La política es de equilibrios y hasta de finura. La agenda de los presidentes es un tema que los trasciende, porque implica tareas de Estado, responsabilidades y obligaciones.

El encuentro, muy breve, de María Consuelo Loera, la madre de Joaquín El Chapo Guzmán, fue un error del equipo del presidente Andrés Manuel López Obrador y lo colocó un un riesgo innecesario.

Se dio, en el contexto del avance de la pandemia desatada por el Covid-19 y cuando el país ya está en emergencia y desde el propio gobierno se está llamado al distanciamiento social.

Es un dislate político que puede tener consecuencias graves ahora y en el futuro. Inclusive si fue la casualidad la que permitió que se saludaran, aunque parece poco probable, porque en Baridaguato, Sinaloa, los bandidos saben quién entra y quién sale de su territorio, más aún cerca de La Tuna, donde esta edificada la residencia de la señora Loera.

Y sí, el presidente López Obrador sí le puede dejar la mano extendida a cualquiera y más aún en regiones serranas, donde nuca hay seguridad adecuada o esta no está excenta de contratiempos.

Quien gobierna México debe cuidar cualquier aspecto que pueda vulnerar su investidura o mandar mensajes que no son los adecuados.

En el pasado, no sé si ahora sea así, había equipos de expertos que analizaban los vericuetos de la agenda presidencial, y de los altos funcionarios, obteniendo información y evaluando la pertinencia de cada encuentro de carácter público.

Se hacían tarjetas e informes para que el funcionario tuviera la certeza de que la reunión sería provechosa y sin complicaciones mayores. Cuando había riesgos, estos se manifestaban y se ponderaba la necesidad con la prudencia.

La tarea para estos funcionarios, muchas veces adscritos a las secretarias particulares o a las coordinaciones de asesores, radicaba en evitar sorpresas, revelaciones desagradables y narrativas que pudieran afectar el ejercicio del poder mismo.

Vinculado a esto, se desarrollaba el trabajo del Estado Mayor Presidencial y de sus áreas de inteligencia.

Por eso mismo, una plática casual con personajes polémicos, habría sido impensable en el pasado y más aún en una región de clara presencia del narcotráfico.

El encuentro con la señora Loera inquieta, porque su hijo es uno de los criminales más despiadados y peligroso y a quien se puede atribuir mucha de la violencia que se generó en el país mientras estuvo en libertad o en las cárceles desde donde podía seguir mandado instrucciones a sus subordinados y cómplices. 

Es, además, la abuela de Ovidio Guzmán, a quien hace unos meses se le tuvo que dejar en libertad, después de ser detenido, para evitar que la ciudad de Culiacán se incendiara.

Se debe recordar que cientos de policías, marinos y soldados han muerto enfrentando al cártel de Sinaloa y que esta encomienda les significó problemas y amenazas sus familias.

Es tiempo de emergencia, no de saludos tan absurdos como riesgosos.

 

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