La película que más controversia ha generado desde su estreno y posterior premiación en la Muestra de Venezia ha sido sin duda El Guasón (Joker, 2019) del cineasta estadounidense Todd Phillips y estelarizada por Joaquin Phoenix.

Aclamada por algunos como una “obra maestra” mientras que otros la han tildado incluso de “peligrosa y tóxica”, ciertamente la película no se ubica en ninguno de los dos polos, en todo caso es una película que esta por arriba de la media en cuanto a adaptaciones de cómics o novelas gráficas, tendencia que ha dominado la industria durante los últimos diez años.

Todd Phillips recrea la década de los 70 con minucioso detalle para presentar a Arthur Fletcher (Joaquin Phoenix), un hombre con una extraña patología mental que cuida de su madre mientras trata de sobrevivir como payaso en la violenta Ciudad Gótica. Atormentado por una obscena risa que se presenta cuando está ansioso, Fletcher va poco a poco absorbiendo el profundo odio y enojo de una ciudad que lo rechaza y de instituciones que lo consideran indeseable, desechable, esto lo lleva a convertirse en el héroe de una sociedad harta del crimen y el abuso de los poderosos.

El descenso de Fletcher a los lugares más oscuros de su mente resulta efectivo por el gran desempeño actoral de Joaquin Phoenix aunque el Guasón, por sí mismo, es una figura que concentra el miedo, no tanto a los payasos, sino a una enfermedad mental en la que la felicidad se distorsiona hasta convertir la risa en un síntoma. Como El Caballero Oscuro (The Dark Knight, 2008) o El Caballero Oscuro Asciende (The Dark Knight Rises, 2012), la película de Phillips toma una postura clara respecto a la aparente ambigüedad de sus personajes.

En términos cinematográficos, Joker no representa novedad o riesgo alguno, al contrario, se adhiere con disciplina particularmente a dos películas de Martin Scorsese: Taxi Driver (1976) y El Rey de la Comedia (1983). Teniendo la anarquía y el caos como ejes temáticos, Joker no podría ser más controlada y regulada –incluso en la actuación de Phoenix–.

La fascinación por el personaje viene dictada por su disfunción, su dolor, algo que fácilmente nos podría vincular a él. Arthur deja de ser un personaje repulsivo hasta que se pone el disfraz, eso es lo que le permite convertirse, dentro de la película, en un símbolo, aún si él no desea ser tomado como uno. Las sonrisas que este Guasón provocan serán de incomodidad y miedo, pero no de hilaridad.

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