A los 17 años, Sergio Ramírez dejó el pueblo de Masatepe para estudiar Leyes en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, en la ciudad de León, donde a diferencia de la tranquilidad de su pueblo, ubicado en la meseta cafetalera del Océano Pacífico, encontró una fuerte oposición contra la dictadura del entonces presidente Anastasio Somoza.

De pronto, en aquel mayo de 1959, se vio protestando en las calles en contra de la opresión. Recuerda que hubo estado de sitio, suspensión de clases, una gran agitación, y una serie de manifestaciones que terminaron el 23 de julio de 1959, con un ataque perpetrado por el ejército contra estudiantes que marchaban desarmados. El saldo fue de cuatro muertos y más de 70 heridos.

Uno de los sobrevivientes de aquél incidente fue Sergio Ramírez: “Dos de los muertos eran mis compañeros de banca en la primera fila del aula de primer año. Entonces eso fue una marca indeleble en adelante en mi vida: ver a los muchachos muertos en la morgue, ver cómo los lavaban con una manguera. Entrar por primera vez en una morgue, yo repito, cuando te ocurre a los 17 años, no lo puedes olvidar jamás”.

En ese momento decidió que su vida estaría dedicada a combatir a la dictadura, así como a las letras, disciplina que lo hizo ganar el Premio Cervantes, la más grande distinción de las letras hispánicas, la cual recibió en abril de este año en un acto presidido por los reyes de España, Felipe y Letizia.

En los años de las protestas escribió cuentos y fundó la revista Ventana, en 1960, además de que encabezó el movimiento literario del mismo nombre, y de manera paralela formó parte de la resistencia cívica estudiantil que buscaba derrocar la dictadura de Anastasio Somoza.

Evidentemente la efervescencia social marcó las historias que escribe, las cuales suelen estar del lado de los oprimidos y de los humillados, hecho que aprendió del escritor ruso Fiódor Dostoyevski. Pero en su caso lo hace por sensibilidad poética, no por posición política, porque a su juicio no se puede hacer retórica de la desgracia humana ni de la injusticia.

“Si los acontecimientos son capaces de hablar por sí mismos en un libro, el libro funciona, pero si uno le agrega un párrafo retórico buscando cómo condenar esos hechos, denunciarlos, entonces ya estamos entrando en el terreno del panfleto”, opina.

Por eso no cree que la literatura sea una manera de hacer política o de generar cambios. Piensa que quizás lo pudo hacer Víctor Hugo con Los Miserables, libro que tuvo una gran influencia en su tiempo, debido a que hacía retratos de la sociedad en un momento en el que no existía otro medio para hacerlo más que la escritura.

Desde su punto de vista, los mensajes políticos tienen que transmitirse en artículos de prensa, manifiestos, ensayos o donde sea, pero no en una novela, motivo por el que no cree en la literatura didáctica.

¿Entonces cuándo es pertinente incluir el tinte político en una obra?

Cuando la novela necesita de los hechos políticos y sociales para funcionar, no cuando los hechos políticos necesitan de la novela. La novela es un cuerpo independiente y nunca hay que olvidar que retrata la vida de los seres humanos, no otra cosa, no situaciones políticas, no situaciones sociales, sino la vida de los seres humanos en la complejidad que tienen, y de dónde vienen esos seres humanos para mí es un territorio que se llama Nicaragua, que se llama América Latina, y por lo tanto no pueden ser ajenos como personajes a su entorno, como yo tampoco.

¿Qué detona sus historias?

La singularidad de los hechos. Encontrarme con asuntos en la vida que me parece que son notables, extraordinarios, anormales y que vale la pena describirlos, relatarlos, escribirlos. Como te decía antes, para que otros los lean y se enteren de lo que, a lo mejor, no han podido percibir por ellos mismos. 

Usted dice que escribe con la ventana abierta, ¿qué significa esto?

Pues significa que no puedo ignorar lo que está ocurriendo alrededor mío. Yo no soy escritor de la torre de marfil, el que se sube a la torre y hacia abajo sólo ve nubes y a la tierra lejana. Se puede ser un buen escritor así, no lo estoy negando. Estoy hablando de mi experiencia personal, de escribir con la ventana abierta, no perder de vista el paisaje que yo tengo enfrente, muchas veces turbulento, conflictivo, dramático, como ha sido en América Latina.

