Por Nicko Nogués*

Desde mi punto de vista, el cambio que esperamos no vendrá desde la tecnología, sino desde la crisis ambiental y social que hemos provocado. Visto así, la verdadera revolución de este siglo no pasa únicamente por manos de la tecnología, sino por una transformación individual, y particularmente masculina, que pasa poner nuestras manos en una invención del S. XIX y que todos tenemos en casa: la escoba.

Sí: desde las masculinidades la escoba representa la “varita mágica” de nuestro progreso y evolución, de nuestras capacidades y liderazgo.

¿Por qué?

Es innegable que vivimos en un momento de profunda transformación social y climática. Solo hace falta echarle un vistazo a nuestro continente y al resto de mundo para ver lo que está sucediendo desde Chile hasta Hong Kong, pasando por nuestros océanos y ríos. Cualquiera de los problemas que observemos en esas dos grandes dimensiones que son la medioambiental y la social, tienen como raíz y eje de la problemática a un denominador común: el machismo. Una visión de someter y controlar a nuestra voluntad y a toda costa, a todo lo que se nos ponga por delante, empezando por el Planeta.

Ante el actual contexto de reordenamiento y reestructuración social, cada vez son más los movimientos de personas que impulsan y promueven un cambio en el orden estructural. En este sentido, veo con esperanza cada vez a más hombres que se autodefinen como feministas y defensores de la igualdad. Es revelador escuchar sus puntos de vista y por eso a todos ellos, suelo preguntarles con auténtica curiosidad lo mismo:

 —¿Cuántas veces barres a la semana?

A esta pregunta suele seguirle un silencio incómodo y/o una sonrisa nerviosa.

Históricamente, los hombres hemos ocupado y dominado la esfera pública, relegando a las mujeres al ámbito de lo privado: no sólo se impedía su participación en las instancias más cercanas el Estado, sino que también se vedó su acceso la esfera pública, que es donde se desarrolló la sociedad civil. Recordemos por ejemplo que en México el derecho al voto femenino se instauró de manera oficial en 1953, y las primeras elecciones donde ellas participaron fueron en 1955. 

En definitiva, el papel de las mujeres se redujo al ámbito privado, y muy específicamente en lo referido al cuidado de la familia y el mantenimiento del hogar. Sin embargo, el cuidado de la casa en términos económicos solía estar (y en muchos hogares aún es así) a cargo del hombre, en su rol de proveedor.

En la década de los 40, tras la segunda guerra mundial, inició la incorporación de las mujeres en las esferas públicas. Así pues, en diciembre de 1948, la Declaración de los Derechos Humanos, aprobada por el Consejo General de la Organización de Naciones Unidas (ONU), reconoció a los hombres y a las mujeres como sujetos de los derechos fundamentales de las personas. Sin embargo, fue hasta la década de los 80 que la incorporación de las mujeres fue pública y reconocida, en distintos momentos de la década, como la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Contra la Mujer, en 1979; la elección de la primera mujer presidenta en Islandia, en 1980, y la creación del Instituto Nicaragüense de la Mujer, en 1987.

En definitiva, mientras que ellas se han ido incorporando de forma constante y ascendente a la esfera pública, no ha ocurrido lo mismo con nuestra transición como hombres hacia la esfera privada. Los datos que se tienen así lo corroboran: Según cifras de INEGI, los hombres se involucran apenas un 24% en las labores del cuidado del hogar.

De esto se deriva un fenómeno que lejos de potenciar la igualdad, la vulnera, pues son ellas las que en su mayoría y tras su jornada diurna, se siguen encargando de las labores y cuidado de la casa y la familia, incurriendo así en una doble jornada laboral. Sucede además, que el trabajo doméstico no es considerado aún una labor remunerada y sin embargo, en 2018, este tipo de actividades representaron la cuarta parte del PIB en México.

Mientras tanto, la esfera pública y remunerada sigue siendo eminentemente masculina: los hombres aún somos mayoría en ámbitos laborales. Industrias como la construcción, bancos e industria automotriz no solamente están asociadas en el inconsciente colectivo a las figuras masculinas, sino que estadísticamente también hay mayor representatividad masculina en niveles ejecutivos. 

Como señala Hernán Vázquez, presidente de Volkswagen Argentina: “Hoy, un 45% de nuestros clientes son mujeres. Como empresa, deberíamos ser espejo de la sociedad, pero en verdad no tenemos ni el 6% de representación femenina dentro de la empresa”.  En la industria petrolera, encontramos a Vicky Hollub, primer y, de momento, única CEO. Lo mismo ocurre en otras industrias como el deporte y específicamente el fútbol, donde la brecha de género es enorme: en 2018, la FIFA registró 16.533 traspasos de hombres, con un monto total de 7,030 millones de dólares, por los escasos 696 movimientos y los 564,354 dólares registrados entre las mujeres.  En palabras de Fatma Samoura, subsecretaria de la FIFA, “Actualmente se paga por el fútbol masculino; el femenino cuesta dinero. Debería pagarse por él y se pagará por él”.

Teniendo en cuenta todo lo anterior, la realidad actual nos demuestra que si bien estamos en una transición entre esferas y repartición de roles y equilibrio de poderes, aún es más grande la resistencia al cambio que estamos viviendo que la aceptación radicalmente consciente de que ya no hay vuelta atrás.

Sí, el cambio está ocurriendo y no necesariamente a un ritmo que nos permita mitigar las consecuencias devastadoras de esa resistencia a dejar de someter y controlar una evolución social y medioambiental que tiene sus propios ritmos legítimos y que tenemos que aprender a respetar, transformando la lógica eminentemente patriarcal y masculina de ordenar el mundo que todavía predomina.

La escoba, como metáfora del cuidado y de lo interno, es extrapolable a cualquier actividad que demande un cuidado y atención en la esfera interior. Es en esa esfera donde radica nuestra gran oportunidad de evolucionar como hombres. El Gol es llegar a sentirnos totalmente cómodos y hábiles allí, tanto como históricamente nos hemos sentido bien ocupando la esfera pública. Por eso, la verdadera revolución masculina empezará cuando todos y cada uno de nosotros agarremos una escoba como muchos patean un balón, y nos pongamos a limpiar sin ni siquiera pensar que eso tenemos que hacerlo por ser esa una labor que también nos corresponde.

Amigos, es la escoba 🧹 y no el balón, la que nos hará libres.

 

Contacto:

Twitter: @nickonogués

 

*El autor es Activista defensor de los Derechos Humanos y Medioambientales, divulgador creativo, consultor estratégico y fundador del Instituto #demachosaHOMBRES y MIRACLE, consultora experta en activismo empresarial.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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