Desarrollo y empleo rural y no agrícola, cambios en los mercados de alimentos y sus efectos en los sistemas agroalimentarios y el papel de las ciudades medianas y pequeñas son algunos de los temas que ha trabajado durante tres décadas Julio Berdegué, subdirector general de la FAO y representante regional para América Latina y el Caribe desde el 22 de abril de 2017.

En el marco del Día Mundial de la Alimentación y la conferencia FAO Américas, que reunirá a gobiernos de los 33 países de América Latina y el Caribe del 19 al 21 de octubre, Berdegué habló con DW sobre algunas de las temáticas que abordará dicho encuentro.

DW: Desde hace 41 años, cada 16 de octubre se celebra el Día Mundial de la Alimentación con el objetivo de disminuir el hambre en el mundo. ¿Qué evolución ha seguido el alcance de este objetivo? 

Julio Berdegué: Este año el Día Mundial de la Alimentación coincide con la fundación de la FAO que año celebra 75 años. La FAO se crea como respuesta de la comunidad internacional al término de la Segunda Guerra Mundial para enfrentar los problemas del hambre, 75 años después, por una gran pandemia, enfrentamos una situación de crisis y de seguridad alimentaria.

Hasta el 2014 nuestra región redujo muy fuertemente las cifras de hambre y de inseguridad alimentaria grave. En el 2014 se pierde este impulso y en los últimos cinco años hemos ido retrocediendoNuestra proyección es que hemos agregado 9 millones de personas en los últimos cuatro años en la condición de hambre, y, si vemos la situación de inseguridad alimentaria, estamos con 62 millones de personas en América Latina, y hace tres años teníamos 51 millones, es decir más de 10 millones se agregan a esta condición. 

Las economías de América Latina y El Caribe en los últimos años han bajado su ritmo de crecimiento. En América Latina no hay hambre por falta de comida, hay hambre por falta de ingresos y por la desigualdad económica que padecen millones de personas. Cuando la cae la economía, cae el empleo, caen los ingresos y aumentan las cifras de hambre en nuestra región. La pandemia sin duda agravará esta situación. Estimamos que puede haber hasta 28 millones de personas adicionales que están en riesgo de caer en una situación de inseguridad alimentaria severa o de hambre.

¿Cuáles son los países más afectados por este problema? ¿Qué acciones está llevando a cabo la FAO en los mismos?

Estamos haciendo acciones concretas en todos los países que son miembros de la FAO. En todos ellos hay niveles de inseguridad alimentaria. Son muy pocos los países que tienen bajos niveles: solo Uruguay, Cuba y Brasil antes de la crisis. Todos los demás países tienen problemas de inseguridad alimentaria.

Un país que nos preocupa mucho es Venezuela que había bajado las cifras del hambre en el año 2012, 2013 y 2014, y ahora hay un retroceso muy fuerte. También hemos visto los últimos tres años un aumento muy importante en Argentina, país que es una enorme potencia mundial en la producción de alimentos. El gobierno ha puesto en marcha un programa muy ambicioso, a nuestro juicio, muy bien diseñado, que se llama ‘Argentina sin hambre’.

También nos preocupan mucho los países que comparten el Corredor Seco: Guatemala, Honduras y El Salvador. Ahí impactan los factores asociados al cambio climático: sequías e inundaciones que se combinaron en los últimos años con una caída muy fuerte del precio del café, que es un producto muy importante de las economías de millones de familias.

Cerca de la mitad de la población de Haití vive en condiciones de inseguridad alimentaria severa. Es un problema muy estructural, de muchas décadas y muy difícil de resolver. Finalmente, también es preocupante la situación de los migrantes venezolanos en Colombia y en Ecuador.

¿Cómo el reciente Nobel de la Paz otorgado al el Programa Mundial de Alimentos (PMA) de Naciones Unidas puede contribuir a lograr el objetivo de hambre cero?

El premio Nobel es un reconocimiento a un trabajo heroico de los que van a lugares extraordinariamente difíciles para que niños y niñas tengan una comida. El premio vuelve a recordarle a la humanidad que no hemos conquistado el hambre en el siglo XXI teniendo todos los medios para hacerlo. Sabemos cómo erradicar el hambre, cuáles son las políticas y las medidas aun así tenemos cientos de millones de personas con hambre.

Es un conjunto de políticas públicas, de las que sabemos que, si aplican consistentemente y con suficiente tiempo va a pasar lo que pasó en América Latina: se caen los indicadores del hambre fuertemente y rápido. Muchos programas de protección social. En América Latina inventamos los programas de transferencias condicionadas y no condicionadas como el programa ‘Bolsa Familia’ en Brasil, ‘Prospera’ en México, que después se expandieron.  Otras medidas son apoyo a la agricultura familiar, programas de desarrollo rural y programas de alimentación escolar. Solo en América Latina son 84 millones de niños y niñas que todos los días comen en las escuelas. Eso es una diferencia radical en la alimentación infantil.

Finalmente, el premio Nobel es un reconocimiento al multilateralismo, en un momento en el que escuchamos discursos que instan a que cada país por si solo resuelva sus propios problemas. Problemas como el hambre requieren una respuesta multilateral. 

La otra cara de la moneda del hambre es la obesidad, según el informe Panorama de Seguridad Alimentaria y Nutricional 2019 la obesidad en adultos en Latinoamérica y el Caribe se ha triplicado desde 1975 y actualmente afecta a uno de cada cuatro adultos en la región. ¿Por qué Latinoamérica es la región dónde las ventas de alimentos ultra procesados han crecido más?

La alimentación es una causa muy importante de esta epidemia de sobrepeso y obesidad. En América Latina mata a muchas más personas la obesidad que el crimen, el delito y la delincuencia. ¿A qué se debe? A cambios en los sistemas alimentarios que han conducido a que hoy día estemos comiendo mal: comidas poco nutritivas, poco saludables, muy altas en grasas, muy altas en sodio, muy altas en calorías y en azúcares agregados. Son alimentos altamente procesados, muy baratos y muy fáciles de consumir, pero que no son nutritivos. Y, paradojalmente, como dice el informe, resulta que en América Latina y El Caribe es la región del planeta dónde es más caro alimentarse saludablemente.

América Latina y El Caribe es una región que produce suficiente comida para alimentar sin problemas a los 650 millones de habitantes que estamos aquí, y todavía nos sobra 200 millones más, en otras regiones del planeta. Y sin embargo, comemos esta comida. Nuestros datos dicen que una comida saludable, en promedio mundial, cuesta 3,75 dólares por persona por día, en América Latina casi 4 dólares, por persona y por día. Hay 104 millones de latinoamericanos y caribeños que nunca van a poder pagar 3,98 por persona por día para comer saludablemente. A duras penas les alcanza para el 1,06 dólares por día que cuesta una comida que apenas proporciona las calorías suficientes.

Se acaba de aprobar en México una nueva ley de etiquetado frontal de alimentos para que las personas por lo menos sepan que están comiendo, le dice al consumidor este producto es alto en sodio, alto en grasas, alto en azúcares. Si un producto tiene varios de estos símbolos no puede hacer publicidad dirigida a niños, no se puede vender en escuelas, etcétera. Y eso ha inducido a algo muy positivo. Muchas empresas han formulado sus productos para salirse de las etiquetas. No hay solución a la obesidad y el sobrepeso sin la industria de los alimentos, pero necesitamos que se entienda que hay que hacer un esfuerzo significativo para que sus productos no tengan niveles críticos de estos ingredientes.

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