Decidir desde dónde se aborda una reflexión en un tema complejo como este es irremediablemente una posición política y, en ese sentido, resulta no solo deseable sino responsable que quienes lo hagan asuman con claridad las consecuencias de sus posiciones; lo que decimos y lo que callamos es parte de una acción política que impacta la realidad en la que vivimos.

Mi defensa del #MeToo la hago desde la convicción de que una transformación radical de la sociedad pasa por un cambio en la forma en que se ha entendido la masculinidad y los derechos que se le atribuyen y, con ello, por nuevas dinámicas de respeto y consenso en las relaciones entre hombres y mujeres. No más, no menos.

Esta transformación es imposible de lograr sin la visibilización de las arbitrariedades y abusos que se cometen al amparo del poder machista que, en muchas ocasiones pasa por el cuerpo de las mujeres a través de distintos grados y tipos de violencia, asumiendo, además, la potestad de calificar como “aceptables” o “exagerados” los límites que buscan poner las mujeres ante estas actitudes y comportamientos que, en el fondo, lo que siguen cuestionando es nuestra dignidad y nuestra igualdad. La pregunta es, ¿se pueden visibilizar estos abusos a través de canales creados y controlados por el sistema que se está denunciando?

Para muchos, la respuesta está en denuncias penales, sin siquiera reparar en que todo el sistema político y de justicia sigue construido bajo la premisa política e incluso religiosa de que las mujeres somos sospechosas desde el inicio, de que nuestra palabra no es de fiar; esto es clarísimo en los casos de desapariciones de mujeres, en casos de denuncias por violencias domésticas, en casos de denuncias por amenazas o acoso, entre muchos otros.

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Más aún, al pensar que la apuesta debe ser siempre por la vía jurídica, se pretende reducir un movimiento político a la saturación de ministerios públicos con denuncias que no llegarán a ningún lado porque, además, creo, no está en la mira de este movimiento ver las cárceles llenas de hombres que gritan a las mujeres en las calles, que se masturban en el metro o que tocan una parte del cuerpo de una mujer sin su consentimiento. Lo que este movimiento busca, como una expresión de la lucha del feminismo, es de dimensiones estructurales: se trata de cambiar la forma en que se ha construido la relación entre la violencia y la masculinidad. Para ello, el derecho es insuficiente pues, como lo señala el dr. Garza Onofre, de lo que se trata es de recomponer el horizonte ético de nuestras acciones.

Hay quienes sostienen que el #MeToo ha fallado porque en su plataforma, que es una red social pública por su acceso, pero privada por su propiedad, no han establecido un mecanismo para verificar denuncias. Otra vez, la mira puesta en la dudosa palabra de las mujeres.

Resulta curioso, en todo caso, que quienes apuestan por esta vía no piensen en que la naturaleza propia de las redes sociales es un desafío a la verificación de cualquier publicación, sea o no un movimiento. Ninguna red social (aún con todos los recursos de sus propietarios) ha sido capaz de desarrollar un método de verificación que garantice la fidelidad de las noticias y, sin embargo, nadie pide que se cierren.

¿Por qué exigir esto para un movimiento que se ha hecho en todo el mundo con un impacto sin precedentes, que ha logrado poner en el debate público las relaciones de género abusivas que se dan en todos los ámbitos de la sociedad? ¿Es responsabilidad de las mujeres que brindan este espacio verificar denuncias? ¿No es responsabilidad del Estado?

Quienes señalan con dedo inquisidor el “anonimato” como pretexto para la descalificación de quienes se han decidido a denunciar, probablemente jamás han recibido las olas de ataques que llegan a las cuentas de mujeres que se pronuncian contra este tipo de violencias. ¿Por qué no exigir, mejor, un protocolo para que estas plataformas pongan fin, por ejemplo, a la violencia o el acoso en línea contra las mujeres?

La respuesta reaccionaria desde distintos frentes ha sido brutal y puede, potencialmente, generar nuevas resistencias y retrocesos, pero es, indudablemente, sintomática de que lo que se quiere cambiar es profundo. La vigencia de la lucha y pertinencia de la herramienta es clara frente a las negligencias y negaciones del sistema en que vivimos.

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Como bien lo señalaron quienes manejaron la cuenta de #MeTooMusicosMexicanos, el voto de las mujeres no se logró de manera pacífica; de hecho, ninguno de nuestros derechos se ha logrado así y habría que reflexionar por qué.  La disculpa que ellas ofrecieron por su primera respuesta tras saberse del suicidio de Armando Gil contrasta con los silencios de las autoridades y con el abierto desprecio de tantos a una demanda tan simple como revolucionaria: el derecho de las mujeres a vivir libres de violencia. #YoSíLesCreo.

P.D. La demanda de mantener la red de refugios para mujeres víctimas de violencia sigue sin ser atendida por las autoridades. Se trata de mujeres cuyas vidas están en peligro en sus propios hogares y a las que el sistema de justicia no les representa ningún camino para salvaguardar su integridad y las de sus hijos. ¿A ellas también les van a decir que su anonimato es cobarde? ¿También exigirán un mecanismo de verificación? ¿Cuando estén muertas será suficiente? (Les invito a ver los testimonios que se han publicado en @RNRoficial).

 

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