“África existe, de forma sufrida, escondida y escandalizada. Pero viéndolo desde otro ángulo, África es la espina dorsal de la música escuchada en varias partes del mundo. Entender eso es a veces bastante complejo”.

Naná Vasconcelos

Verdades culturales que pesan. Occidente tiende mucho a medir todo, a empotrar los méritos de los individuos en lógicas de competencia. ¿Quién es el pintor más grande del siglo XX? ¿Qué figura política ha marcado la diferencia en la historia? ¿Cuál es el músico más importante de toda América Latina? Las artes suelen evidenciar estas imposturas de perspectiva, denotando que –pese a que sí hay elementos técnicos e históricos que nos ayudan a situar una obra o a un artista en su justo contexto– la sensibilidad y la apreciación artísticas son temas que pertenecen a la experiencia privada, a la subjetividad y al eco que las expresiones detonan en nuestras vidas.

La música popular es una expresión que sufre mucho esto: los listados, compilaciones y discos vendidos parecen ser, hoy en día, el termómetro idóneo para validar la trascendencia histórica, cultural y hasta la calidad musical de un artista. Sin embargo, el devenir sociohistórico y los tintes legendarios indican que un artista con mala suerte comercial, pésima distribución o culto mínimo suelen repercutir a un nivel mayor con el paso de los años, si éstos tienen un discurso sólido que los respalde. Ahí están los Nick Drake, Karen Dalton, Sibylle Baier o Daniel Johnston del mundo.

No todos los artistas corren con la misma suerte de los arriba mencionados, y más si miramos hacia otras latitudes que no sean Estados Unidos o el Reino Unido. ¿Cuántos cantantes africanos, camboyanos o árabes son importantes para la evolución musical y no serán rescatados por ningún sello? La labor de reedición de la música del mundo implica algo que rebasa las ventas, el simple deleite estético, pero sobre todo escapa a la perspectiva comercial de la música. Quien apuesta por rescatar la repercusión de un artista apuesta por una labor etnomusical, antropológica y de relevancia histórica. Implica el reconocimiento de la suma de las partes en una tradición musical rica, variada y sumamente compleja.

El pequeño sello musical con base en Chicago, Harmonipan (que lo mismo edita, funge como distribuidor, diseñador o productor de giras y eventos), tiene una conciencia plena en este sentido, en que el lanzamiento de un producto musical es más un diálogo cultural, una construcción de conocimiento sonoro e histórico que detona líneas discursivas que salen de los cánones establecidos.

Eslabón perdido.

Eslabón perdido.

Es en este punto en que una de sus más recientes producciones resuena como una suerte de relevancia cultural para la tradición brasileña, africana y de toda América Latina. Se trata del disco Africadeus del músico brasileño Naná Vasconcelos, percusionista que se adelantó a su tiempo en 1973, con un trabajo que funde la repercusión de la música negra africana, con el free jazz y el concepto, un trabajo que ante la falta de interés y difusión discográfica ha vivido en el culto y la oscuridad comercial.

Africadeus es una suerte de eslabón perdido entre la vanguardia, la música de ruptura y lo regional a través del uso del berimbau, instrumento de origen africano que se ubica con frecuencia en la práctica del capoeira. Un disco que originalmente se editó en 1972, cuando –pese a la aparente apertura de ideas preponderante y el auge de expresiones como el free jazz de cepa prominentemente negra estaban en un punto sano– la segregación y exaltación de lo moderno y lo accesible seguía marcando una polarización.

Naná Vasconcelos no ha sido una figura llena de reflectores como Caetano Veloso, Gilberto Gil o cualquiera de los artífices de la Tropicalia; tampoco tiene un culto constante como el que registra Arto Lindsay o Cartola, aunque sí ha colaborado con músicos clave de talla internacional como Milton Nascimento, Paul Simon, B.B. King o Don Cherry. Se trata de un artista constante y prolífico con más de una treintena de registros discográficos en su haber. Es precisamente Africadeus no sólo su debut, sino la piedra angular para comprender su carrera y el puente que tiene América Latina con África.

Africadeus se encuentra compuesto de 3 piezas de larga duración que rondan los 40 minutos, en que la mística étnica del berimbau confluye con la imaginería de Naná, en que la investigación y el cuidado por parte del equipo de Harmonipan se decantan en un libro-cd que por el momento no se encuentra a la venta, pero que servirá como punta de lanza para una reedición de este documento sonoro. Africadeus nunca fue lanzado en Brasil y se distribuyó de forma escasa en Francia, donde se editó por vez primera bajo el sello Editions Saravah. Se trata de algo que no hay que dejar pasar inadvertido, de una reparación notable en el diálogo musical e histórico de todo un continente, y del mundo entero si se quiere ver así. Muchas veces este tipo de documentos nos llevan a comprender de forma más clara a un pueblo, algo que los libros o documentos oficiales no suelen hacer.

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