Festejemos a Bob Dylan, y por partida doble…

Vamos al grano: es tiempo de celebrar, y por partida doble: el 24 de mayo (de 2016), Robert Allen Zimmerman —alias Bob Dylan, o para los cuates simplemente Dylan— cumple 75 años de vida. Antes, más importante aún: el lunes 16 de mayo, uno de sus trabajos más emblemáticos y trascendentes y revolucionarios y prestigiosos y reputados y hermosos, el álbum Blonde on Blonde, cumplirá 50 años de haber visto la luz por vez primera.

Conste: no es exageración. 50 años después, ni el tiempo ni lo que se ha dicho de este álbum ha disminuido su poder. Es la música como una forma de arte.

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Tras cinco décadas, sigue siendo uno de sus álbumes más eclécticos y versátiles e indescifrables, incluido su famoso retrato de portada, que está fuera de foco. Sí, lo diré con cuidado: es-una-obra-maestra.

Obviamente, visto a la distancia tampoco es para menos: es Dylan; el gran Dylan. El tipo que cambió el devenir de la música popular, reinventando y redefiniendo, a partes iguales, el folk y el rock (sin dejar de coquetear con el country, el blues o el jazz, incluso el pop fino).

Sí, hablamos de Dylan: el mito, la leyenda. El tipo que en los sesenta dinamitó el lenguaje, la temática, la duración de lo que se podía cantar; quien ha dejado a su paso uno de los cancioneros más inspirados, densos, complejos, e influyentes en la historia de la música popular.

No es gratuito que Leonard Cohen —otro de los grandes compositores y músicos de la segunda mitad del siglo XX a la fecha— haya dicho de Dylan que “es uno de esos personajes que sólo aparecen cada 300 o 400 años”. Después de todo, él se formuló todas las preguntas de su generación y de las tres siguientes, y obtuvo más respuestas que muchos de nosotros. Para varios, de su mano el rock and roll se hizo definitivamente adulto. No hay duda.

 

En el principio, estaba Dylan…

El periodo de creatividad más febril de Bob Dylan, y quizás el de cualquier artista de rock and roll, culminó con este Blonde on Blonde, el primer álbum doble en la historia del rock, y también el primero en incluir un tema que ocupaba una cara entera, “Sad eyed lady of the lowlands”.

De hecho, Blonde on Blonde fue la culminación de un tiempo salvaje y frenético para Dylan: en un periodo relativamente breve, del 22 marzo de 1965 al 16 mayo de 1966, Dylan publicó una triada espectacular, que causó una catarsis colectiva que modificó el curso de la música popular: en ese lapso aparecieron Bringing It All Back Home, Highway 61 Revisited y Blonde on Blonde —tres de los álbumes más importantes e influyentes de todos los tiempos.

Pongámoslo así: los tres discos mostraban al mundo la transformación de Dylan: ese cantante acústico de folk de protesta de The Times They Are A-Changin’, de pronto se había convertido, a través de Bringing…, Highway… y Blonde…, en un poeta eléctrico de pelo alborotado y agitado por las anfetas.

Eso sí: la vivencia de este ascenso tan fulgurante no fue fácil. Cinco meses antes de que comenzara la grabación, Dylan había dado el paso más importante en su carrera, y tal vez en toda la música rock, cuando el domingo 25 de julio de 1965, en el importante Festival de Folk de Newport, enchufó su guitarra, provocando que los puristas más radicales del folk lo abuchearan por semejante herejía.

Lo cierto es que Blonde on Blonde supuso para Dylan un punto de inflexión, al cual había llegado tras admirar las posibilidades de la música rock (y pop) en el folk con la versión realizada por los Byrds de su “Mr. Tambourine Man” y por la asombrosa adaptación que The Animals habían hecho del tema “House of the rising sun”.

Para la crítica y el público, en cambio, Blonde on Blonde supuso algo más: nadie podía imaginar que tras publicar seis álbumes en tres años (su debut fue en 1962 con Bob Dylan), el cantautor aún tuviera la capacidad de lanzar 14 temas nuevos que no sólo repetían, sino que superaban la calidad de sus anteriores discos.

En Blonde on Blonde, él realizaba —por decirlo de alguna manera— un ejercicio de síntesis que combinaba estilos y tendencias tan distintas. Ahí estaba el rock, había algo de blues, había temas coloreados con dosis de jazz, y sus particulares visiones del folk y el country. Las letras, por supuesto, estaban a la altura de toda su obra: hay solemnidad y humor irónico. Hay amor cortés, divino, profano. Hay dolor, alegría, sorpresa, confusión. Hay misticismo y surrealismo, con metáforas descabelladas o decapitadas, alusiones enigmáticas, citas encubiertas. Pero sobre todo está el inconfundible punto de vista de este observador de todo y todos que es Dylan.

Lo cierto es que ahora resulta difícil imaginar cómo fueron aquellas sesiones que culminaron con este gran disco. Hoy se sabe que la mayor parte de Blonde on Blonde se hizo en seis noches de febrero y marzo de 1966, en relajadas jornadas de 12 horas en un estudio de Nashville.

Con la orden de experimentar, con la libertad de tocar cuando y como a ellos les apeteciera, amigos de Dylan y mercenarios de la capital del country se ocuparon de hacer posibles las bases que sirvieron de catalizador a un cantante en inspirado delirio. (En el ojo del huracán, los instintos creativos de Dylan se agudizaban.)

No era nuevo para Dylan: Highway 61 Revisited había sido grabado en sólo seis días en unas sesiones en las que a veces los músicos no tenían tiempo ni de aprenderse los temas. Así que Dylan encaró la grabación de Blonde on Blonde con las mismas premisas. Pero las primeras sesiones en Nueva York y Los Ángeles (en 1965) con su nuevo grupo de gira, The Hawks (que después se convertiría en The Band, y que contaba con Robbie Robertson a la guitarra), resultaron insípidas y poco gratificantes.

La insistencia del productor Bob Johnston —fundamental para que el folk y el rock lograran una armonía sin precedentes— hizo que Dylan desembarcara en Nashville. Ahí llegó a principios de 1966, e inmediatamente puso manos a la obra. Hoy se sabe que las sesiones bordearon el caos, pero sólo así brotaron letanías amorosas, visiones fantasmales, recuerdos oníricos.

El propio Dylan lo reconocería unos años después en una entrevista con Playboy: “Lo más cerca que he estado nunca del sonido que oigo en mi cerebro fue en algunos cortes concretos del álbum Blonde on Blonde. Ese sonido fino y salvaje de mercurio. Oro metálico y brillante, todo lo que eso implica. Ése es mi sonido particular. No siempre he sido capaz de conseguirlo.”

No hay duda: 50 años después, ese sonido delgado y salvaje del mercurio sigue impoluto. Sigue brillando, con fuerza, como la primera vez.


Nota bene: Unos meses después de aquella excelsa trilogía —Bringing It All Back Home, Highway 61 Revisited y Blonde on Blonde, Dylan se estrellaba con su moto y esos modos torrenciales pasaron al olvido. Desde luego, él ha seguido creando y entregando discos, casi una treintena entre verdaderamente buenos, hasta dedicados a la Navidad y cosas por el estilo. De hecho, su nuevo álbum, Fallen Angels, está previsto que salga este 20 de mayo de 2016. Por lo pronto, se ha embarcado en una nueva gira, esta vez en compañía de la bella y talentosa y admirada y legendaria Mavis Staples.


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