En octubre de 2018 se vivía en Brasil una compleja jornada electoral. Después de la segunda vuelta se confirmaba el triunfo de Jair Bolsonaro y desde el inicio de su gobierno la ultraderecha tomaba las riendas del proyecto político en ese país.

No son tiempos sencillos, alrededor del mundo se viven liderazgos políticos que, fortalecidos en el miedo y la incertidumbre y con una extraordinaria retórica, buscan terminar con el establishment. Es decir, buscan incipientemente acabar con la tradición de poder en manos de una élite; aunque en la mayoría de los casos los líderes de esta oleada neopopulista hayan pertenecido a esa élite que hoy tanto repudian.

Lograr el consentimiento de las masas no implica ofrecer condiciones verdaderas de bienestar en el más puro y estricto sentido democrático. Implica, hacer de las masas el capital político perfecto para perpetuarse en el poder. En esta nueva versión del poder, respaldado por las masas.

Los neopopulistas de última generación, no consienten la crítica, descalifican a los medios y pe-ro prefieren la política y la comunicación social de los tuitazos.

A su llegada a la arena política brasileña, Jair Bolsonaro fue bautizado como el “Trump carioca” de inicio, como resultado de la coincidencia discursiva entre ambos; ahora, con la agenda nacional delineada el presidente de Brasil también ha debilitado su relación con la prensa y ha preferido el uso de redes sociales para difundir sus ideas homofóbicas, ultra conservadoras, excluyentes y sectarias. Afirmaciones que, desde la Casa Blanca, el mandatario brasileño destacó como importantes coincidencias entre su visión de gobierno y el de Donald Trump.

Pero el eje de gobierno que más comparten estos dos líderes neopopulistas es la migración. Al igual que Estados Unidos, Brasil padece los embates de las masivas migraciones periféricas causadas por la pobreza, la desigualdad y la inestabilidad política.

En los últimos años, el exponencial incremento en los flujos migratorios provenientes de Venezuela, Haití y Siria no sólo es materia de descontento social y generación de política pública, es el motor de la radicalización del oficialismo brasileño que ha buscado a toda costa el respaldo de la comunidad internacional hacia la intervención económica y militar en Venezuela.

La radicalización y la polarización en temas cargados hacia la moral son parte de la agenda nacional de ambos mandatarios, sin embargo, diferencias económicas y sociales estructurales hacen que las condiciones de desarrollo en ambos países sean diametralmente diferentes.

A pesar del aparente homogéneo liderazgo entre ambos líderes, la visión comercial proteccionista de Trump no concuerda el espíritu liberalista de Bolsonaro que ha buscado reaperturar mercados, atraer capitales extranjeros y dinamizar el mercado regional.

En medio de las turbulencias políticas que ha vivido el presidente Trump, de cara a las elecciones del 2020, buscar alianzas estratégicas para neutralizar el régimen bolivariano de Venezuela no solo le abonan capital político, sino que podrían representarle un impacto positivo entre el electorado de la “minoría étnica” más importante para las próximas elecciones.

Estados Unidos tiene urgencia por estabilizar Nicaragua, Cuba y Venezuela, no es casualidad. La razón más que humanitaria es electoral, Brasil puede ser un pivote geopolítico importante en esta vital tarea para el presidente Trump.

 

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