Las primeras historias

Sergio Ramírez nació en 1942, en Masatepe, un poblado de mestizos e indígenas ubicado junto al volcán Santiago y a la Laguna de Masaya. Cuando era niño el lugar no tenía más de 4,000 habitantes, así que era un sitio tranquilo del que si algo recuerda el escritor es su silencio, que a veces permitía escuchar las campanas de las parroquias vecinas.

Su abuelo era maestro de capilla en la Iglesia de San Juan Bautista, y todos sus tíos se hicieron músicos para formar una orquesta familiar; debido a este oficio no se caracterizaban por la opulencia. Su padre no siguió la tradición porque no quería cargar el contrabajo.

En cambio, la familia de su madre tenía dinero, debido a que el padre de ella era un cafetalero positivista y liberal que se hizo evangélico bautista. Evidentemente no fue de su total agrado que su hija, la primera mujer que se había bachillerado en el pueblo, y una de las pocas que lo había hecho en el país, se casara con un músico pobre.

El padre de Sergio Ramírez no tenía grandes recursos y mantenía a su familia, integrada por cinco hermanos, con las ganancias que obtenía de su tienda ubicada frente al parque del pueblo. Uno de sus más grandes sueños era que Sergio se convirtiera en al primer abogado de la familia, que no se quedara como él, quien únicamente había cursado hasta el cuarto grado de primaria, por lo que se esforzó mucho para invertir en su educación.

En términos políticos, las familias de sus padres venían del partido liberal, por lo que tenían mucha rabia contra el Partido Conservador debido a los reclutamientos forzosos y las guerras civiles. Por eso eran fieles a la memoria del general José Santos Zelaya, quien encabezó la revolución liberal del país a finales del siglo XIX, y por lo tanto estaban con Somoza.

A la edad de 14, Sergio Ramírez escribió su primer cuento, el cual fue publicado en septiembre de 1956 en el diario La Prensa, en Managua. Cuando llegó a estudiar a León, a los 17 años, continúo con ese género, a pesar de que también había experimentado con la poesía: “Yo tenía historias que contar, yo no estaba satisfecho de quedarme con esas historias, humeándolas dentro de mí mismo, tenía necesidad de escribirlas y de que otros las leyeran. A mí me parece que el principio de toda narración es ése, sentir la necesidad que uno tiene de escribir algo para que otros lo lean”.

En la década de 1960 sus influencias eran el ruso Antón Chéjov, el uruguayo Horacio Quiroga, el francés Guy de Maupassant, los estadounidenses O. Henry y Ernest Hemingway, y más tarde se encontró con la obra del mexicano Juan Rulfo, de quien primero leyó El llano en llamas entre los años 1963 y 1964, cuando vivió en Costa Rica.  Más tarde se interesó por la entonces nueva literatura mexicana, de la que destacaba Carlos Fuentes y su libro de relatos Cantar de Ciegos.

Su aparición en la vitrina latinoamericana llegó durante sus años en Costa Rica, tiempo en el que organizó encuentros centroamericanos de escritores y concursos, y fundó la Editorial Universitaria Centroamericana (EDUCA), en 1968. Esto lo llevó a buscar jurados para los certámenes, como el dramaturgo mexicano Emilio Carballido.

Además hizo una antología de cuento centroamericano, y en 1971 organizó el Festival Cultural Centroamericano, al que llegaron escritores de todo el Istmo, incluyendo los que vivían en México como Carlos Solórzano y Tito Monterroso, de Guatemala. “No podíamos aceptar que Centroamérica fuera una provincia cultural de segunda categoría, sino que teníamos que entrar en pie de igualdad en el mundo latinoamericano, por eso creamos la editorial, creamos estos concursos y desde entonces yo he tenido esa concepción”, explica.

La escena literaria lo llevó a entablar amistad con los mexicanos Juan Rulfo, Carlos Monsiváis, José María Pérez Gay y Héctor Aguilar Camín, así como con los guatemaltecos Augusto Monterroso, Luis Cardoza y Aragón, Carlos Solórzano y Carlos Mérida (pintor) o el nicaragüense Lizandro Chávez Alfaro.

De la mano de Ortega

Pasaron 20 años desde la tarde en que Sergio Ramírez se salvó de ser uno de los estudiantes asesinados el 23 de julio de 1959 en la ciudad de León. El 19 de julio de 1979 las columnas guerrilleras entraron triunfantes a Managua en lo que marcó la caída del dictador Somoza.

