El escándalo sobre el espionaje de Washington a millones de personas comunes y corrientes en el mundo, demuestra que en la jerarquía de prioridades la libertad está un escalón más abajo de la seguridad. Pero, ¿de verdad nuestra libertad está amenazada por el espionaje estadounidense?

 

 

 

 

 

Se cuenta que una vez Benjamin Franklin, uno de los Padres Fundadores de Estados Unidos, dijo que aquellos que pueden dejar la libertad esencial por obtener un poco de seguridad temporal, no merecen, ni libertad, ni seguridad. Por cierto, en los tiempos de Franklin, libertad y seguridad eran conceptos mucho más arbitrarios y elitistas que ahora, más caprichos que necesidades. Y hasta EU no era el mismo país de hoy, sino una colonia lejana y problemática. Por otra, fue precisamente en esos años que se crearon las verdaderas bases del American Dream, un sueño donde justicia y libertad garantizan una casi vida perfecta. Casi.

En estos días, mientras las denuncias de espionajes contra la Agencia Nacional de Seguridad estadounidense se hacen globales, las palabras de Franklin parecen un grandioso éxito profético. De hecho, el reciente escándalo según el cual Washington escucha, observa y espía a millones de personas comunes y corrientes en el mundo, demuestra que en la jerarquía de prioridades la libertad está un escalón más abajo de la seguridad. Pero, ¿de verdad nuestra libertad está amenazada por el espionaje estadounidense?

Por cierto, a los jefes de gobierno en Europa, Brasil y México no les queda otra, sino condenar la injerencia en sus asuntos como una violación de la ley nacional de cada país, del derecho internacional y de los principios de las relaciones entre naciones amigas.

 

Haz lo que digo, pero no lo que hago

Sin embargo, las operaciones de intelligence no son un fenómeno nuevo. Hay una tradición histórica remota que hasta en la Biblia se contempla el espionaje como instrumento eficaz contra los enemigos y legítimo si es usado para lograr el bien. Así que unas ojeadas no llevan al infierno, si sólo encontramos buenas razones para justificarlas. Tarea más fácil cuando el pecador es el Estado y actúa no para el propio bienestar, sino para el de todos sus ciudadanos.

Por cierto, la Casa Blanca no es la única en tener un aparato de seguridad tan “eficiente”. Controlar y espiar a los ciudadanos es práctica común y corriente de los gobiernos y de sus agencias de seguridad alrededor del mundo. Sistemáticamente esas mismas agencias reúnen datos telefónicos y de internet de libres ciudadanos.

Porque, aunque las agencias de seguridad estén enfocadas en descubrir y atacar a los terroristas, a los narcotraficantes y otros criminales internacionales, hoy en día la inseguridad ha abarcado a los niveles más comunes de nuestras sociedades. El principal efecto del terrorismo en occidente ha sido difundir en nuestras sociedades el miedo hacia un enemigo amorfo y no convencional, que puede esconderse en cualquier lugar, aún el más banal e inesperado.

Por eso, el esfuerzo de control extremo que estamos viviendo es el resultado de una visión extremamente catastrófica de nuestra realidad, en dónde los peligros son tan difusos, ilimitados y fuera de control que la única forma de defensa es la implementación de un sistema de seguridad panóptico, que no deje posibilidad a lo desconocido de desarrollarse.

Desde 2001, el pavor, sin duda, ha sido la primera fuente de legitimación hacia una completa libertad del Estado para que haga todo lo posible para derrotar al terrorismo. Paradojamente el mismo terrorismo ha generado otro terrorismo, un terrorismo psicológico que nos ha transformado en una sociedad en alarma constante hacia una amenaza absoluta, que puede llegar por cualquier parte y en cualquier momento. De hecho, el terrorismo y el contra-terrorismo han acabado asumiendo los mismos rasgos estratégicos, es decir, la falta de fronteras, de límites y hasta de ética.

Además, la falta de un acuerdo entre los miles de actores que trabajan en el sector de la seguridad a nivel global sobre la mera definición de “seguridad” no representa sólo un impedimento académico, sino una ulterior clave para comprender las dificultades concretas en limitar las acciones y las responsabilidades de las instituciones en este campo. Si es imposible trazar el confín dónde acaba la inseguridad y empieza la seguridad, resulta que las acciones para garantizar la seguridad varían según la interpretación y pueden llegar por absurdo a ser infinitas.

En este contexto, el centro del problema no es la privacidad de los ciudadanos y su salvaguardia, sino la forma para dejar de perseguir la quimera de una seguridad absoluta, porque enfrente a un objetivo global sólo podemos poner estrategias globales, que, antes de todo, aniquilan nuestra libertad mental.

Nuestra privacidad no está en más peligro ahora y no es muy probable que el gobierno estadounidense lea nuestros correos o escuche nuestras llamadas. De hecho, se estima que la NSA maneja un promedio de 3 millones de datos por día, lo que hace imposible e inútil considerar otra información afuera de aquella relacionada con actividades sospechosas, mediante un proceso de recopilación y análisis de datos igual a las que muchas empresas utilizan para dirigir sus estrategias de mercado.

Enfocarse en el tema de la privacidad asombra, lo que representa la verdadera amenaza a un desarrollo positivo de nuestra sociedad. Nos hemos convencido que nuestra normalidad tenga que incluir un nivel nulo de riesgos, pero lo único que obtenemos es abrir la puerta a formas más estrictas de control, que representan no sólo una castración de nuestras libertades, sino un enorme desperdicio de esfuerzos y dinero.

Como un perro que persigue su propia cola, hemos construido un sistema que alimenta justo el núcleo de lo que quiere destruir, y eso va mucho más allá de las repercusiones contra nuestra libertad de expresión.

 

 

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