que debe asumir el gobierno federal bajo la premisa de que, entre mejor le vaya a una empresa, más valor generará para la economía nacional.

Enrique Jacob Rocha, presidente del Instituto Nacional del Emprende­dor (Inadem), el órgano gubernamental dotado para promover políticas públicas a favor del emprendimiento en México, está consciente de las necesidades.

Sabe que se debe trabajar más en la creación de políticas públicas y fiscales, así como en regulaciones más flexibles que fomenten y apoyen al crecimiento de nuevas empresas formales y rentables. Al mismo tiempo, y como parte de la agenda de pendientes del sector público, es nece­sario minimizar los costos de operación, el burocratismo que frena el establecimiento de empresas y flexibilizar el acceso al financiamiento.

“Hay mucho por hacer para que todos los engranes del ecosistema funcionen perfectamente”, dice Enrique Jacob Ro­cha. En sus manos está el reto de fomentar la cultura emprendedora en el país. Las ideas brillantes existen, pero ahora habrá que apoyarlas y capitalizarlas.

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