Por: Christopher Helman

Darren Woods recorre las largas salas de linóleo del centro de investigación de ExxonMobil en Clinton, Nueva Jersey. Nombrado CEO de Exxon en enero de 2017, el ingeniero eléctrico de 53 años de edad se siente cómodo aquí en este paraíso de los nerds, ubicado de forma segura en 303 hectáreas bucólicas, detrás de puertas, guardias armados y escáneres de rayos X. Las legiones de científicos de Exxon, incluidos los 300 con sede en Nueva Jersey, están gastando 1,000 millones de dólares al año tratando de resolver uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo: cómo reducir las emisiones mientras suministran cada vez más energía a un mundo, que Exxon espera crezca a 9,000 millones personas para mediados de siglo.

Woods acordó reunirse con Forbes aquí para una entrevista exclusiva, a miles de kilómetros de la suite ejecutiva de Exxon a las afueras de Dallas. El punto es enfatizar que lo entiende, el dióxido de carbono realmente amenaza con perturbar el clima global. “Entendemos el riesgo y es necesario abordarlo”, dice Woods. “Somos sinceros en eso y realmente lo creemos”.

Pero, ¿qué significa esto realmente? Después de todo, Exxon no va a dejar el petróleo en el suelo, como preferirían los anti-carbonistas. De hecho, para el año 2025, la compañía pretende aumentar su producción de petróleo en los Estados Unidos en más de 600,000 barriles por día y obtener otros 200,000 bpd de nuevos descubrimientos gigantes en la costa de Guyana.

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Los expertos en megatendencias de Exxon estiman que necesitaremos cada gota, pues la clase media a nivel mundial está duplicando su tamaño y la demanda de energía crecerá un 25% para 2040. “Ve a lugares en donde haya extrema pobreza. Te motiva”, dice Woods. “No puedes simplemente alejarte y decir: ‘Apaguemos la válvula aquí'”.

Pero Exxon también está tomando en cuenta la tormenta de presión reguladora, social y de los accionistas para limpiar su acto. Lo que se necesita, dice Vijay Swarup, el ejecutivo de Exxon que dirige el centro de investigación de Jersey, son innovaciones que cumplan con los cuatro criterios de ser “asequibles, escalables, confiables y sostenibles”.

Es un cambio de actitud para el gigante energético de 260,000 millones de dólares (ventas estimadas para 2017). Lee Raymond, CEO de Exxon antes de Rex Tillerson, calificó el calentamiento global como un engaño y el tratado de Kyoto de 1997 como algo “inviable, injusto e ineficaz”. En 2009, Tillerson suavizó la línea del partido para apoyar el establecimiento de un impuesto al carbono y desde hace mucho tiempo ha impulsado el gas natural de combustión limpia como el combustible del futuro.

Pero Rex realmente no entendió la naturaleza holística del problema, y ​​preguntó en 2013: “¿De qué sirve salvar el planeta si la humanidad sufre?” A solo unos meses de lo que habría sido su fecha de jubilación, Tillerson llegó a un acuerdo para “cortar todos los lazos” con la compañía y convertirse en el secretario de estado de Donald Trump.

Dos semanas después de su partida llegó el anuncio del último acuerdo de Tillerson: la adquisición de 6,000 mdd de 101,175 hectáreas en la candente Cuenca del Pérmico de Nuevo México y Texas de los multimillonarios hermanos Bass de Fort Worth. Tillerson personalmente negoció el trato con su amigo Sid R. Bass. Woods no dirá si ha tenido contacto con Tillerson desde su Rex-it (completado con un un paracaídas dorado de 180 millones de dólares), pero tiene la intención de aprovechar su legado. “Es una cultura desinteresada”, dice Woods. “La expectativa es que el próximo tipo entre y lo haga mejor”.

Hacerlo mejor significa duplicar la tecnología verde. Exxon ha prometido gastar 600 millones de dólares en una empresa con Craig Venter (que fue el primero en descifrar el genoma humano) y Synthetic Genomics. La asociación comenzó en 2009, y el verano pasado finalmente revelaron un gran avance. “Descubrimos la ruta genética por la cual las algas producen lípidos”, dice Swarup, refiriéndose a las células grasas que serían los componentes básicos de un aceite de algas sostenible. “Ahora vamos a hacerlo a escala”.

Pero Woods, quien pasó la última década dirigiendo la división de refinación y química de Exxon, no está interesado en exhibir un solo lote de combustible de aviación derivado de algas. Lo que él quiere es una refinería de algas Franken de 450,000 barriles por día. Y dentro de 20 años, siendo “agresivamente paciente” en términos de Exxon, la empresa podría lograrlo.

A corto plazo, Exxon está trabajando con FuelCell Energy, que cotiza en bolsa, para perfeccionar un sistema que desvía el dióxido de carbono y otras emisiones de las centrales eléctricas, las mezcla con metano y las canaliza en una serie de celdas de combustible que transforman electroquímicamente los gases en electricidad además de una corriente concentrada de dióxido de carbono al 90%, lista para ser presurizada e inyectada profundamente en la tierra. Lo que llamó la atención de Exxon: a diferencia de otros sistemas de captura de carbono, este no es un parásito de la energía. “Es como decir que los unicornios son reales”, dice Tim Barckholtz, un científico senior de Exxon con un Ph.D. en Quimica.

