Los riesgos económicos de la secesión y la entrada final en campaña de los pesos pesados británicos y escoceses determinaron el no a la independencia. No obstante, otras tormentas aguardan.

 

Por Irene Savio / enviada

 

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GLASGOW. – Gente rara, estos escoceses. Huidiza, a ratos. Estando donde estamos, en el barrio de Goven de la capital industrial de Escocia, Glasgow, el paisaje parece complicar incluso más el enredo escocés.

Así que uno llega a Govan, en el oeste de Glasgow, allí donde los astilleros dieron décadas doradas a esta ciudad, y se percibe ese aire de mansa resignación que tienen los sitios ante los cuales el camino de la historia se ha desviado. Hasta hace pocas décadas, el río Clyde lo enmarcaban largas hileras de fábricas de naves, pero hoy las navieras, antaño pujantes —hace un siglo era uno de los mayores puertos del mundo—, ha ido huyendo de la ciudad. En agosto pasado cerró el último astillero que construía barcos comerciales, Ferguson Shipbuilders, y los dedicados al uso militar están en manos privadas —los más importantes son de BAE Systems Maritime— y su futuro también está en vilo. De ahí los barrios deprimidos de Glasgow: Calton, Bridgeton, Gorbals. Barrios de una ciudad en que la riqueza no falta, a pesar de que en ciertas zonas la expectativa de vida sea bajísima, que las tasas de consumo de alcohol y drogas sean altas e incluso haya un llamativo número de psicópatas.

En un hilero del río Clyde, camina Calum Hind, un jubilado que nació en Goven y ahora vive en Partick. Es un hombre combativo, pero que nunca ha olvidado el cruento desmantelamiento de la industria pesada escocesa del thatcherismo de los ochenta —es decir, cuando la Dama de Hierro le dio el golpe final a una industria ya en caída—. Fueron precisamente esos años que marcaron la más fuerte ruptura emocional entre Londres y Edimburgo. Escocia padeció mucho más que Inglaterra las políticas de Thatcher. Y tardó más en recuperarse. De ahí que no llame la atención que, como certificó un sondeo de Ipsos MORI, realizado tras el referéndum, el 65% de los escoceses que viven en las áreas más deprimidas, donde la tasa de paro es más alta, votaron sí a la independencia.

“Glasgow es una ciudad ruidosa, habladora y apasionada, pero también encerrada en su historia de pauperización de su clase trabajadora, incapaz de olvidar la cruenta desindustrialización del thatcherismo”, afirma Calum.

Es ésta la paradoja escocesa. Ser una sociedad que naufragó económicamente hace 30 años y que, a pesar de los vaivenes internacionales, se recuperó —el PIB creció 1% en la primera parte de 2014, según datos del gobierno escocés—, pero que ha quedado marcada para siempre por su pasado. Véase los pilares de hoy de la economía escocesa, el whisky, los bancos y el petróleo. Ellos también votaron y eligieron el no. ¿Por qué? Porque mientras las navieras se deprimían, ellos tomaban el relevo.

Tómese como ejemplo la industria del whisky. Éste es hoy un negocio redondo que emplea a 35,000 trabajadores, directos e indirectos; contribuye con 1,000 millones al fisco británico, y representa 80% del total de exportaciones alimentarias de esta nación. Todo esto gracias a las 109 destilerías que hay en Escocia y que venden en más de 200 mercados —siendo Estados Unidos, Francia y Singapur los tres primeros compradores, mientras que México es el primer consumidor latinoamericano, seguido por Brasil—, según datos de la Asociación de Whisky Escocés. Pasando de los 2,300 millones de libras procedentes de las exportaciones en 2004, a los 4,300 millones de libras de 2013, el equivalente a 1,229 millones de botellas vendidas. Cifras impresionantes que, a pesar de alguna turbulencia —en los primeros meses de 2014, el sector ha registrado una leve caída a raíz la crisis económica mundial—, siguen en todo lo alto.

Con un vaso de whisky en la mano en el The Oran Mor Cafe —una vieja iglesia reconvertida en pub—, el escritor Alasdair Gray (Riddrie, Glasgow, 1935), uno de los autores más conocidos y valorados de Escocia, quien hubiera querido que ganara el sí, reconoce los radicales cambios que ha vivido su patria en la última mitad de siglo. “La industria del whisky es una de las pocas tradicionales que se han salvado. Pues aquí en Westminster (donde se reúnen las dos cámaras del parlamento del Reino Unido) se ha dedicado a salvar bancos”, se queja, aludiendo a que en la actualidad el 77% de la economía escocesa son servicios. “¡Ay, los bancos..!”, lo interrumpe su amigo David Petrie, profesor de inglés e intérprete. “Ahora los bancos son los dueños de todo“, añade, apocalíptico, Gray.

