A falta de contabilizar los principales distritos electorales (Glasgow, Edimburgo y Aberdeen), Escocia, aunque dividida, quiere seguir formando parte del Reino Unido. Las encuestas de salida dan un margen de ventaja cercano a los ocho puntos a favor de la Unión. De no ocurrir una voltereta dramática, Scotland stays!

 

Por Irene Savio / Enviada especial Forbes México

 

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EDIMBURGO. – A Escocia le asusta dar miedo. Después de seis meses de campaña electoral y el haber azuzado el pavor del contagio independentista en media Europa —véase Cataluña—, Escocia ha votado por el ‘no’ a la independencia. Aunque el registro en las listas electorales fue de récord (97%) y la participación del 87% —fruto de la pasión que desató la campaña electoral en las últimas semanas— , los unionistas habrían ganado el referéndum y los independentistas, perdido, según los primeros resultados parciales difundidos en la madrugada por la comisión electoral y agencias de sondeos. El resultado, de confirmarse, indicaría que Escocia permanecerá dentro del Reino Unido, así como ha hecho en los últimos tres siglos.

Estos resultados, que empezaron a llegar a las dos de la mañana (horario local), remiten a algunos pequeños distritos municipales y por esta razón deben ser deben ser tomados con pinzas —mucho pesan, en cambio, Glasgow, Edimburgo y la capital del petróleo, Aberdeen, cuyos resultados llegarán en la mañana, según se ha anunciado—. Pero, así y todo, será difícil que el resultado se revierta radicalmente, más aun que el instituto de encuestas YouGov, que ha monitoreado toda la campaña electoral, también confirmó la victoria por ocho puntos del ‘no’.

Ya los mercados, e incluso las casas de apuestas —que daban unas increíbles 19 libras por cada 5, en caso de victoria del sí— habían dado sus indicios. Durante toda la jornada, la bolsa de Londres registró subidas y, el índice principal de la bolsa de Londres, el FTSE 100, cerró el día con una subida del 0.52%.

En los últimos días, fueron muchas las voces de Europa y de los poderes económicos y políticos que habían rezado por el no.  La patronal británica y los directivos de varios bancos, como el propio Royal Bank of Scotland y Lloyd’s, se pronunciaron contra la independencia. Algunos incluso amenazaron con irse a Londres —otro centenar de empresarios, en cambio, se dijo a favor del sí—. La reina Isabel II, mantuvo el silencio hasta último minuto hasta que finalmente dijo que los “escoceses tenían que pensárselo muy bien”; lo que, en una región del mundo donde la monarquía se mantiene como una institución respetada e incluso admirada, fue interpretado como un guiño para la campaña del ‘no’.

Otros organismos, como el broker de Internet, Zoopla, dijeron que la independencia podría provocar un desplome del precio de los inmuebles escoceses de más de 30,000 libras, un 17,5% para la vivienda promedio. El diario The Times habló incluso de fuga de capitales. “Los temores a lo que pueda pasar con el histórico plebiscito han llevado a la mayor liquidación de inversiones británicas desde el colapso de Lehman Brothers en 2008. Cerca del 17,000 millones de libras en acciones del Reino Unido, bonos y otros activos financieros han sido retirados durante el mes pasado”, escribió el rotativo británico.

Con este preámbulo como base, desde las primeras horas de la mañana, el día electoral del jueves se anunció pantagruélico. En Edimburgo y Glasgow, se formaron varias colas en los principales colegios de ambas urbes, situación que se repitió en las últimas horas del día, cuando muchos salieron de trabajar y fueron a ejercer su derecho. El dato de la participación fue tan alto que los analistas señalaron que la cifra llegó a niveles de los años 50. “¿Debe Escocia ser un país independiente?”, era la seca pregunta planteada a los 4.3 millones de los escoceses que, con más de 16 años de edad, podían votar y se habían registrado.  Además de los escoceses, llamaba la atención la presencia en los colegios de votantes afincados en Escocia, pero originarios de otras zonas, entre ellos numerosos ingleses, australianos y polacos.

Una de ellas era Moya Bothbell, una granjera de 67 años originaria de Sidney, que votó en el colegio electoral de East Market, en Edimburgo. “Creo que ha habido mucha mala información sobre la independencia. De los 29 diarios en circulación, solo uno nos apoyó. Los demás hicieron campaña electoral en contra. Eso no es ser imparciales”, decía, refiriéndose las portadas de diarios como The Times y Scottish Daily que en la mañana llegaron a los kioscos con portadas en las que se hacía una alusión muy evidente a un ‘no’ a la secesión. The Telegraph incluso publicó la foto de un soldado escocés fallecido en los años del terrorismo del irlandés IRA. “Nuestros soldados han perdido sus vidas intentando preservar el Reino Unido. ¿Qué dirán sus familiares?”, se leía en el título.

En el bando opuesto, los estudiantes James y Mark, dos amigos de 21 años, manifestaban que no hay nada más que los ate a su país que sentirse británicos. “Nunca he querido la independencia. Mi padre es inglés y yo me siento británico”, afirmaba James, con en mano una bandera de Reino Unido.

Otro era el caso de Brian, un taxista que explicaba que desde el primer momento decidió votar no y que resumía el torbellino de inquietudes que han desalentado a muchos escoceses de votar a favor del sí. “Soy de esos ‘no’ convencidos, pues hay demasiadas incógnitas. ¿Y si nos echan de la Unión Europa?, ¿cuántos países hay que, por los problemas que tienen con sus minorías, nos vetarían la entrada?, ¿y, qué pasará con nuestra moneda?, ¿Londres nos dejará mantener la libra?, ¿y si el petróleo y el gas empiezan a escasear?, ¿quién pagará nuestras pensiones?, ¿nuestros sueldos?”.

Más complicado aún fue el voto para los indecisos, que un día antes de la votación seguían siendo 350,000. Un ejemplo era Adela, la empleada de un hotel originaria de Polonia pero afincada en Escocia —todos los residentes podían votar— y con pasaporte británico. “Algunos nos han dicho que si gana el sí, echarán a todos los inmigrantes que hay en Escocia”, explicaba, repitiendo uno de los tantos falsos rumores que circularon en los últimos días del referéndum. “Me gustaría obtener la independencia, el problema es que no me fío de los nacionalistas del SNP (Partido Nacionalista Escocés)”, decía otro votante, Andy.

Eso sí, en ningún momento se produjeron hechos violentos ni enfrentamientos, riñas o altercados de algún tipo en los colegios electorales o en centros de conteo o en las sedes de las campañas. Esta situación absolutamente extraña para un territorio que anhelaba la secesión tiene sin embargo su explicación. Los observadores lo habían anunciado. “Pase lo que pase, ningún drama se consumará en Escocia, más que el de Alex Salmond (el líder de los nacionalistas desde 1990)”, explicaba a esta revista el experto en nacionalismos polaco, Roman Szul.

Al bajar el sol en Edimburgo, la neblina que durante el día había atormentado el cielo, desapareció. Así como el sueño de Moya. “Si gana el sí, me tomaré una botella de champaña. Si gana el no, lo aceptaré”, había dicho, horas antes de que se conociera el resultado. Pero, al parecer, esta vez, el descorche tendrá que esperar. Al menos de momento.

 

 

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