El copresidente de Chopard colecciona automóviles antiguos y corre a bordo de ellos. Hace una parada en pits en el Historic Grand Prix de Mónaco para hablar de sus autos, aquellos que aún persigue y lo que la conducción puede enseñarnos sobre el amor.

 

Por HannaH Elliot

 

Karl-Friedrich Scheufele está de pie cerca del Casino de Montecarlo junto a relucientes Ferraris amarillos mientras su amigo de toda la vida, el belga y leyenda de las carreras Jacky Ickx, da vueltas a toda velocidad por las calles de Mónaco. Karl es un hombre reservado de cabello cano y prolijamente arreglado que prefiere el ruido y el caos de los carriles de los pits a los elegantes alrededores de la suite que Chopard tiene en lo alto de las tribunas.

La privilegiada perspectiva desde las alturas le permitiría ver varias esquinas clave de la famosa pista de carreras, pero entonces se perdería de las discusiones sobre la estrategia de los pilotos, el olor a neumáticos quemados y el calor que emana de los motores. Es una sobrecarga sensorial que da felicidad a un hombre obsesionado con los automóviles antiguos.

Durante tres décadas, Scheufele ha conseguido casar su obsesión con Chopard, el negocio que sus padres compraron en 1963 y llevaron a la vanguardia de la joyería internacional y el prestigio relojero. Ahora Scheufele y su hermana, Caroline, son copresidentes de la empresa que, a todas luces, sigue funcionando como un negocio familiar.

Desde 2002 Chopard ha sido el cronometrador oficial del Historic Grand Prix de Mónaco. Cada año la compañía crea un reloj de edición limitada para conmemorar el evento y, ocasionalmente, a sus conductores. La carrera de autos antiguos inició en 1997 y se corre típicamente dos semanas antes del Gran Premio de Mónaco. Incluye alrededor de 200 autos clásicos de Fórmula 1, Fórmula 3 y otros modelos deportivos de antaño. Dependiendo de la clase, los corredores completan un máximo de 18 vueltas compitiendo por un trofeo de oro y una corona gigante de laurel.

“Esta carrera abarca gran cantidad de los valores que yo atesoro”, dice Scheufele mientras espera a que Ickx salga de su Silver Arrow 1936. Cuando Ickx sale del auto le entrega su casco a Scheufele, quien mantiene un ojo en las pantallas que muestran imágenes en directo de los autos de carreras de los años 30 y 40 –que valen millones de dólares– dirigirse hacia la línea de salida.

Karl-Friedrich, de 56 años, es un coleccionista de autos conocido y conocedor. Posee más de 30 automóviles clásicos y modernos. «Ni siquiera mi esposa sabe a ciencia cierta cuántos», dice con un guiño. Es una pasión que se apoderó de él siendo joven. Su padre, Karl, coleccionaba ávidamente Mercedes-Benz y llevaba a su hijo a subastas de autos antiguos por todo el planeta, enseñándole cosas sobre los autos más bellos del mundo. Karl-Friedrich aprendió a manejar en el Jaguar Mark II 3.8 1965 de su padre; y comenzó su colección a los 25 años cuando compró un Porsche 356 B Cabriolet 1963 que se descompuso más allá de lo que él podría darse el lujo de pagar. Un segundo Porsche, un Speedster 1954 rojo bombero, vino a sustituirlo algunos años más tarde y hoy permanece aún en la colección. También destacan, entre otros modelos que guarda en su casa en Ginebra, un mini original, un Ferrari de carreras y un tractor Porsche a diesel de los años 50.

Pero siempre está buscando hacer crecer su colección. En lo alto de su lista de must-have está un Bugatti de la preguerra. «Pero estas cosas llevan su tiempo para hacerse de forma correcta», dice. Y él no colecciona coches basándose en su apariencia, no importa cuán dolorosamente hermosos sean. «Hay algunos autos con los que sueñas, y una vez que puedes probarlos, o realmente conectas con ellos o no», explica mientras otras clases de autos antiguos se preparan para dar vueltas alrededor de Mónaco. «Dices, “no, yo esperaba que esto fuera diferente”. Hay otros autos que nunca consideras, pero luego los manejas y te das cuenta de que son simplemente grandiosos. Así que nunca juzgo a un coche hasta que lo he conducido. No es una obra de arte que cuelgas en la pared. Al final del día el auto está hecho para manejarse». Y Scheufele aprecia la velocidad. El Silver Arrow que Ickx conducía tiene un motor de 16 cilindros de 520 caballos de fuerza y alcanza una velocidad máxima de más de 330 kilómetros por hora. Nada mal para un auto que ronda los 80 años. La relajada forma en cómo enfrentó el circuito fue un espectáculo ruidoso y fascinante. «Manejar estos coches es una gran experiencia», dice Ickx, que tiene cinco victorias en F1 y seis victorias en Le Mans. «El sonido es increíble y la pista es sublime».

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Una semana más tarde, Ickx viajaba como copiloto de Scheufele en la Mille Miglia, un rally de carretera en Italia que –a excepción de una pausa entre 1957 y 1977 después de algunos accidentes fatales– se ha corrido entre Brescia y Roma desde 1927. Solamente pueden competir autos producidos antes de 1957, y Scheufele ha corrido la carrera (al igual que Chopard la ha patrocinado) desde finales de 1980.

No sin contratiempos. Hace 20 años, Scheufele sobrevivió en un Bentley 41⁄2 Litre Le Mans Tourer 1929, descapotable y mal ajustado (el «Elefante verde», lo llama) con quien entonces era su novia, Christine, luchando en medio del calor abrasador y la nieve de primavera. La única calefacción llegaba del motor; en un punto, el pedal del acelerador se rompió. Pero no terminó la relación, él y Christine se casaron unos meses más tarde. «Fue realmente una aventura», rememora Scheufele. «Una vez estábamos en un evento de clasificación, tuve un gran problema para detener el coche, no podía cambiar a una velocidad más baja. Además, la batería y los limpiaparabrisas no funcionaban, y la dirección era terrible. Era duro y difícil. Todo fue maravilloso, excepto porque siempre me quejaba».

Más recientemente, un Porsche 550 Spyder RS resultó ser más rápido, aunque menos lujoso. Siempre optimista y filosófico, Scheufele dice que esa carrera en particular le brindó la oportunidad de probar de verdad sus habilidades de conducción. «Un buen conductor es suave, alguien que no asusta a sus pasajeros», explica mientras toma té en el Hôtel Hermitage de Montecarlo. «Puedes ser ágil, puedes ser rápido, pero tienes que ser suave».

Justo en ese momento, Scheufele hace un cambio a una metáfora más grande sobre coches antiguos y relaciones sentimentales. “Es lo mismo que cuando estás enamorado”, dice, mientras una suave sonrisa se dibuja en su rostro. Sucede que te desmoronas y dices, “Oh Dios, no otra vez”, pero a pesar de los problemas que puedas tener, sigues amando el coche porque tienes que aceptar el paquete completo. No se trata de perfección; nunca será perfecto. Puede ser amor y odio. Puede ser una pasión. Pero siempre es gratificante.

 

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