DW.- Aunque hay pocas investigaciones al respecto, viajar constantemente en vuelos de larga duración tiene consecuencias para los pasajeros incluso antes de subirse a la aeronave. ¿Cómo nos afecta el continuo viajar por los cielos del mundo?

Los nervios previos al vuelo

Llegar al aeropuerto a tiempo, facturar la maleta, esperar ante la puerta de embarque, lograr el asiento que uno desea (si es que no está previamente reservado), reaccionar ante posibles retrasos y cambios en la puerta de embarque, correr en el último instante con los niños a los aseos… Todo esto no nos distrae del hecho de que volar implica sentarse en un estrecho tubo durante un determinado tiempo durante el cual no tenemos control alguno sobre la situación. En realidad, volar es una de las cosas menos naturales para los humanos. Y no solo es la ansiedad que producen el aterrizaje y el despegue, los dos momentos en los que hay más riesgo de accidentes aéreos. “Hay gente a la que viajar en avión le produce una elevada ansiedad. Solo el hecho de estar en el aire a gran distancia del suelo les asusta”, dice la doctora Vivien Swanson, profesora de Psicología en la Universidad de Stirling. “Y hay gente con claustrofobia, que sufre por estar en un espacio cerrado sin control de la situación. Puede ser muy estresante y, por ese motivo, hay gente que elige no volar”.

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De compras ante la consciencia de la propia muerte

Algunas personas se automedican para tratar de controlar su ansiedad. Incluso hay quien toma alcohol. Otra gente trata de aprovechar el tiempo en el aeropuerto para hacer unas compras, pero solo un paseo por los largos pasillos de esos edificios puede elevar los niveles de estrés, con todas las cosas que recuerdan la mortalidad del ser humano: controles de seguridad, policía armada… Eso se llama “consciencia de la propia muerte” (death-awareness) y en los aeropuertos se da a niveles máximos. Aparte del capitalismo, naturalmente, esa puede ser la razón por la cual los aeropuertos se han convertidos en réplicas de centros comerciales. La promesa de comprar objetos nuevos y bellos nos distrae.

Un estudio realizado en el aeropuerto internacional de Las Vegas investigó los efectos del consumo en los viajeros aéreos, llegando a la conclusión de que “comprar ayudaba a sobrevellar la ansiedad”. Pero así es como la controlamos en el suelo. “Existe la posibilidad de que los pasajeros trasladen su ansiedad a la aeronave, y esto puede manifestarse de formas peligrosas, como tener una crisis nerviosa a miles de metros de altitud”, dice la doctora Lindsey Harvell-Bowman, coautora del estudio. “Podría incluso afectar a la forma en que actuamos con los otros, como, por ejemplo, ser grosero hacia ellos”, afirma.

Déficit de oxígeno

También las condiciones que se dan dentro de la aeronave pueden pasar factura al pasajero. Cuando volamos, sufrimos una leve forma de hipoxia, una afección producida cuando se reducen los niveles de oxígeneo en sangre. Eso puede afectar el sistema inmunitario, causar somnolencia, confusión y agudizar los estados de ánimo, por lo que podemos reaccionar exageradamente ante los diversos estímulos.

Los aviones comerciales suelen volar a una altura aproximada de once mil metros. Si a esa altura la presión de la cabina no estuviera regulada como si estuviéramos a dos mil metros, el cuerpo humano sufriría hipoxia severa. Aun así, volar reduce nuestros niveles de oxígeno. Entonces ¿por qué no proporcionar oxígeno artificial en los aviones? “Se podría hacer desde un punto de vista técnico, pero la aeronave necesitaría llevar tanques de presión”, dice el doctor Jochen Hinkelbein, presidente de la Sociedad Alemana de Aviación y Medicina Espacial (DGLRM por sus siglas en alemán). “Las paredes del avión deberían ser entonces más gruesas y eso incrementaría el peso de la aeronave de forma significativa”, continúa. “Eso haría imposibles los vuelos de larga distancia y reduciría el número de pasajeros a la vez que incrementaría notablemente los costes”.

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Lo que se aplica a los pasajeros, también vale para la tripulación

La Sociedad Británica de Psicología advierte que los pilotos y tripulantes pueden sufrir de fatiga causada por el jet lag o desfase horario, además de tener horarios de trabajo que dificultan las relaciones sociales, con turnos de doce horas. Por ese motivo, algunos toman alcohol o “abusan de sustancias” o se automedican.

Y, al contrario de lo que sucede en otras profesiones, es improbable que los pilotos hablen de sus problemas o busquen ayuda médica por temor a perder su licencia de vuelo. “La habilidad del cerebro para funcionar puede quedar comprometida en algún momento”, escriben los autores del artículo “Aviación y psicología aeroespacial. La salud mental y el bienestar de los pilotos”.

Imagínense estar en el avión adecuado con el piloto incorrecto en un vuelo ultralargo. La palabra “miedo” se queda corta. Nos dirigimos a Singapore Airlines para preguntar por las consecuencias para la salud de su vuelo ultralargo a Nueva York y nos remitieron a expertos. También dijeron que el bienestar de sus clientes era para ellos “fundamental” y que, pensando en su vuelo Singapur-Nueva York, el más largo sin paradas, habían “cooperado con expertos de élite en este ámbito”. Bueno es saberlo.

Por Zulfikar Abbany 

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