Alguna vez fue un oficial de inteligencia del otrora ejército soviético al que entrenó la KGB. Al disolverse la URSS, se convirtió en un geek que cazaba virus informáticos. Hoy es un empresario al mando de Kaspersky Lab, una de las cuatro principales firmas de software antivirus del mundo.

 

 

En su oficina en el cen­tro de Kaspersky Lab, la empresa de software antivirus más grande del mundo, Eugene Kaspersky tiene un pizarrón con la siguiente inscripción garabateada a mano y escrita en inglés: “Today’s Task: Save the World”.

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Suena ambicioso. Propio de un megalóma­no. Pero Eugene Kaspersky parece todo, me­nos un megalómano. Vestido con jeans, una camisa verde con el logo de Kaspersky Lab y botas vaqueras, luce más como un profesor universitario. Y, si no fuera por su edad (48), pasaría como un alumno.

Ligeramente pasado de peso, con una actitud desenfadada, y un atuendo cercano a lo trashy. Pero no hay que olvidar que en otro tiempo recibió algún tipo de entrenamiento por parte de la hoy extinta KGB, agencia que promovió, en 1982, su ingreso al Instituto de Criptografía, Teleco­municaciones y Ciencias de la Computación de la entonces Unión Soviética. ¿Qué tipo de entrenamiento recibió? Kaspersky no lo cuenta, pero egresó en 1987 convertido en oficial de inteligencia del ejército de la URSS. Un par de años después, en una computadora Olivetti, descubrió su primer virus.

Salvar al mundo. ¿Por qué, de qué? “Es la misión de la compañía, la visión que tenemos: salvar al mundo. No sólo es un negocio, no sólo es obtener beneficios, no es sólo tecnología… tenemos muy claro que estamos peleando contra los villanos, contra las amenazas del ci­berespacio, contra la Internet oscura y el lado malévolo de las tecnologías que la habitan. No sólo estamos vendiendo nuestros productos: estamos haciendo del mundo un mejor sitio”, dice Kaspersky.

No obstante, no queda del todo claro quiénes son los villanos, las amenazas del ciberespacio, la Internet oscura y las fuerzas malvadas que operan en ella.

En julio de 2010, Sergey Ulasen, un progra­mador de Bielorrusia que entonces trabajaba en una compañía local llamada VirusBlokAda, descubrió un gusano informático de potencial devastador. El virus se llamaba Stuxnet y podía espiar y reprogramar programas industriales, llegando al extremo de causarles daño físico. Kaspersky Lab lo describió como “un prototipo funcional y aterrador de un arma cibernética que conducirá a la creación de una nueva carrera armamentista mundial”, y concluyó que, dado su potencial destructivo, sólo podía haber sido creado con el apoyo de una nación soberana.

En tanto, 60% de las computadoras que fueron infectadas por el Stuxnet se hallaba en Irán y hubo un daño considerable a las plantas centrifugadoras (con sistemas de control crea­dos por Siemens) con las que, en ese tiempo, el gobierno de Teherán enriquecía uranio para su programa nuclear. Hablar de una black operation con la firma de los servicios de inteligencia de Estados Unidos e Israel no resultaba descabellado. Al menos eso es lo que sugirió The New York Times.

Cuando el asunto se hizo público, Sergey Ulasen se convirtió en una celebridad entre los programadores de software. Y antes que otra cosa pasara, Eugene Kaspersky lo buscó. Y lo contrató.

Eso demuestra que Kaspersky Lab forma parte de las redes más importantes del planeta, que sus productos no sólo están dirigidos al público en general y a pequeñas empresas, sino también a grandes corporati­vos y gobiernos del mundo.

Salvar al mundo. Ya se ha dicho antes: idealista y romántico. Y también redituable. El año pasado, Kaspersky Lab facturó 667 millones de dólares (mdd) en todo el mundo.

