Por Fernanda Uriegas Fabian

Israel Concha llegó a Estados Unidos cuando tenía tan solo 2 años. Fue deportado a los 34, dejando atrás su negocio de seis cifras, Estados Unidos perdió sus impuestos y los empleos que generaba.

Concha tenía dos años cuando voló de México a Estados Unidos con una visa de turista. Su tío acababa de casarse con una ciudadana estadounidense y había traído a Concha a vivir con él a Texas. Concha siempre supo que era un inmigrante indocumentado, pero esto no le impidió sentirse como un estadounidense.

Pero su falta de documentación dificultó la búsqueda de un trabajo que le interesara. Después de muchas búsquedas, decidió que si no podía trabajar para una empresa, comenzaría una propia.

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Cuando Concha tenía 30 años, fundó “American Yellow Cab”, una empresa de transporte. En 2010, tenía un solo taxi y ganaba alrededor de 30,000 dólares al año. A finales de 2011, sus ganancias aumentaron a 300,000 dólares. Tenía ocho contratistas estadounidenses trabajando para él, y todos ganaban de 300 a 600 dólares por día. También tenía un asistente estadounidense, a quien le pagaba 15 dólares por hora.

“En lugar de pedirles algo a los estadounidenses, estaba ayudando a su economía y generando trabajos para las personas”, dice Concha.

La situación de Concha no es única. Según una encuesta de 2014 del New American Economy, alrededor del 9.5% de los inmigrantes indocumentados como Pérez eran empresarios en 2014. Esto representaba 912,472 personas que no solo estaban contratando estadounidenses, sino que también generaban 17,200 mdd en ingresos comerciales cada año. Aun así, estos empresarios desafían los estereotipos utilizados por los políticos antiinmigrantes que afirman que los inmigrantes están reemplazando a los estadounidenses en la fuerza de trabajo. La realidad es que muchos de ellos están creando empleos.

Para 2012, el negocio de Concha había crecido exponencialmente. Su compañía había comenzado a proporcionar servicios de taxi y pasó a incluir opciones de alquiler y transporte masivo. Desarrolló asociaciones con otras empresas y proporcionó servicios de conserjería y limusina.

Ese año, Concha se casó con su novia estadounidense y esperaban un hijo. Como inmigrante con un salario de tres cifras, un negocio floreciente y la posibilidad de arreglar su situación legal a través del matrimonio, Concha estaba viviendo el sueño americano.

“Trataba de demostrar que como inmigrante mexicano, yo era tan bueno como otras personas”, dice Concha.

Sin embargo, poco después de casarse, un evento desafortunado cambió el curso de su vida. Fue detenido por un oficial de policía por pasarse una luz roja. Incapaz de proporcionar papeles, fue llevado a un centro de detención.

Concha luchó contra su caso durante casi dos años, pero como su tío y el resto de su familia con ciudadanía estadounidense no eran “familiares directos”, no pudo pedirles la ciudadanía. Una visa por matrimonio tampoco era posible, en parte porque ya no vivía con su esposa.

Mientras estuvo detenido y anticipando su deportación en 2013, la esposa de Concha se divorció de él. La primera y única vez que Concha conoció a su hijo recién nacido fue en una audiencia en la corte. Estaba a metro y medio de él y le preguntó al juez si podía abrazarlo, pero su petición fue denegada. Luego fue deportado a México, un país que no conocía.

“Lo perdí todo”, dice Concha. “Perdí mi compañía, mi departamento, pero lo más importante es que perdí a mi familia”.

La deportación de Concha no solo afectó a su familia. El país perdió los impuestos que pagaba y los trabajos que proporcionó. Además, el gobierno tuvo que pagar por el tiempo que pasó en el centro de detención, un promedio de 159 dólares al día durante ese año, según el Foro Nacional de Inmigración. También tuvieron que pagar su deportación, actualmente un promedio de 1,978 dólares por persona, según lo informado por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) de EU.

Concha fue secuestrado en México el día que fue deportado. Logró escapar y decidió que quería proteger a otras personas en su situación. En enero de 2015, usando sus ahorros, comenzó una organización sin fines de lucro llamada Nuevos Comienzos. Una organización que ha ayudado a más de 5,000 personas de la comunidad binacional, la mayoría mexicanos-estadounidenses pero también deportados de otros países, a encontrar trabajo, vivienda y una comunidad en una país con el que no están familiarizados (algunos ni siquiera hablan español). Nuevo Comienzos ha ayudado a más de 5,000 personas a través de donaciones de un poco más de 1000 dólares, en su mayoría provenientes de otros inmigrantes indocumentados que viven en Estados Unidos.

“Realmente quiero creer que no existe el sueño americano”, dice Concha. “¿Por qué no crear el sueño americano en México?”

Independientemente de los ingresos que los empresarios indocumentados representan para el país, Concha fue solo una de las más de dos millones de personas deportadas bajo la administración de Obama. En vista de las crecientes políticas de deportación de Trump, incluida su decisión de poner fin al programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA), incluso más inmigrantes indocumentados y DREAMers podrían ser deportados; muchos de los cuales poseen negocios y contribuyen a la economía de EU.

 

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