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Por María Fernanda Salazar*

Un ambiente de confrontación entre Andrés Manuel López Obrador y grupos empresariales del país ha emergido otra vez.

El Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM) escaló y visibilizó la fractura entre el candidato de Morena y cámaras de empresarios e industriales, remontándonos a la polarización del 2006.

Hace días, Diego Valadés advirtió la imprudencia de conducir esta elección a una lucha de clases. ¿Hacia allá vamos?

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López Obrador plantea un cambio en las relaciones entre el poder económico y político que a muchos asusta; en parte porque puede significar la pérdida de privilegios para algunos grupos, pero también por la incertidumbre que produce la falta de claridad sobre su política económica. El problema debe diferenciarse.

Así como los analistas han buscado desmontar la abstracta idea de “pueblo” de Andrés Manuel, es necesario deconstruir la de “empresarios”, pues sus características, poder y alcances son muy diversos.

En México hay más de 4 millones de micro, pequeñas y medianas empresas, que generan 72% del empleo y aportan 52% del PIB. Según Inegi, 97.6% son micro, 2% pequeñas y 0.4% medianas. Ellas y ellos, son la mayoría de los empresarios.

También están las grandes empresas: América Móvil, FEMSA, Banorte, Grupo Alfa, Grupo Bimbo, Cemex, Grupo Bal y Soriana (2017). En promedio, este grupo de empresas creció, en 2017, cinco veces más que el PIB nacional.

Son conglomerados cuya tradición empresarial familiar se remite a generaciones. En México, la economía digital, las energías renovables o la inteligencia artificial, no han propiciado el reacomodo de las compañías más importantes, sino mayor concentración.

Por su parte, 44% de empresas mexicanas con más de 5 años, se estancan en ventas de 500 mil pesos anuales. Únicamente 22% de las MiPymes participan en cadenas de valor y 28.4% declara no querer crecer por temor a la inseguridad.

Estas cifras reflejan la gama de problemas que viven los empresarios en México. La concentración de unos afecta el crecimiento de otros. La competitividad global de unos contrasta con la baja productividad y escaso valor de la mayoría.

La pregunta es: ¿En dónde está el enfrentamiento?

Hasta hoy, las expresiones contra López Obrador vienen de grandes empresas y grupos con mucho poder económico, acceso a medios y redes de influencia, pero cuya realidad poco tiene que ver con el 70% de empresas que buscan cotidianamente superar el ambiente en el que se desenvuelven.

Las MiPymes son poco escuchadas. Pueden o no tener incertidumbre por Andrés Manuel, pero no tienen forma de expresarse. Algo es seguro: no deben tener los mismos temores, ni tienen lo mismo que perder o ganar.

En la idea de rompimiento entre empresarios y López Obrador, hay una defensa de la identidad de clase de un sector del empresariado que siente amenazada su posición. Por su parte, el uso conceptual de “pueblo” que hace López Obrador, impide construir un discurso que ofrezca certezas. Ambas partes hacen invisibles a sectores importantes de la población.

No es casual que entre los videos más viralizados de la campaña estén “niña bien” y “señora de San Pedro Garza García”. Es claro que México tiene que frenar la desigualdad y elitismo crecientes, y es claro que la economía del siglo XXI se construye con empresarios, desde la legalidad, la justicia y la competencia. De que las partes lo entiendan, depende el futuro de 125 millones de personas.

*Consultora en Estrategia de Comunicación.

 

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