* * *

En julio de 2013, Edward Snowden —el ex contratista de la CIA— destapó el escándalo de espionaje de la NSA de Estados Unidos. Pocos días después, el 1 de agosto, Snowden recibió una visa que garantizaba su asilo político durante un año. No pasó mucho tiempo antes de que surgieran rumores en torno a que Snowden sería contratado por la red social VKontakte —el equivalente a Facebook en Ru­sia— y que también Kaspersky Lab se hallaba en negociaciones con él. En su cuenta de Twi­tter, de un modo irónico, Eugene Kaspersky desmintió lo anterior.

Ahora no quiere decir nada: “No me siento a gusto hablando de política”, se escuda.

A Kaspersky se le vincula estrechamente con el Servicio Federal de Seguridad de Rusia, en el papel, la institución que sustituyó las funciones de la KGB. Él niega cualquier tipo de vínculo que no sea el estrictamente profesio­nal: “Como con cualquier otro gobierno.”

No deja de ser paradójico que si se trata de una historia de espías verdadera, Eugene Kaspersky guarda silencio. Pero si se trata de una historia ficticia, entonces sí tiene algo que decir.

Splinters Cell: Blacklist Aftermath de Tom Clancy, una novela que devino en un videojuego, na­rra la historia de Igor Kasperov, un excéntrico millonario ruso que es dueño de una de las compañías de software antivirus más exitosas del mundo. Un día, Kasperov recibe una orden del Kremlin para liberar un virus potenciamente devastador en contra de Estados Unidos; en tanto Kasperov se niega, se desata una persecución que sólo puede concluir con su muerte. Sin embargo, Sam Fisher, un ex agente de la NSA, recibe una encomienda del presidente de Estados Unidos para encontrar a Kasperov y ofrecerle asilo político.

¿Kaspersky, Snowden, Putin, Obama y Clancy tuvieron una borrachera juntos o es un mera coincidencia?

Eugene Kaspersky suelta una carcajada que se escucha hasta el Kremlin. “Tengo que decir que fue algo completamente inespera­do el enterarme de esta novela acerca de un empresario ruso dedicado al negocio de la seguridad cibernética”, dice agitando la cabeza en señal de negación. “Fue una gran sorpre­sa… Estoy esperando que aparezca la película basada en esta trama.”

Idealista y romántico, con jeans y en mangas de camisa, dueño de una empresa que ofrece a sus empleados gimnasio, sauna, du­chas… una cafetería que rivaliza con cualquier restaurante de al menos una estrella Miche­lin, campos de futbol rápido, sala de juegos, piscina e incluso una playa artificial creada en uno de los canales del río Moscova, Eugene Kaspersky parece más Mark Zuckerberg que él mismo.

¿Una copia rusa del american way of life?

“No lo llamaría modo de vida estadouni­dense, lo llamaría modo de vida humano.”

Kaspersky, sin embargo, se decanta por modelos nacidos en Occidente, detrás de aquello que él conoció alguna vez como la Cortina de Hierro. Richard Branson, CEO de Virgin Group, es uno de ellos.

¿Y qué hay de Vladimir Putin? El hombre que descubrió que Rusia sentía una gran nos­talgia por la URSS. “No puedo conectar del todo con la política de Vladimir Putin y el nivel de vida que tiene la región de Moscú… así que no lo sé. Puedo hablar de las policías cibernéticas de todo el mundo, incluso del departamento de la policía cibernética rusa, pero no a un nivel político”, comenta Kaspersky.

El pasaporte y la visa de Estados Unidos de Eugene Kaspersky están en regla. Si un día el presidente Putin monta en cólera, Eugene Kaspersky bien puede aterrizar en Washing­ton, DC, y trasladarse a Seattle, ciudad en la que se hallan las oficinas de Kaspersky Lab en EU.

En la entrada del edificio B del centro de negocios Olympia Park que se ubi­ca en el número 39 de Leningradsky Shosse, al norte de Moscú, sede de Kaspers­ky Lab, la escultura en bronce El elefante triunfante de Salvador Dalí (una de las 14 piezas que existen en el mundo y que le costó 446,500 libras esterlinas) saluda a todos los visitantes.

