¿Cómo es el trabajo de alguien que gestiona miles de millones de euros? Accedimos a una de las gestoras de fondos más importantes del mundo en Londres, Fidelity, y nos convertimos en la sombra de estos profesionales durante dos días.

Por Lucía Martín

Justo al lado de la catedral de Saint Paul, en la City londinense, hay un tranquilo jardín, algo así como un oasis de paz en medio de una vorágine de números, operaciones de Bolsa y frenesí inversor. Allí recalan algunas veces los gestores de fondos de inversión que trabajan en Fidelity, una de las firmas de gestión de fondos más conocidas a nivel internacional.

Cinco minutos de relax rodeados de verde para una pausa para el café porque aquí nadie tiene una hora (o más) para comer, sino que el lunch suele desarrollarse delante de la pantalla del ordenador o, con suerte, en una breve pausa entre un par de reuniones.

No hay lujos en este edificio de la exquisita Cannon Street. Dos leones de bronce dan la bienvenida al personal: gestores,  analistas, traders, directores de inversiones, personal administrativo… Más de 6,500 empleados en todo el mundo, casi 400 gestores y analistas que cubren el 95% de la capitalización bursátil mundial.

Si esperaba perfiles agresivos y ambientes como el que se recrea en la película El lobo de Wall Street, olvídese. En las cinco plantas que ocupa Fidelity evidentemente hay picos de actividad, nervios, sudores fríos y ritmos vertiginosos si el mercado así lo impone (sobre todo cuando en las pantallas impera el color rojo), pero nada comparable con el estilo de vida y de trabajo de la película de Martin Scorsese.

Estos adictos a los mercados suelen llegar a la oficina entre siete y media y ocho de la mañana, aunque muchos habrán visto, antes de llegar a su despacho, las últimas noticias financieras en su tableta, teléfono móvil o cualquier otro dispositivo. Eso si no llegan haciendo deporte, algo muy habitual en Londres y también en esta firma.

Firmino Morgado, por ejemplo, se desplaza desde su casa en bici, en la que ya está subido a las seis de la mañana. Al llegar a la oficina, se ducha y después escoge uno de los muchos trajes que cuelgan en su despacho. Firmino, portugués que lleva trabajando 12 años en la empresa, gestiona el fondo de renta variable española más grande del mundo: la friolera de 1,914 millones de euros están bajo sus manos.

«A las siete ya estoy trabajando, normalmente con reuniones y ya tengo en mi mesa informes de las compañías que tengo que ver ese día», comenta. El gestor toma las decisiones de inversión, es decir, decide qué cantidad va a tal o cual activo. Sus días se reparten entre visitar (o ser visitado por) las compañías, las reuniones con los analistas, con otros gestores, etcétera.

«Cuando voy a las escuelas de negocios a dar charlas siempre pregunto si realmente esto es lo que quieren hacer, porque sus madres sabrán cada mañana cómo lo han estado haciendo viendo los resultados del fondo en la prensa. Y si lo haces mal, lo verán todos los días. Y además está la brutalidad de los números: por un lado la rentabilidad y, por otro, las ventas del fondo, que si no da buenos números, no se vende», confiesa. «La responsabilidad de la performance por supuesto es del gestor, pero aquí en Fidelity todo es un esfuerzo del grupo», comenta Lars Salmon, senior trader.

En la empresa existen distintos puestos: gestor de fondo, analista, trader (el encargado de ejecutar las órdenes de compra y venta), director de inversiones, etcétera. El gestor, junto con el analista, es uno de los que más viaja: «Por ejemplo, el responsable de renta variable emergente se pasa más de 40 semanas al año viajando», dice Antonio Salido.

«Viajar es una parte importante importante de mi trabajo, porque aunque recibo mucha información sobre las empresas de los brokers, el viaje, pisar el terreno, es lo mejor para conocerlas de primera mano y sacar mis propias conclusiones», dice Aneta Wynimko, analista de la firma. «Vamos desde Islandia hasta Australia, aunque también contamos con grupos de analistas que nos dan información.

Los viajes no son sólo para descubrir oportunidades, sino para convencernos sobre la idoneidad de una empresa», comenta la gestora Nicky Stafford. Cuando viajan suelen mantener encuentros con los directores financieros y con los CEOs de las empresas: «Antes trabajaba en consultoría y tardábamos meses en acceder a estos cargos y aquí es increíble lo fácil que es el acceso», comenta Jon Guinness, analista de renta variable americana.

Los representantes de las compañías también acuden a su vez a la oficina de Londres. En un año, el personal de la firma llega a mantener unas 5,400 reuniones con empresas para conocerlas y decidir si incluirlas o no en las carteras de los fondos.

Que nadie piense que los viajes son en categoría business (reservado sólo para largos vuelos) y extraglamourosos. El que viaja hace de todo: puede alojarse en un buen hotel, pero también tendrá que calzarse unas botas para visitar una plataforma petrolífera, por ejemplo. «O meterse dentro de una mina en Sudáfrica para ver in situ sus procesos de extracción y que los datos numéricos concuerdan con la realidad», explica Salido.

La variedad de apellidos es otra de las características de la compañía: rusos, indios, alemanes, polacos y algún que otro inglés. Eso sí, la lengua oficial es la de Shakespeare.

