La anterior, es una frase que escuchaba mucho en los medios especializados y entre los participantes de los mercados financieros cuando empezaba mi carrera como inversionista, a finales de los 90 y principios de los 2000. Escuchaba con mucha atención convincentes argumentos sobre el salto de productividad que representaría Internet y que la llegada inminente de este cambio tecnológico modificaría el “paradigma”. Por lo tanto, las empresas que participaran en este sector no podían ser valuadas de la manera tradicional.

Así se formó lo que conocemos hoy como la burbuja del dot-com. El índice NASDAQ creció más de 190% en menos de dos años, cuando alcanzó el pico de la burbuja en 2000. Empresas dirigidas por gente que acababa de salir de la universidad levantaban miles de millones de dólares en capital, teniendo, en muchos casos, pérdidas millonarias, con modelos de negocios con muy poco sustento.

Debo confesar que, en su momento, todo esto me parecía muy convincente. Los argumentos llegaban a conclusiones erróneas, pero sus bases se sostenían en una realidad evidente. En lo personal, durante este periodo, tuve mucha suerte en dos sentidos: primero, era muy joven para que mis decisiones tuvieran un impacto relevante y, segundo, tenía acceso, a través de la lectura y el ejemplo directo, al pensamiento de grandes inversionistas que entendían que un argumento válido llevado a la exageración y alimentado por crédito puede inflar una burbuja en los precios de los activos. Estos inversionistas estaban dispuestos a ir en línea con su pensamiento, con un gran control emocional para actuar de manera contraria al consenso y siempre bajo una disciplina de inversión basada en el análisis fundamental.

Uno pensaría que hemos superado tales prácticas, que ‘esta vez es diferente’ para la comunidad inversionista que ha aprendido valiosas lecciones. Sin embargo, algunos indicadores actuales me recuerdan esa época: en Estados Unidos, el valor consolidado de todas las empresas en bolsa (la capitalización de mercado) representa 111% de su PIB. La única vez que esa relación ha sido más alta fue justo en el pico de la burbuja del dot-com.

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Por esto, no sorprende que hoy la bolsa norteamericana represente el 36% del valor de todas las bolsas del mundo, mientras que su economía sólo representa 24% del PIB mundial. Si incluimos el valor de mercado de las acciones y todos los instrumentos financieros que cotizan en bolsa, como los ETF y ADR, esta bolsa por sí sola representaría más de la mitad del valor de todas las bolsas del mundo.

Y si analizamos la valuación del mercado (que no es más que cuánto estás pagando a los precios actuales por cada dólar de utilidad) y tomamos en cuenta sólo las utilidades actuales, vemos que la relación precio-utilidad (P/U) del S&P 500 se encuentra en niveles cercanos a los alcanzados previo al inicio de la crisis de 2008. Ajustando estas utilidades cíclicamente, vemos que se encuentra en su punto más alto desde la crisis del dot-com. También las valuaciones en México se están ya cerca de sus máximos históricos.

Hay que ser muy claros: no creo que éste sea un mal momento para invertir; incluso en la burbuja del dot-com surgieron oportunidades en sectores que parecían, a los ojos de algunos inversionistas, menos atractivos que el de internet.

Voltear a ver estos episodios del pasado nos debe recordar la importancia de no dejarse llevar por el sentimiento del mercado. Está claro que no se puede predecir cuándo va a explotar una burbuja, pero sí podemos decidir participar o no en la misma.

“Esta vez es diferente”, pero sólo en las formas; en el fondo, la historia nos demuestra que, lo relevante para calcular el valor de un activo, son las utilidades futuras que él mismo pueda generar, y no el valor que el mercado decida asignarle en un momento determinado.

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes.

 

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