Bosco Sodi, el artista cuyo reconocimiento se ha expandido por todo el mercado internacional, considera que el dinero no es el fin, sino un medio para devolver a la comunidad parte de lo que él ha recibido. Sodi nos revela cómo convertir este negocio en un proyecto de futuro que cotice a favor del arte y no del artista. 

Por: Carlos López 

Conversamos con Bosco Sodi, cuya obra ha sido expuesta en Nueva York, Milán, Tokio, Barcelona o Berlín y es uno de los artistas contemporáneos —más allá de etiquetas y nacionalidades— más cotizados en un momento en que prima una tendencia decorativa que choca frontalmente con su propuesta matérica.

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¿A qué artistas de tu generación sigues?

Me gusta mucho la obra de Carlos Amorales, de Héctor Zamora, de José Dávila, de Gustavo Lebrija, de Jorge Méndez Blake, de Damián Ortega, Benjamín Torres, Mauricio Limón…

¿Qué consejo le darías a un artista joven?

Acabo de tener una entrevista con el curador del museo Noguchi en Japón y me hizo esa pregunta. Hay que ser honesto con tu obra, contigo mismo y tu manera de pensar. Si la obra se vende, qué bueno —vivimos de esto—, pero la palabra es honestidad. Y una obligación, si te va bien como artista, es regresar. Eso es muy criticable en Gabriel Orozco y en otros: no han hecho nada por nadie. Soy consciente de que me va bien y siento que tengo una responsabilidad. Por eso hicimos Casa Wabi. Ahora tenemos otros proyectos importantes, como una residencia para artistas mexicanos en Japón y una pequeña galería de Casa Wabi para darle espacio a artistas jóvenes sin objeto comercial. No consiste en negar la importancia del dinero, sino en saber cómo utilizarlo para regresar algo a tu comunidad, que es el arte, y a tu país. Es la mejor manera de quitarte el sentimiento de culpa.

Pangea de Bosco Sodi

¿Qué relación estableces con los coleccionistas?

Muchos de ellos son ya amigos y compañeros de viaje. Tengo mucha suerte en eso porque hay un núcleo duro que son mis cuates y siempre están ahí, van a todas las exposiciones, conocen a mis hijos, vamos a cenar… Son parte de mi familia. Y luego hay también coleccionistas a los que no quieres ni conocer.

¿Cómo ha evolucionado el papel del galerista en los últimos años?

El galerista hoy está inmerso en todo el concepto de producción. Antes llegabas a una galería, colgabas tu obra y ya. Ahora el galerista es un promotor, un productor, una herramienta de trabajo…

El año que viene organizas dos exposiciones en solitario, una en el Munal y otra en el Museo de Anahucalli. ¿Cómo te enfrentas a las retrospectivas?

Tengo un archivo muy completo en el que tengo ubicada toda mi obra. Además, tengo cinco coleccionistas muy buenos que tienen obra de todas mis etapas. En ese sentido, no he sido muy bueno guardando obra mía. Cuando tengo una retrospectiva tengo que acudir a estos coleccionistas para que me presten cuadros. Eso es parte también de mi trabajo: empezar a ubicar las obras, ir a ver dónde está esta pieza, localizarla y tratar de que el dueño te la preste para la exposición. Así se puede observar la evolución en mi trabajo; si sientes que te repites no hay que forzar un cambio, debe ser orgánico. Lo principal es entender para quién haces la obra. Si al comprador le gusta y la disfruta, me da muchísimo placer, pero yo la obra la hago para mí. En el momento en que la obra sale del estudio, ya depende de quién la quiera y lo que haga con ella es su decisión.

Encuentra la entrevista completa en la edición de junio, Iconos Masculinos 3.0 de Forbes Life

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