Las versiones sobre las labores de espionaje por parte del gobierno de Estados Unidos han motivado a un nuevo debate sobre las fronteras entre seguridad y abuso de poder.  

 

El subgénero de las novelas de espionaje, tan emblemático de la Guerra Fría, ha quedado reducido ante la constancia pública de las actividades de vigilancia y seguimiento que alguna agencia gubernamental de Estados Unidos ha realizado contra gobiernos, empresas, medios de comunicación e individuos a escala internacional.

Y no es de sorprenderse, dado que esta práctica que siempre está al filo de la legalidad, ha sido común en el ejercicio de la autoridad y como un mecanismo para reducir las amenazas externas e internas a la seguridad del Estado.

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En el estado actual de la sociedad donde la característica aparente es un flujo constante de contenidos quedaría un pequeño espacio para aquella información sensible de protección o de interés para los gobiernos. Tal parece que este espacio no es tan pequeño y que los actores interesados son más que los tradicionales conocidos del mundo bipolar.

Si bien es cierto que el mundo cambió su concepción de seguridad desde el 11 de septiembre de 2001, hoy podemos constatar que el combate contra el terrorismo abrió nuevos flancos que rompen con la privacidad individual, la secrecía institucional y la confianza entre los gobiernos.

No son únicamente las revelaciones del agente de inteligencia Bradley Manning a través de WikiLeaks hace pocos meses, o del contratista tecnológico Edward Snowden a través de algunos medios de prensa europeos en estos días lo que ha sacudido al campo de la inteligencia y la diplomacia del orden mundial después de los atentados del 2001.

Hoy es el sentimiento de intrusión que reflejan muchos ciudadanos en el mundo occidental; es la desconfianza de los gobiernos aliados a Estados Unidos; es el desconcierto de los antiguos competidores políticos y hoy socios comerciales; es la sorpresa generalizada ante estas actividades propias de un oren mundial en construcción.

La diplomacia está aparentemente varada en un islote de indefiniciones, que se mueve en ejes como Washington, Moscú, Londres, Berlín, como escenarios de las novelas trasladadas a películas del periodo de entreguerra o poco después de las Crisis de los Misiles.  Estas capitales cambiaron, o creímos que cambiaron con las nuevas condiciones del orden mundial, el espionaje simplemente evolucionó.

La llegada de las tecnologías de comunicación permite hacer más cosas en menor tiempo y sin restricciones de distancia, y tal parece que la inteligencia política lo entendió rápidamente. Aunque los resultados aparecerán en el mediano plazo.

Mientras algunos gobiernos estiman incrementar sus sistemas de seguridad de información otros refieren a la confianza traicionada que podría limitar los contactos estatales en el futuro. Sin embargo, la espera de una respuesta clara del gobierno de Estados Unidos ante estas filtraciones parece crecer.

En su viaje por África, el presidente Obama ha dicho desde Tanzania:

“Creo que deberíamos dejar claro que todos los servicios de inteligencia, no sólo los nuestros…tienen una tarea: intentan comprender el mundo mejor y lo qué está sucediendo en las capitales del mundo a partir de fuentes que no están disponibles a través del New York Times o NBC News, están buscando información adicional más allá de lo que es accesible a través de fuentes abiertas.”

¿Es ésa la respuesta esperada? Muchos lo dudan. Tal vez,  esa declaración abrirá nuevas avenidas de desconfianza en las próximas semanas marcando más incertidumbre que certezas como en las mejores novelas sobre espías que todos mencionamos.

 

Autor: Érick Fernández Saldaña, académico de los departamentos de Estudios Internacionales y Comunicación de la Universidad Iberoamericana.

 

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