Existen más 300 millones de usuarios de los productos de Kaspersky Lab en todo el mundo; eso representa casi a la población total de Estados Unidos. Tantas como 250,000 compañías hacen uso de los servicios que ofrece la empresa que Eugene Kaspersky creó en 1998.

Hace unos pocos meses, Kaspersky Lab descubrió un virus al que bautizó como Careto (Máscara). Se trata de un gusano informático que “habla” español, con mayor precisión castellano, y que posee capacidades de espionaje. Se detectó en 31 países, la mayor parte de habla hispana, así como en naciones colindantes con la península ibérica. ¿Fue desarrollado por el gobierno español? Alex Gostev, jefe de seguridad de la división GReAT (Global Research and Analysis Team de Kaspersky Lab), responde: “Si observas qué países fueron víctimas de Careto, notarás que se trata de una región muy amplia. Por supuesto, hablamos de países latinoamerica­nos, de habla hispana, pero también algunos de Europa Occidental. Me refiero a Francia, Reino Unido (la región de Gibraltar incluida), así como Marruecos. Creo que con esto basta para que la gente saque sus propias conclusiones acerca de qué país está detrás de Careto. Pero a fin de cuentas es algo que no podemos probar.”

Hace poco más de 50 años, en los momen­tos más álgidos de la Guerra Fría, la URSS em­plazó en Cuba misiles nucleares. Por espacio de 13 días, el mundo estuvo a punto de irse al demonio. Hoy, y de acuerdo con la visión de Eugene Kaspersky y con lo que demostró el virus Stuxnet, basta con crear un gusano informáti­co en algún complejo subterráneo localizado en Toledo, Ohio; en el Puerto de Santa María, España, o en un kibutz de Israel, y ya está. Los semáforos de tu ciudad podrían exhibir un comportamiento anárquico; las torres de control de algunos aeropuertos recibir datos falsos acerca de la llegada de aviones; los centros informáticos de los bancos tener decenas de retiros o depósitos ficticios, o los periodos de llegada y de salida de los trenes de Londres presentar alteraciones significativas.

“Sería la ciberguerra, el cibersabotaje. Te hablo de algo muy peligroso, de escenarios terroríficos… Por todo eso es que dedico mi vida a salvar al mundo”, dice Kaspersky.

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Cuando Eugene Kaspersky no está salvando al mundo se dedica a viajar. Y toma fotografías, que publica en su blog (Eugene.Kaspersky.com). A veces tiene el atrevimiento de abandonar su faceta de geek entrepeneur y convertirse en una suerte de artista.

Hace algunos meses publicó un libro de imágenes titulado Muchas Pictures, en el que detalla gráficamente un viaje que realizó a Machu Picchu, en Perú.

En el prólogo del mismo cuenta que en 2010 realizó 100 viajes por el mundo. Y que en 2011 esa cifra se redujo a 94. Como un gusano informático que se expande por el planeta, Kaspersky viaja de un país a otro, no precisa­mente con la consigna de hurgar en sus secre­tos (“No recuerdo cuántas veces he estado en México, pero he visitado muchas ciudades: la Ciudad de México, Guadalajara, Monterrey, Puerto Vallarta, Veracruz, Cancún…”); con­ferencias, reuniones de negocios, encuentros con gobiernos, con expertos en temas de seguridad, son las razones que lo obligan a estar fuera de Moscú la mitad del año.

Es difícil creer que un hombre que bebe cerveza con Bono en Dublín, que ofrece consultoría a los gobiernos de quién sabe cuántos países del mundo, que es amigo de Richard Branson, que tiene 48 años y se viste como Mark Zuckerberg, que posee una fortuna cifrada en 800 mdd, que es sujeto de inspiración de novelas, y que a cada momento repite que quiere salvar al mundo, no tenga una opinión política. O que, al menos, no la quiera expresar.

Antes de despedirnos, Eugene Kaspersky me regaló una mochila. Y un portapasaporte. Y una navaja. Y un libro, su libro, Muchas Pictu­res. Es un libro hermoso. El libro de un viajero. El libro de un hombre que —ahora casi creo que le creo— quiere salvar al mundo.

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