Parece que están de moda ese tipo de personas que gustan de abrir la boca para alardear de lo que son y de lo que no son sin que medie prudencia alguna. Se proponen como seres modélicos en todo terreno. Escupen palabras en crudo, carentes de sustento, sin analizar las consecuencias. Al escucharlos nos parece que algún personaje de Lope de Vega se salió de las páginas de un libro y salió a enseñarnos lo que es la perfección hecha carne. Es preciso recordar que estas representaciones buscaban evidenciar lo ridículo.

Hay muchos fanfarrones con pies de barro que se atreven a usar la voz como arma letal y poderosa. Su estrategia llama la atención por simple y burda: confían en que la estridencia estará de su lado y les ayudará a forjarse una sólida cantera de popularidad. Lo grave es que, efectivamente, les rinde los frutos perseguidos. Sin embargo, la pregunta obligada es ¿por cuánto tiempo?

El pronóstico para un edificio que se cimienta en terrenos arenosos es malo a todas luces. La boca no es un sustento que sea bastante y suficiente; más bien es una seña de negativa que muestra, sin pudor, una imagen desfavorable de a quien se le va la lengua.

No hay de otra, los dichos deben sostenerse sobre bases sólidas para que se transformen en resultados cuantificables y medibles. Lo demás es barro que se resquebrajará tarde o temprano. No obstante, dejar que un personaje despotrique sin ton ni son no es buena idea. El peligro de darle voz a un fanfarrón es directamente proporcional a su radio de influencia. Es decir, un merolico puede estar gritando en una esquina y será escuchado únicamente por quienes vayan pasando; en cambio, un fanfarrón que tiene acceso a un micrófono con cobertura mundial tiene efectos de amplio espectro.

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Lo curioso es que a pesar de que sabemos que un merolico es un personaje fársico que atrae a la gente con su verborrea y que quien lo escuche seguramente saldrá estafado, siguen teniendo audiencia. El poder de los fanfarrones se fundamenta en que:

  1. Trabaja con la expectativa.
  2. Se prepara para su acto.
  3. Provoca a sus audiencias.
  4. Entre el público siembra gente que le aplaude para hacerlo ver siempre victorioso.
  5. Es un hombre de espectáculo.

Por lo tanto, un fanfarrón sabe de control de audiencias, pero no sabe argumentar ni llevar el hilo de una discusión inteligente. No le gusta debatir ni tratar de entender las ideas de otras personas; en todo caso, si alguien le quiere echar a perder la fiesta, lo expulsa.

Contrarrestar a un bocón puede resultar muy complicado cuando se le ha dejado hablar por demasiado tiempo. Muchos creen que ante un lengua larga lo mejor es ignorarlo y dejar que él solo se enrede, se tropiece y caiga estrepitosamente.

Sin duda, esa estrategia nos ahorra esos pleitos poco elegantes, en los que quienes discuten parecen comadres que subieron a tender la ropa. Pero un encantador de serpientes lo que espera es el silencio del entorno y aprovechará para vender espejitos a cualquier incauto que se los quiera comprar.

Ésta es la razón por la que vemos a bocazas que avanzan sustentándose en un lenguaje coloquial, a veces muy agresivo y otras muy fraternal, con el que buscan azuzar, con el que provocan reacciones muy primitivas que afloran en forma espontánea, intensa y que nublan la razón y el análisis.

Un fanfarrón conoce la receta adecuada que debe implementar en sus discursos. Los ingredientes son: un puñito de verdad revuelto con mentiras y aderezado con múltiples lugares comunes. Un toque de temas como paz, justicia, una pisca de orden mezcladas con chistes, gran cantidad de insultos y, sobre todo, el uso adecuado del ingrediente secreto: el miedo. La fórmula es altamente efectiva.

Si se quiere atajar a un merolico, mirar para otro lado no sirve. Hacer oídos sordos no es una buena estrategia. Todo lo contrario, guardar silencio funciona como una especie de complicidad pasiva. Un fanfarrón tiene un método con el que aturde a sus audiencias; en ese sentido, las tinieblas no se disuelven con oscuridad. Hay que ocuparse.

¡Cuidado! Tratar de enfrentar a un lenguaraz con sus mismas estrategias es la peor de las decisiones. Es como darle de comer al monstruo: lo único que se logra es fortalecerlo y hacerlo crecer. Fíjense si no.

Contrarrestar a un charlatán puede ser fácil si se le confronta con razones. La estrategia adecuada es cambiarle las reglas del juego y usar armas que un fanfarrón no sabe utilizar. Para ello es muy importante llegar preparado, sobre las bases de un terreno sólido, en el que se pueda argumentar adecuadamente y no utilizar el micrófono para soltar ocurrencias. Hay que hacer la tarea, escucharlo, poner atención y por cada bravuconada espetar un golpe de datos duros, de teoría, de sustento y buenas razones.

Me pregunto ¿qué pasaría si Donald Trump debatiera con Michael Porter o con Mika Ronkainen? Sería muy difícil que el señor pudiera fundamentar la construcción de un muro fronterizo o que quisiera justificar el cierre de las fronteras del país más consumidor del mundo. Imagino que ellos, a diferencia de Ted Cruz, Marco Rubio o Bernie Sanders, en vez de atacarlo como él lo hace, buscarían un factor de diferenciación, construirían una ventaja competitiva y le darían una clase de comercio internacional.

Utilizarían números objetivos que no están sujetos a opiniones, ni son veleidosos. Imagino que lo cuestionarían sobre los efectos que sus propuestas tendrían sobre los productores de bienes y servicios estadounidenses que se verían perjudicados con aranceles que hoy no existen gracias al tratado de libre comercio que hay entre Canadá, México y Estados Unidos.

Tal vez le pedirían que explicara cómo justificaría las quiebras de empresas que generan empleos dado el intercambio comercial que existe entre las naciones, si este movimiento se frena. Seguro le dirían que miles de votantes tendrían que pagar más caros los servicios que hoy gozan a precios privilegiados por eso que el mismo desprecia. ¿Qué contestaría Donald Trump ante cuestionamientos serios? Es casi seguro que se quedaría sin palabras, ya que no tiene argumentos.

Trump es el ejemplo de moda, el más estridente y el que goza de un radio de penetración más amplio. Tristemente, como él, hay muchos: bravucones que patean para abajo mientras para arriba limpian botas. Balandrones que hacen de la coerción, el abuso, la intimidación y la agresividad la moneda de cambio y el estandarte con el que piensan conquistar al mundo.

El problema de guardar silencio es que se deja avanzar a quien no tiene argumentos, y el radio de su voz atrapa a quienes no logran ver las consecuencias de semejantes estridencias.

Para parar a un merolico que nos quiere estafar, a un abusivo que busca tomar ventaja de su posición jerárquica, que vende espejitos a precio de oro, lo mejor es atacarlo con las mejores armas que existen: el análisis, los datos y la evidencia de que se está frente a un tipo que tiene voz potente pero pies de barro.

 

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Blog: Las ventanas de Cecilia Durán Mena

 

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