Estamos a primera hora de la mañana delante de la estación de trenes de Haymarket, en el centro de Edimburgo. Allí está el banco Lloys, que tiene su sede social y legal en Edimburgo y es propietario de Bank of Scotland, el segundo más antiguo del Reino Unido. Y también en Edimburgo está el Royal Bank of Scotland (RBS), controlado por el Estado británico, que en 2008 le dio 45,000 millones de libras, además de 275,000 millones de libras esterlinas en garantías y préstamos estatales, para zanjar su quiebra. De ahí la dependencia de Londres de este sector que emplea a 200,000 personas en Escocia, le da a la economía escocesa unos 8,800 millones de libras anualmente y posee el 90% de sus clientes fuera de esta nación.

No tan diferente fue la actitud de las petroleras, que desde que se descubrió el petróleo en el Mar del Norte cambió mucho las cosas en Escocia. Ocurrió, entre otros flecos, que una ciudad como Aberdeen, ahora la capital petrolera escocesa, pasó de ser una pequeña ciudad provinciana a una urbe que produce 17% del PIB escocés —proveniente de una industria en la que trabajan 450,000 personas—, que posee el helipuerto civil con más tráfico del mundo, con unos 40,000 movimientos al año. Gracias a eso, Reino Unido es hoy el primer productor de petróleo de la Unión Europea, 90% del cual se extrae de pozos en territorio escocés.

Las razones del “no” las explicó muy claramente Ben van Beurden, consejero delegado de la petrolera anglo-holandesa Shell. “Estamos acostumbrados a operar en entornos de incertidumbre política y económica. Pero, si podemos elegir, preferimos saber con la mayor precisión posible qué condiciones de inversión se esperan a 10 y 20 años vista. Por eso estamos a favor de que Reino Unido mantenga su arraigada posición en el corazón de la Unión Europea: da mayor estabilidad y seguridad a la inversión.” Y agregó: “Por razones similares nos gustaría que Escocia siga formando parte del Reino Unido. Shell tiene una larga historia de presencia en el Mar del Norte, también en Escocia, y seguimos invirtiendo miles de millones de libras cada año.”

Pasan más turistas —allí, de camino al castillo de Edimburgo, donde de noche organizan excursiones de fantasmas— y desaparecen los edimburgueses en edificios de aspecto gris. Aquí trabaja gente como el arquitecto Arthur, delgado como un palo, estoico, de esos hombres que hacen kilómetros sin respirar y toda la fuerza se le ve en las piernas. “Escocia es un país pequeño; si se separara se pondrían en discusión miles de contratos, se perderían puestos de trabajo, colapsaría la economía”, dice este partidario de que Escocia siga unida. “El riesgo es demasiado alto y el beneficio, dudoso.”

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Ganó el no

Pero, ¿ganó la estabilidad evocada por el poder económico escocés? Según la experta en nacionalismos de la Universidad de Konstanz, Eva Maria Rhode, sí y no. “Los riesgos socioeconómicos de la independencia escocesa se basaban en la inmensa inseguridad para la moneda, la economía, la ciencia, las reservas de petróleo, la defensa, la afiliación en la OTAN y la UE. Bancos y empresas amenazaron con irse de Escocia y la salida de Reino Unido podía significar la salida de la libra.” Pero, la otra cara de la moneda, es que también estando en el Reino Unido, Escocia afronta riesgos. Y mayúsculos. “Probablemente, en 2015 se votará sobre la salida del Reino Unido de la UE y (de ganar el sí a la salida) Escocia también perdería su afiliación”, reflexiona Rhode.

He aquí otra paradoja. Es decir, que los bancos se vayan ahora, no de Escocia sino de Londres, abandonando todo el Reino Unido. De hecho, ya lo han dicho. En agosto, Bank of America, Citigroup y Morgan Stanley dejaron filtrar a la prensa anglosajona que estarían dispuestos a irse en caso de que se produzca la salida de Reino Unido de la UE. Y esto porque estar ahí les permite trabajar ágilmente con los otros miembros de la UE, cosa que no está garantizada si Reino Unido deja la UE.

Pero ésta no es la única confusión y el único frente de una batalla que ha de librarse todavía. Otra es la cuestión de un resultado indiscutible del referéndum: las promesas a los escoceses que han hecho el primer ministro británico, David Cameron, y los principales partidos británicos. Que prometieron más poderes en materia fiscal y de bienestar social a Escocia si ésta rechazaba la secesión. El problema es que ni Cameron ni el resto explicó cuándo y cómo esto se hará. Es decir, cuáles de las tres principales hipótesis —creación para Reino Unido de un sistema autonómico como el español, un Estado federal o privar del voto y voz a los parlamentarios no provenientes del territorio cuya legislación se está tratando.

Mucha culpa, insiste Rhode, la tienen las crisis económicas que se abatieron sobre Europa, lo que está directamente relacionado con el auge de los nacionalismos europeos. Los cuales, sin embargo, sorprendentemente tienen en común: que “también apoyan a una Europa más fuerte y con regiones poderosas”, en detrimento de los Estados nacionales como los conocemos hoy. Así y todo, la pregunta obligada es adónde llevará todo esto. Pues, se mire de donde se mire, Gran Bretaña no sólo hoy parece un juguete roto, sino también un punto de llegada del cual no hay vuelta atrás.

 

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