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Todos los años el DocsMX: Festival Internacional de Cine Documental de la Ciudad de México (antes DocsDF) da un salto de fe. Como dice su director artístico Pau Montagud: en su programa hay varios documentales (todos sobre historias del Centro Histórico) que no vieron, porque apenas se van a producir y su premiere mundial se dará a unas cuantas horas de que fueron terminados.

El Reto DocsMX es un voto de confianza a los jóvenes realizadores del país y a la industria mexicana en general. En cada edición, un par de los cortometrajes realizados destaca sobre los otros. Es normal, después de todo la presión por terminar antes del deadline es real. No hay tiempo para ser perfeccionistas, eso se dará después cuando el corto comience su vida festivalera.

No obstante, la edición 2016 del Reto demostró que el talento aparece si se le da la oportunidad. El festival presentó cinco documentales sólidos, incluyendo un par que superan esa categoría. Además de que la mayoría abordó temáticas que, aunque no lo parecían, contenían delgados hilos que tejen nuestra cotidiana realidad.

Este año el tema que destacó fue el del otro y la intención de toda una nueva generación por entenderlo, cultivarlo y conservarlo. Ya sea esa familia dedicada al grabado de acero, que ve cómo su oficio se extingue. Ese grupo de drag queens que lucha por ser reconocido y divertirse. Las amenazas políticas que se ciernen sobre el país. También esa pareja de cosplayers que encontró la felicidad abrazando su lado freaky. O las decenas de personas que visitan todos los días un salón de belleza ambulante.

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Los cortometrajes juegan con la noción de identidad y pertenencia, de abrir la puerta a otras facetas de nuestras vidas y convivir con ellas sin tapujos o, dependiendo del caso, a ver en el otro un ejemplo de nosotros. Nuestro destino no es muy diferente porque todos vamos en el mismo barco.

Pienso en dragTHEqueen, dirigido por Emilio González, donde un grupo de drag queens bailan con sus atuendos completos, sólo para mostrarse unos segundos después tal y como son: sin maquillaje, con su otra personalidad a cuadro. Para ellos no se trata de un juego, sino de una expresión necesaria que les permite convertirse en una persona completa.

Sin explotar a sus personajes y bebiendo pictóricamente de películas como La sal de la Tierra (2014) o Hedwig and the Angry Inch (2001), González logra generar una envidiable empatía con los rostros que hablan a la cámara mientras se maquillan. Ellos y el otro son uno mismo, porque son un reflejo de nuestra necesidad de expresión.

Ikagai (una razón de ser), de Ramiro Enrique Osorno, explora de una manera similar a ese grupo conocido como freaky que se junta en la Freaky Plaza (ubicada cerca de Bellas Artes) para mostrar su adoración por la cultura pop asiática. Los protagonistas son una pareja que dedica sus días al cosplay y que encontró en esa práctica el mejor canal para salir a disfrutar del mundo.

Rostros incrédulos son capturados por la cámara cuando la pareja cruza las calles del Centro Histórico. Existe un cuidado admirable por parte de la pareja en la creación de sus atuendos, como sucedía con los drag queens, el hobby pasó a ser el centro de sus vidas (“cada vez hay más aceptación”). Jugar a ser otro es un enlace con el mundo.

Esa dedicación por perfeccionar nuestras diferentes facetas como humanos también se ve reflejada en Belleza itinerante, firmado por Guillermo Vejar, donde estilistas y clientes cuentan a la cámara las razones de su esfuerzo por encontrar la belleza (interna y externa). Cabello cae, maquillaje cubre el rostro de los presentes y tijeras vuelan en una danza casi ritual (“una foto para el feis, ¿no?”) para descubrir al yo interior (“la belleza no tiene forma, es algo abstracto”). El dolor de una depilación es soportable, si a cambio del sufrimiento podemos sentirnos bien de nosotros mismos.

Pero, ¿qué pasa cuando el reflejo nos lleva a fijarnos en el de enfrente? El clan retratado en Acero 11/22, de Brenda Alejandra Benitez, se encuentra amenazado por la tecnología. Su antiguo oficio está en riesgo de desaparecer porque el fruto de su trabajo no goza de la popularidad de antaño. Sus manos siguen produciendo arte, pero el mundo luce indiferente frente a su belleza. Don Gustavo y sus familiares son los últimos de una larga estirpe que la modernidad se empeña en sepultar. Hoy son ellos, mañana seremos nosotros.

Proyectar 16/9, de Leonie Pokutta, al final del evento sirvió como un pequeño resumen de lo mostrado en los cortometrajes anteriores. Haciendo uso de técnicas experimentales (sobre todo en cuestiones de edición), el equipo representante del país invitado también se pregunta cuándo comenzaremos a preocuparnos por el otro.

Voces angustiadas cuentan cómo las autoridades se llevaron a un hombre usando un pretexto sin importancia. Su único pecado era ser activista social. La urgencia de cubrir nuestras necesidades básicas aturde nuestra empatía por el otro. Vivir ensimismados es el único camino para afrontar las atrocidades que debemos sobrevivir diariamente. Mientras a mi no me toque, puedo sobrevivir un día más. Todos somos uno mismo.

¡Viva México y viva el documental!

 

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Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

 

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