Existen tres niveles de remuneración en la empresa: el fijo, el variable, que está en función de los resultados del fondo a los tres y cinco años, y las acciones de carrera. Estas van destinadas a los cargos que empiezan en el puesto de director ejecutivo: los interesados las compran con descuento pero, para evitar la especulación, sólo se pueden vender en caso de jubilación o si se van de la empresa. La compañía no es amiga de dispendios, tampoco hay cestas de Navidad: se suelen celebrar actos caritativos en los que la plantilla participa recaudando fondos.

No escucharemos la palabra especulación a lo largo de los dos días que pasamos en la sede de la compañía. Al contrario, la
má repetida es inversión a largo plazo, y eso explica que el ritmo de trabajo no sea tan alocado como el de otros intermediarios financieros. «No somos inversores a corto, sino a largo plazo», explica Aneta Wynimko.

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Negocio de la familia

La firma es un tanto atípica en este sector: a pesar de trabajar con los mercados bursátiles (gestionan más de 274,000 millones de dólares), este mastodonte no cotiza en Bolsa y sigue estando en manos de la familia Johnson (no, no tiene nada que ver con la marca de champú), que la fundó en 1969. Están presentes en 24 países. La filial europea es independiente de la americana y sus principales competidores son BlackRock, JP Morgan.

Antes de lanzar un nuevo producto al mercado, la casa lo prueba a través de lo que ellos denominan fondo piloto. Para ello utilizan dinero del balance de la empresa y analizan la demanda del mercado. Si existe interés, se lanza. La compañía cuenta con un departamento de control de riesgos que vigila el comportamiento de cada fondo.

La gestión que realizan sus gestores es activa (es decir, no replican el comportamiento de ningún índice, que es lo que viene denominándose gestión pasiva) y se basan tanto en análisis fundamental como chartista. El corazón de este último en la empresa está en lo que se conoce como chart room, sala empapelada de gráficos de todos los activos y de todas partes del planeta.

Pero, ¿un gestor nace o se hace? Se podría decir que ambas cosas. Algunos analistas de la casa pasan a ser gestores y a otros se les forma para serlo. John Stavis es el responsable de la PM Academy, la academia de los gestores, que fue creada hace diez años. Allí aprenden la filosofía de Fidelity, que apuesta por la construcción de equipos y no por la competencia entre sus miembros, algo de lo más saludable en esta industria que no destaca, en general, por el compañerismo: «Me encargo de localizar a gente en escuelas de negocios y en universidades para que vengan a la academia.

Da un poco igual qué formación tengan, de hecho una minoría viene de escuelas de negocios», aclara Stavis. Eso explica que entre los gestores pueda haber arquitectos, ingenieros o, incluso, cirujanos plásticos que operan con fondos del sector salud. «La labor del portfolio manager está relacionada con el dinero real, es un trabajo muy distinto al de analista. Una de las cosas más difíciles para la gente que llega a este puesto es aceptar que 45% de las veces se va a equivocar e incluso con ese porcentaje será un gestor exitoso. Es algo complicado para gente que viene de sectores muy competitivos », explica.

Él les ayuda, sobre todo, a que se focalicen en los parámetros que tienen bajo su control, como por ejemplo, el proceso de inversión: «Lo demás no lo controlan. Tienen que aceptar que se van a equivocar», dice. Le gustaría tener más mujeres entre los gestores: «Es una industria muy masculina, desearíamos tener una plantilla de gestores más equilibrada en cuanto a sexos.

Es complicado ser mujer, con familia, y ser gestor, pero una de las razones por las que volví a trabajar a esta empresa es porque en ella hay muchas más féminas que en otras del sector», aclara Rebeca McVittie, directora de inversiones. Ellas, en todo caso, están igual de formadas que ellos y, en el día a día, si ellos tienen los trajes colgados en su despacho, no es extraño ver una ristra de stilettos de distintos colores al lado de la mesa de una mujer.

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De sentimientos a ideas racionales

Si aceptar el error es difícil de digerir para los gestores, también hay otras tareas que resultan arduas. Algunos destacan que lo complicado es encontrar oportunidades que puedan generar rentabilidades en una cartera hoy en día, otros dicen que no es fácil ser disciplinado y no moverse de la filosofía de inversión del producto…

«Para mí, lo más difícil es convertir una emoción sobre una empresa en una idea racional. También es muy difícil mantener una posición cuando ese valor está bajando; es un momento muy duro, muy psicológico, en el que te preguntas si tendrás razón», comenta Jon Guinness. «Lo peor es pretender que tienes razón si no la tienes».

Cabe preguntarse si no hay presión por parte de las empresas para entrar a formar parte del portfaolio de un fondo. Y si la hay, ¿se manifiesta a través de regalos caros? ¿Cómo mantener la independencia? «No es que seamos estrictos en esta materia, es que somos ultraestrictos. No aceptamos regalos. Dos veces a lo largo de mi carrera me han hecho regalos: uno lo devolví y otro fue un Nintendo que llevé para lo repartieran en Navidad para causas benéficas. Tampoco podemos aceptar invitaciones para eventos deportivos. Todo lo que cueste más de 100 dólares no puedes aceptarlo, ni comidas lujosas. Es más, si lo haces pueden echarte por ello”, finaliza Guinness.

Si esperaba perfiles agresivos y ambientes como el que se recrea en la película El lobo de Wall Street, olvídese, el distrito financiero de Londres se rige por códigos muy distintos

Si esperaba perfiles agresivos y ambientes como el que se recrea en la película El lobo de Wall Street, olvídese, el distrito financiero de Londres se rige por códigos muy distintos.

 

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