Lo que estamos observando es el endurecimiento del régimen de sanciones internacionales  con el que la comunidad mundial espera ‘desnuclearizar pacíficamente’ a Corea.

 

Por Laura Zamudio, directora del Departamento de Estudios Internacionales de la Ibero Cd. De México.

 

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El pasado fin de semana, Corea del Norte se declaró en estado de guerra contra Corea del Sur; su líder político,  Kim Jong-un,  ordenó a su ejército (compuesto por más de un millón de soldados) estar listo para “atacar en cualquier momento” y pidió la reapertura de todas las instalaciones de armamento nuclear del país.

En unas cuantas horas, el heredero político de Kim Il Sung rompió un acuerdo de armisticio que había durado cerca de 60 años y había mantenido en stand by a las dos Coreas tras la guerra de 1950-1953 para, acto seguido, violar una serie de acuerdos internacionales firmados más recientemente, que estaban orientados a evitar la construcción de un arsenal nuclear, específicamente el desmantelamiento de una central nuclear y la destrucción de una torre de enfriamiento.

La respuesta de Corea del Sur fue inmediata e inédita: reaccionará con fuerza y contundencia ante cualquier provocación. Estados Unidos, su aliado histórico, ya realiza ejercicios militares conjuntos en el país y ha desplegado aviones de combate y furtivos B2, B52 y F22, un destructor y una plataforma naval móvil con capacidad para interceptar y destruir misiles. Todo lo cual, acompañado de una serie de declaraciones públicas estridentes de ambas partes, han logrado una espiral de gran tensión en la península y el mundo.

Lo que estamos observando, desde mi perspectiva, es el endurecimiento del régimen de sanciones internacionales con el que la comunidad mundial, encabezada por las Naciones Unidas, espera desarmar, o mejor dicho desnuclearizar “pacíficamente” a este país. En los últimos años, Corea del Norte ha aceptado negociar el desarme a cambio de ayuda económica, pero no forma parte del Tratado de Prohibición completa de ensayos nucleares y ha realizado 3 pruebas nucleares (en 2004 y 2009 con plutonio y el 12 de febrero de este año se sospecha que con uranio). También ha buscado desarrollar misiles de largo alcance y esto lo demostró en diciembre del año pasado, cuando puso en órbita un satélite artificial.

¿Qué tan cerca o qué tan lejos están en realidad de llegar a poseer misiles de largo alcance? ¿Qué tanto han avanzado en el enriquecimiento de uranio? ¿Es factible pensar que pronto podrían cruzar el umbral tecnológico y miniaturizar  los arsenales? La respuesta es incierta.

El liderazgo norcoreano afirma hoy que las armas nucleares no son negociables, son vitales para su soberanía y no van a cumplir con el desmantelamiento total, pues éste constituye “la vida de la nación”.

Como cualquier estudiante de Relaciones Internacionales sabe, desarmar a un contrario no es sencillo, y hacerlo “pacíficamente” tampoco suele ser exitoso.

El momento que escogió Kim Jong–un  para protestar, oponerse y obligar a negociar nuevas y mejores concesiones económicas y de seguridad para su país, es idóneo, pues Europa está en crisis y Estados Unidos había comenzado el repliegue militar de Irak y Afganistán. Pero también, y esto lo sabe occidente, es un momento difícil pues el régimen norcoreano requiere ayuda económica y prestigio político, por lo que ambos bandos están dispuestos a incrementar el costo de sentarse a negociar.

 

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