Al igual que una batería gigante, la celda de combustible es un cubo de 3 por 3 metros. Dos de ellos se están instalando en una planta de carbón operada por Alabama Power. Una planta de 500 megavatios necesitaría la capacidad de alrededor de 175 cubos para capturar casi todo su dióxido de carbono (y otros contaminantes) y vería su costo a largo plazo de aumentar su potencia de 6 centavos por kwh a 8 centavos. Eso apenas es eficiente, especialmente si el Congreso promulga un impuesto sobre el carbono o si una compañía petrolera quiere comprar el CO2 para inyectarlo en viejos yacimientos petrolíferos para extraer más crudo.

A pesar de estos avances, es fácil ser cínico. Exxon tiene un largo y triste historial de saber cómo “hacer lo correcto” y luego no hacerlo. En 1978, el investigador del clima de Exxon, James Black escribió un informe titulado “El efecto invernadero”, advirtiendo que las emisiones de carbono podrían provocar un aumento de dos grados en las temperaturas globales y sugiriendo que el mundo tenía diez años para descubrir qué hacer. “Es prematuro limitar el uso de combustibles fósiles, pero tampoco deberían promoverse”, escribió. También en la década de 1970, los científicos de Exxon inventaron la batería de iones de litio, pero la empresa no se molestó en comercializarla, sino que invirtió en carbón y uranio. Luego vino el derrame de Exxon Valdez.

El año pasado, un juez federal impuso 20 millones de dólares en multas en el complejo de refinería Baytown de Exxon cerca de Houston por emisiones excesivas. Además, están sus plastificantes: los productos químicos que Exxon agrega a los plásticos para hacerlos más maleables.

En los últimos años, se ha descubierto que los plastificantes trastornan los sistemas endocrinos de los niños pequeños que mastican juguetes de goma. ¿De qué otras toxinas no nos están hablando? “Eso no ayuda. Todo lo contrario”, dice Swarup. “Estamos en la comunidad. Nuestros niños van a la escuela, nuestros niños beben agua, nuestros niños juegan con juguetes”.

Eso no aplacará al fiscal general de Nueva York, Eric Schneiderman, quien ha estado investigando a ExxonMobil desde 2015 por conspirar para defraudar a los accionistas al ocultar los riesgos del calentamiento global. Los abogados de la compañía dicen que es “una caza de información”. Y luego están los accionistas activistas.

La reunión anual del año pasado fue una llamada de atención; los activistas aprobaron, con un 62% de los votos, una resolución que insta a la compañía a revelar su plan para hacer frente al aumento de las temperaturas y evaluar la “viabilidad de sus activos como resultado de la transición hacia una economía baja en carbono”. Una idea preocupante si se considera que se bombea el equivalente a 4 millones de barriles de petróleo por día.

Woods decidió no ignorar la resolución no vinculante para no encender la ira de los gigantes BlackRock, Vanguard Group y Fidelity Investments, quienes respaldaron la votación. “Solían ser desdeñosos, arrogantes”, dice Tim Smith, un director de Walden Asset Management que ha presionado a Exxon durante una década. “Su tono está cambiando”.

El shock más grande del año pasado: nombrar a Susan Avery, científica de la atmósfera y ex directora de la Institución Oceanográfica Woods Hole, como miembro de la directiva de Exxon. “Es un comienzo”, dice Andrew Logan de la consultora de inversiones Ceres, “pero el mundo está cambiando incluso más rápido que Exxon”. Logan ubica a la compañía muy por detrás de Royal Dutch Shell, Statoil y Total (pero por delante de PetroChina y Saudi Aramco) en temas de clima y gobernabilidad.

Woods niega que los activistas lo hayan empujado a actuar. “Yo separaría la resolución del clima”, dice. “Tendríamos esta conversación con o sin ella, francamente. Hemos estado involucrados en esto durante muchos, muchos años, mucho antes de esas propuestas de poder”. Exxon no se inclina a los deseos de los activistas; esto no es una campaña de rebranding “verde”como la de BP “Beyond Petroleum” (más allá del petróleo en español) de 2006.

Tampoco se trata de una mezcla aleatoria de energías alternativas. ¿Eólica? ¿Solar? No, “nosotros no tenemos mucho que ofrecer en ese campo”, dice Wood.

Pero Woods también lo tiene claro. Cualquier “solución real” requerirá la imposición de ese elusivo impuesto sobre el carbono. “Si la sociedad quiere abordar este problema, debe tener un precio sobre el carbono”, dice. “Eso es lo que se requerirá. El gobierno tiene que tomar esa acción, y la sociedad tiene que estar dispuesta a pagar ese precio para alinear los motivos y resolver esto”. Ten cuidado con lo que deseas. Podría terminar llamándose el impuesto Exxon.

 

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