El cierre de 2018 llega y refuerza la incertidumbre, la polarización y el sinsabor que durante el año se asomaron a lo largo de las elecciones celebradas alrededor del mundo, los acuerdos comerciales alcanzados a fuerza de presiones arancelarias, de alianzas y antagonismos.

El mundo pasó por un reajuste geopolítico que se vivió al ritmo de los procesos electorales en cada continente y la voz del neo populismo impregnó diversos escenarios, al grado de ser una constante discursiva de los gobiernos emergentes.

El papel de las redes sociales en este 2018 fue clave en la definición de tendencias, tanto para los resultados electorales como para la mediatización de temas de interés global.

Durante los pasados doce meses, vimos la elección de todo, la creciente impopularidad del presidente Trump, la vehemencia con la que defiende la construcción del muro y la fuerza con la que los escándalos ponen en el ambiente el tema de su destitución, la elección de una mujer latinoamericana a la Asamblea General y el triunfo femenino en escenarios políticos alrededor del mundo.

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La Unión Europea en la antesala del Brexit y la idea de desarrollar un proyecto de protección militar europeo, han restado estabilidad a la OTAN y abren de nuevo el debate nacionalista al interior de los países de la Unión.

En América Latina, la crisis venezolana, la abundante migración y la desigualdad económica abarcaron este 2018 en las agendas nacionales e internacionales. Los organismos internacionales señalan la creciente desigualdad como efecto directo de la arraigada corrupción y la falta de transparencia en el uso de los recursos, muchos de ellos provenientes de programas de financiamiento internacional para el combate a la pobreza.

México cierra el año de manera intensa, hasta inverosímil. El país más polarizado que nunca, las benditas redes sociales como escenario para el debate político y un joven gobierno que además de las vicisitudes normales de la transición, enfrenta una crisis política que se agudiza ante un discreto manejo de la misma.

El debate en torno al lamentable fallecimiento de la gobernadora de Puebla y su esposo, no sólo pone de manifiesto la insensibilidad política y la falta de empatía, expone la deshumanización de la política mexicana. Esa que, quizás fue generada por los mismos desencantos y desencuentros entre la población y la clase política desde hace años.

Sin embargo, preocupa que, en un momento en el que urge el llamado a la unidad nacional y a la verdadera reconciliación, la línea de comunicación evoque los mensajes que hemos visto en liderazgos controvertidos y demagógicos de otros países, como es el caso de las innumerables disculpas y excusas bajo las cuales el presidente Trump, Erdogan, Maduro, Putin y Al Assad, responsabilizan a grupos sectarios, contrarios y no afines de consecuencias y eventualidades desarrolladas en cada una de sus agendas nacionales.

Desde diferentes frentes se llama a la unidad, pero seguimos escuchando el qué y no el cómo. En 2019, se deben dejar atrás los permanentes discursos de campaña, los candidatos eternos, y las descalificaciones recurrentes. Son muchos los retos que se enfrentan, los desafíos que deberán superarse. Es un año definitorio para los escenarios regionales próximos, se necesitan liderazgos sensatos, objetivos y contundentes, dispuestos a asumir lo propio de los roles concebidos.

 

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