La brecha entre el México de la televisión y el que se ve por la ventana le está pasando pronta factura a la administración federal.

 

México vive a dos tiempos: el de las expectativas generadas por las reformas aprobadas en 2013, y el de la cotidianidad que se empecina en ser más cruel, más gris y más cara. Ninguno de los dos países es falso, las reformas constitucionales aprobadas —energética, educativa, financiera y de telecomunicaciones— han abierto un camino alternativo. La realidad nacional, empero, parece disonante, discordante, con ese país que pintamos como la mejor de las posibilidades. En otras palabras, el campo está sembrado y el fruto promete, pero el hambre está presente, irremediable, y no se conforma con expectativas. Vivimos a dos tiempos y la brecha entre esos dos países explica también la distancia de los ciudadanos frente al gobierno.

 

Focos amarillos

Analicemos las últimas encuestas respecto a la aprobación del Gobierno de la República y la percepción sobre las reformas. De acuerdo a la evaluación trimestral  de gobierno realizada por Consulta Mitofsky, el presidente Peña Nieto pasó de un 53% a un 50% de aprobación entre los encuestados; más relevante es el incremento de 35% a 50% que desaprueban su gestión. El 60% de los encuestados afirma que el principal problema de México es económico, la cifra más alta desde 2011. En sintonía, el problema “impuestos” pasó del lugar 11 al 5; el más alto desde que Mitofsky arrancó el ejercicio en 2001.

Por otra parte, la encuesta “Reformas estructurales” realizada por Jorge Buendía y su equipo en Buendía & Laredo, también contiene cifras reveladoras: Ante la pregunta “¿qué es lo peor que ha hecho hasta ahora el gobierno de Enrique Peña Nieto?”, el 10%  contestó “todas las reformas”; el 8% “alza de impuestos”, el 7% “reforma energética”, el 6% “privatizar Pemex”, el 4% “IVA a alimentos” y 23% no sabe o no contestó.

En suma, la brecha entre el país de expectativas y el que se mantiene expectante, la distancia entre el México de la televisión y el que se ve por la ventana, le está pasando pronta factura a la administración federal. Peor aún, la narrativa del gobierno está centrada en las reformas estructurales que están moviendo a México, pero no queda claro que la opinión pública quiera escuchar ese discurso.

En particular, la reforma fiscal-hacendaria/alza de impuestos ha tenido un doble efecto en la psique y el bolsillo nacional. Por una parte, está el freno de mano que la reforma le puso a una economía desacelerada (el Indicador Global de la Actividad Económica registró un 0.83% en enero), por otra, el menor consumo de refrescos, gasolina, botanas, ropa, calzado, compra de carnes y venta en restaurantes en el primer trimestre; es decir, el ajuste real del ingreso familiar al incremento inmediato de precios en 2014.

En este marco, no extraña que la seguridad pública sea una preocupación —el sexenio anterior nos curtió en esas lides—, pero la economía es la vara con la que el ciudadano mide al gobernante. Al final de cuentas, se le ha insistido por todos los medios posibles que el país ha hecho lo necesario para crecer más rápido, repartir mejor la riqueza, aprovechar los recursos naturales, facilitar el crédito y promover la competencia; que su tarea es tener paciencia porque el tren de la prosperidad está por llegar.

En esa espera, se ha probado como falso otro mito: que el mexicano estaba desencantado con la ineficacia legislativa y por tanto con la democracia. La LXII Legislatura puede presumir de mayor eficacia que una decena de Legislaturas juntas y sin embargo, el Congreso sigue apareciendo en el sótano de la confianza ciudadana en las instituciones; por debajo de los bancos y la policía. Las reformas no son la felicidad.

Hasta aquí, el escenario era medianamente previsible. El gasto público y la recuperación de la demanda en los Estados Unidos fungirían como engranes para solventar el desencanto y el bajo crecimiento. Sin embargo, el caudal de recursos públicos a ejercerse en 2014 —recordando que parte del presupuesto de 2013 se ejerció de facto en el primer trimestre de este año— no ha probado ser el motor económico necesario para que la economía despegue.

 

Una propuesta: cerrar la brecha

Lo más peligroso en el escenario descrito, es que el poder público supla en lo inmediato los resultados de las reformas con déficit. Que busque en la deuda la salida al desánimo y al nuevo escepticismo sobre la marcha económica nacional. Lo más conveniente —no lo más sencillo— es cerrar la brecha entre las expectativas y la realidad. Corregir los nudos generados por la reforma en áreas estratégicas de la economía y dar un viraje en la narrativa.

Nadie está obligado a lo imposible, a menos que lo prometa.

 

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