El escritor y artista gráfico Ludwig Bemelmans vivió entre banqueros y millonarios (valga la redundancia), tenía claras las nociones básicas de inversión, pero nunca no logró colarse entre el club de ricos.

 

Por Deborah L. Jacobs

 

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La mayoría de la gente no puede sacar poesía de la consultoría de inversión, pero Ludwig Bemelmans, creador de los libros de Madeline, es capaz de hacerlo.

Bemelmans, el escritor y artista estadounidense de origen austríaco que murió en 1962, fue prolífico, produciendo arte publicitario, numerosos artículos de revistas y 31 portadas para The New Yorker. A pesar de que es más famoso por sus seis libros de Madeline, escribió otros 11 libros para niños, muchos de los cuales comenzaron como artículos de revistas, y cerca de 20 libros para adultos, incluyendo cuatro novelas. Una vez se describió a sí mismo como “un mago”, a quien las imágenes, sobre todo, le venían fácil. Y dejó a sus herederos un rico legado literario.

Sin embargo, cuando se trataba de administrar el dinero, Bemelmans se quedó corto. Mientras vagaba por el mundo, envió cartas a casa pidiendo que su familia le enviara fondos. No tenía ahorros para su jubilación. Y aunque su esposa, Madeleine (Bemelmans llamó a su personaje en honor a ella, pero lo escribió diferente porque rimaba mejor), provenía de una familia de banqueros, él pudo haber mirado a la comunidad financiera con cierta dosis de cinismo. Los caprichosos murales que pintó para el Carlyle Hotel de Nueva York a cambio de 18 meses de renta gratuita para él y su familia, se componen de un banquero que fuma un habano. Bemelmans se representó a sí mismo en el interior de una jaula para aves, haciendo transacciones comerciales con un mono con un sombrero de copa ubicado por encima de su jaula.

Bemelmans se mezclaba con los ricos y famosos —sus amigos incluían a Aristóteles Onassis y Armand Hammer— y a veces aspiraba a su riqueza. “He decidido de repente que quiero ser un millonario”, escribió un 16 de abril 1960 en una carta a su hija Barbara Bemelmans, enviada desde el Hotel du Cap d’ Antibes, una propiedad emblemática en la Riviera francesa. “Hablé con Ari [Onassis] y estoy seguro de que es mucho más fácil que convertirse en un escritor o un artista. Todo lo que necesitas es aplicarte al 100% en ello”.

Si Bemelmans se dedicó a esa meta, no la alcanzó. Cuando murió de cáncer de páncreas, dos años después, a la edad de 64, sus bienes fueron valorados en sólo 200,000 dólares. En ese momento tenía acciones en cuatro empresas que cotizaban en bolsa —100 acciones de AT&T, 100 de Greyhound, 100 de IBM, y 10 de Tennessee Gas Transmission (que cambió su nombre por el de Tenneco en 1966)— por un valor total de alrededor de 50,000 dólares.

Sin embargo, hay evidencia de que entendía los conceptos básicos de inversión, incluso a pesar de que no los aplicaba. En una carta del 6 de abril 1961, dirigida a su hija, y escrita en la papelería del Ritz- Carlton Hotel en Nueva York, donde trabajó antes de convertirse en escritor, escribió:

“1. Vende cuando las cosas van bien

2. Comprar cuando la gente llora

3. Siempre protégete de lo inesperado.”

Palabras para los sabios para los tiempos de hoy, del autor de Madeline.

 

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