En América Latina, muchos potenciales emprendedores e inversores dejan de crear nuevas empresas porque los castigos para quienes fracasan son demasiado altos.

 

El Cirque du Soleil (CdS) nació en Canadá a comienzos de los años ochenta gracias a una ayuda pública de aproximadamente 900,000 dólares y recibió apoyo gubernamental hasta 1992. Durante sus primeros años de funcionamiento, la empresa vivió momentos duros, pues se endeudó a niveles máximos. Fue en 1984 –luego de recibir dinero del Canada Council of Arts, como parte de las celebraciones del 450 aniversario de la llegada de Jacques Cartier al país– que el circo se convirtió en un éxito.

Los años noventa y dos mil fueron de crecimiento rápido para esta compañía, llegando a tener hasta 19 shows en 271 ciudades del mundo, incluyendo uno fijo en Las Vegas. Emplea a unas 4,000 personas en más 40 países. Convirtiéndose en un caso de estudio a nivel mundial sobre innovación, a nivel de empresa, y a nivel de disrupción de un sector tradicional, en decadencia y obsoleto.

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En las últimas semanas se han escuchado comentarios sobre que el circo se vendería a un precio de 1,500 millones de dólares. La compra sería por parte de la firma de inversiones estadounidense TPG Capital, la institución financiera canadiense Caisse de Depot y el fondo de inversiones chino Fosun International.

El acuerdo podría incluir la permanencia de Montreal como el centro de operaciones de la compañía circense, así como un 10 % del accionariado para Guy Laliberté, un antiguo artista callejero que fundó el Circo del Sol en 1984 junto con otros dos socios, Gilles Ste-Croix y Daniel Gauthier. TPG Capital se convertiría en el accionista mayoritario, con un 60%. Por su parte, la canadiense Caisse de Depot adquiriría el 10 % restante.

A priori, dada las características del emprendimiento que dio lugar al éxito del CdS, cualquiera podría perfectamente suponer que es un emprendimiento viable de surgir en América Latina. En nuestros países existen circos desde hace decenas de años, y en la actualidad uno puede ver en la vía pública artistas callejeros con destrezas increíbles. El monto del subsidio con que contó el CdS no es una cifra “impensable” para la mayoría de los gobiernos de la región, entre otras características que hacen pensar en un emprendimiento posible en América Latina. Entonces cabe preguntarse ¿por qué este tipo de emprendimiento innovador no surge en nuestros países?

Es sabido que la innovación en América Latina es insuficiente, pobre, y de bajo impacto a nivel mundial (Banco Mundial 2013). El atraso tecnológico¹ de los emprendimientos y las empresas de AL se revela también en la naturaleza de la innovación (BID, 2010). La innovación tecnológica está muy concentrada en innovaciones adaptativas y de incremento gradual. En consecuencia, el grado de novedad de las innovaciones de productos es bajo; suelen ser “nuevas para las empresas” más que “nuevas para el mercado”².

A su vez, es importante rescatar que para que las innovaciones empresariales fluyan en los países, el entorno de negocios debe presentar determinados factores fundamentales, además de la lógica y ya incuestionable estabilidad macroeconómica. Uno de ellos es la protección de la propiedad intelectual, y otro es el acceso al financiamiento de riesgo en tiempo y forma oportuna. También es importante que se incremente la competencia en ciertos mercados de recursos y de servicios, y que se defina una estrategia clara de apertura comercial con el exterior, para lo que la infraestructura es crítica. Además de la fundamental disponibilidad de personas capacitadas para desarrollar procesos de investigación e innovación. Situaciones que no se dan en todos los países de América Latina.

La buena notica, el problema no es si somos o no un país emergente. Quizá pueda influir “el barrio” donde estamos, pero la principal conclusión, sin lugar a dudas, es que cambiar nuestra realidad depende de nosotros mismos. Especialmente de que el sector privado se apalanque en los esfuerzos del sector público para potenciar radicalmente su voluntad y capacidad de inversión en innovación. Y que el sector público se adapte a la velocidad con que el sector privado debe innovar.

Pero a lo anterior, que hace a los fundamentos, en mi opinión, se le debe sumar que las empresas y los emprendedores deben ser conscientes de que mucho de esto de innovar depende del ecosistema global en donde estén insertos. Y también, como menciona Andrés Oppenheimer en su libro ¡Crear o morir!, en América Latina se debe derribar el hecho de que muchos potenciales emprendedores e inversores dejan de crear nuevas empresas porque los castigos para quienes fracasan son demasiado altos.

 

¹Cuando hablamos de atraso tecnológico hacemos referencia a bajo conocimiento aplicado.
²Algo de esto ya hemos hablado en otros post en Forbes México.

 

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