Aunque los éxitos de Erdoğan son innegables, su manera de hacer política ha dividido a la sociedad turca. Ese desgarramiento social continuará acentuándose hasta las próximas elecciones de 2014.

 

 

Por Manuel Férez, coordinador del Diplomado “Las claves de Medio Oriente y el Cáucaso”, Universidad Iberoamericana.

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Nunca dispares la flecha que pueda volverse contra ti.

Proverbio kurdo.

 

 

El 19 de Julio de 1983 Necmettin Erbakan fundó Refah Partisi (Partido de Bienestar) organización que en las elecciones de noviembre de 1995 emergió como la asociación política más poderosa de Turquía, lo que significó la primera victoria de un partido de corte islamista en unas elecciones generales en el país fundado en 1923 por Mustafá Kemal Atatürk y regido por los principios conocidos como “kemalismo”.

Ingeniero de profesión y de origen humilde, Erbakan se caracterizaba por ser un musulmán observante y un político carismático. Desde la década de los setenta participaba activamente en la toma de decisiones, especialmente cuando, en febrero de 1974 su entonces partido, el Partido de Salvación Nacional, entró a formar parte en la coalición de gobierno de Bülent Ecevit al ganar 48 asientos en las elecciones generales.

El gobierno del Partido Refah  colapsó en el espacio de un año (1996-1997) principalmente por su continuo enfrentamiento con la cúpula militar (garante del secularismo del país) y otras élites seculares turcas (empresarios, académicos y medios de comunicación).

La ilegalización y prohibición posterior del Refah no significó el fin del islam político en la República de Turquía, sino una adaptación a las dinámicas occidentales y modernas del país, incluida la búsqueda de la integración turca a la Unión Europea. La emergencia y arrollador éxito político que,  Recep Tayyip Erdoğan, heredero político de Erbakan, ha tenido durante los últimos 10 años confirma esta tendencia.

Desde su llegada al poder Erdoğan y su partido AKP (Partido de la Justicia y Desarrollo) han insistido en que sus objetivos son el ingreso a la Unión Europea, solucionar el problema kurdo, colocar al sector militar bajo control civil y lograr la liberalización de la economía turca, sin embargo, como menciona Binnaz Toprak de la universidad Bahçeşehir, Erdoğan “nunca logró convencer a la opinión pública laica de que su dirección y sus cuadros políticos y sociales habían modificado sus posturas islamizantes”.

Actualmente Turquía sigue el patrón de la mayoría de los países del Medio Oriente: profundas tensiones y enfrentamientos sociales y una pérdida de cohesión social debidos a concepciones mutuamente excluyentes de la identidad nacional. En Turquía se podría englobar en la lucha entre los sectores seculares ligados al legado de Atatürk y una contraélite islamista surgida de la Turquía rural y tradicionalista. En ese contexto se debe ubicar a Erdoğan quien ha sacudido los pilares fundacionales del Estado turco.

El “kemalismo” es la ideología rectora en la construcción de la República turca que aspira a ser un Estado nación de inspiración occidental que se resume en las llamadas “seis flechas” (Altı Ok en turco): republicanismo, nacionalismo, laicismo, estatismo, populismo y reformismo.

El AKP dirigido por Erdoğan, Gül y Davutoğlu ha desafiado al “kemalismo” en dos factores  (laicismo y estatismo) y redefinido el nacionalismo y republicanismo utilizando, paradójicamente, los dos restantes (populismo y reformismo).

Una Turquía integrada a los mercados occidentales, con una posición regional e internacional decisiva, con un Ejército controlado por el sector civil, integradora de la población kurda (20% de la población) en las dinámicas nacionales, y un Islam visiblemente presente en la cotidianidad de la sociedad turca parecen ser la herencia que el AKP ha ido formado.

Con el paso de los años una parte importante de la clase media turca se ha convertido en una sociedad musulmana conservadora que exige una redefinición de la identidad turca que incluya el uso de signos exteriores de la fe musulmana (especialmente el uso del turban) y una participación del Islam en la redacción de políticas públicas en temas sensibles como aborto, consumo de alcohol, adulterio, homosexualidad, etc.

Sin embargo las protestas sociales del parque Gezi, ubicado en Beyoglu han destapado las contradicciones y molestias que sectores estudiantiles, seculares, académicos, comerciales y políticos turcos mantienen con el AKP. La manera en que el gobierno de Erdoğan enfrentó y lidió con la disidencia ha echado más leña a un fuego que parece no extinguirse.

Si bien los éxitos de Erdoğan son innegables, es igualmente cierto que su manera de hacer política ha dividido profundamente a la sociedad turca, ese desgarramiento social parece que continuará acentuándose hasta las próximas elecciones de 2014 ¿Será capaz Erdoğan de remendar y conciliar a los diversos sectores de una Turquía que jamás como ahora se ha exacerbado y dividido?

 

 

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