En parte de los años de lucha Sergio Ramírez vivió en Costa Rica, donde escribió su primera novela, Tiempo de fulgor, a finales de los sesenta. Años más tarde renunció al cargo que tenía como Secretario General de la Universidades Centroamericanas (CSUCA), en ese país, para irse dos años a la capital de Alemania con una beca de escritor invitado, por el programa Artistas Residentes en Berlín.

“Regresé a Managua en 1978 a hacer guías conspirativas y de ahí hasta el derrocamiento, en 1979, cuando pasé a ser parte de la junta de gobierno que sustituyó a Somoza”, recuerda. Incluso, en 1977, encabezó el Grupo de los Doce, en el que empresarios, sacerdotes, intelectuales y académicos firmaron un documento de respaldo al Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). Cuando vinieron las elecciones, en 1984, ganó la vicepresidencia en dupla con Daniel Ortega, quien obtuvo la presidencia. De manera paralela seguía escribiendo por la madrugada, tiempo en el que terminó la novela Castigo Divino, en 1988.

Pero en 1996 decidió ir como candidato presidencial del Movimiento Renovador Sandinista (MRS), un partido que surgió de una escisión del FSLN. Perdió la contienda y regresó a la literatura para escribir Un baile de máscaras, en medio de deudas económicas, porque tuvo que pagar los préstamos que le permitieron echar a andar la campaña. Luego publicó Margarita, está linda la mar, que ganó en 1998 la primera edición del Premio Alfaguara de Novela.

“Te digo esto [su historia] porque siempre la literatura tiene que ver con la vida, está plasmada por las dificultades que un autor enfrenta. No hay literatura inocente, no hay literatura en campo raso, sino que la literatura está ligada a las promesas difíciles que a uno le toca vivir”, asegura.

Nicaragua en crisis

De nueva cuenta Nicaragua enfrenta una crisis política y un entorno de enfrentamientos violentos, esta vez entre el gobierno de Daniel Ortega, electo presidente en 2007, y protestas ciudadanas que surgieron cuando la administración quiso subir las cuotas de la seguridad social. Al mes de septiembre iban 481 muertos, de acuerdo con cifras de la Asociación Nicaragüense Pro Derechos Humanos (ANDH). Alejado de la escena política, Sergio Ramírez habla del actual mandatario del país.

¿En qué diferían en cuanto a sus ideas?

Pues no te podría decir que la diferencia fuera muy relevante. En ese momento, el gran esfuerzo era derrotar a la contrarrevolución armada y eso cegaba cualquier clase de diferencias fundamentales que pudiera haber. Creo que esas diferencias se presentaron luego, después de la derrota electoral de 1990 [año en el que Violeta Chamorro ganó la presidencia], cuando yo comencé a reclamar la existencia de un Frente Sandinista nuevo, capaz de reconquistar al electorado por la vía democrática, y volverlo un partido verdaderamente democrático, y ahí chocamos.

¿En algún momento pensó que Ortega se podría convertir en lo que es ahora?

No creo, porque era otro tipo de situación. Daniel Ortega no tenía el poder absoluto de ninguna manera. El poder estaba repartido, había nueve comandantes de la revolución con su propio espacio de poder. Nosotros en el gobierno teníamos un espacio de poder propio, y no había el espacio en el gobierno para que alguien asumiera poderes caudillistas.

Días sin turbulencias

A diferencia de lo ocurrido en su juventud, esta vez Sergio Ramírez, de 76 años, sólo da opiniones del conflicto, pero sin involucrarse. Piensa que hay una nueva generación de gente muy capaz que podrá encontrar una solución.

Su día a día ha dejado las turbulencias políticas y prefiere leer, escribir o recibir a estudiantes que están investigando en torno a su obra, siempre en una Latinoamérica que hoy se enfrenta a los embates de Donald Trump, y mañana a lo que Ramírez llama “una recurrente sombra del caudillismo”, por lo que no hay mucho espacio para la cultura.

“No existen [las políticas culturales]. Salvo en algunos países que hacen grandes esfuerzos, como en Costa Rica, donde el gobierno sostiene grandes centros culturales, orquestas, compañías de teatro. En el resto de Centroamérica es muy escasa (…) Entonces hay una sobrevivencia cultural sin recursos”.

 

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