Se debe de innovar hacia adentro y hacia fuera. Hacia adentro buscando nuevos sistemas, procesos o modelos organizacionales que aumenten la eficiencia, la relación entre departamentos, la satisfacción de los colaboradores y la rentabilidad para los socios; hacia fuera, con productos, servicios y espacios que agreguen valor al cliente.

 

 

La innovación es clave para cualquier empresa u organización. Innovar o morir”, dicen muchos ejecutivos y consultores.

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Se debe de innovar hacia adentro y hacia fuera. Hacia adentro buscando nuevos sistemas, procesos o modelos organizacionales que aumenten la eficiencia, la relación entre departamentos, la satisfacción de los colaboradores y la rentabilidad para los socios; hacia fuera, con productos, servicios y espacios que agreguen valor al cliente.

Para generar ideas innovadoras, y ejecutarlas, las empresas invierten grandes cantidades de tiempo, esfuerzo y dinero. En este proceso, que en ocasiones dura más de un año, se llevan a cabo innumerables reuniones de trabajo. En cada reunión se considera mucha información y variables importantes que permitan definir con detalle las innovaciones, descartando algunas ideas y validando otras.

Sin embargo, prácticamente nunca se considera información o variables alrededor de la ética que permitan redefinir, validar o rechazar ideas. Sin duda, se utilizan variables de rentabilidad, ventas prospectadas, aumento de barreras de entrada para la competencia, posicionamiento de marcas, disminución de costos, etcétera; pero rara vez escuchamos que se evalúen ideas con base en consideraciones éticas.

Hacerlo no es difícil, incluso es fácil. Te comparto una estrategia muy sencilla: piensa emocionalmente en tus audiencias a largo plazo; por ejemplo, hazte las siguientes preguntas cuándo estés evaluando qué ideas aceptar y cuáles rechazar:

¿Qué producto de estos, de ser consumido o usado con mucha frecuencia por mi cliente, le hará el mayor bien a su salud y le producirá la mayor felicidad? ¿Qué producto o servicio de éstos le provocará el mayor orgullo a mis colaboradores por ser parte de la empresa que lo ofrece? ¿Qué producto, servicio, materia prima, sistema logístico o proceso de producción, es el mejor en el cuidado del ambiente y para el territorio en donde lo produzco? ¿Qué modelo organizacional será el mejor para que todos mis colaboradores sientan que pueden desarrollar al máximos sus capacidades y habilidades, y se sientan felices?

Si innovar es agregar valor, tenemos que considerar que aun cuando hay ideas que agregan valor, éste es muy efímero. Podemos desarrollar una bebida muy sabrosa, pero su valor dura lo que dura el sabor en el paladar; ocurre lo mismo con una computadora económica pero que la duración de sus componentes no exceda el año.

“Claro —dirá un ejecutivo— la idea es que el cliente se vuelva adicto al sabor y quiera consumir una y otra vez el mismo refresco; o bien, que al ya no operar correctamente la computadora, repita la compra”. En ambos casos, se está pensando sólo en la rentabilidad, por lo que habría que preguntarse: ¿Qué pasará con la salud del cliente a largo plazo? ¿Qué pasará con las finanzas e incluso información contenida en la computadora y la productividad del usuario en el largo plazo?

Algunos ejecutivos pensarán que ésa no es su responsabilidad. El tema es que sí lo es, ya que ellos están promoviendo esa adicción y prometiendo grandes ventajas de esa computadora. Si realmente pensáramos en agregarle valor al cliente, bajo una perspec­tiva ética, también pensaríamos en el largo plazo del ser humano al que comúnmente sólo tratamos como un número más.

Innovar en sentido ético (o moral, también se puede decir) no es sólo considerar las regulaciones y leyes. Hay que ir más allá, y establecer qué es lo bueno y lo correcto.

Para que esto suceda, el CEO, los socios o los directores tienen que permitir y fomentar que se hagan estos planteamientos alrededor de los procesos de innovación. Los indicadores de premiación al interior de las organizaciones también deberán de contribuir con el uso de variables éticas, pero si sólo premiamos y celebramos a los ejecutivos que producen y ejecutan las ideas con mayor retorno financiero, pocos se tomarán el tiempo de considerar otras variables.

Pensar emocionalmente alrededor de nuestras audiencias es considerar que nues­tros colaboradores y clientes son personas, que tienen alma; no sólo son números. Éste es un principio ético fundamental de cada organización. Pensar en el impacto de nuestros productos, servicios y procesos a largo plazo, nos ayudará a considerar variables que al pensar sólo en el corto plazo, no tomamos en cuenta.

 

 

 

*Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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