La familia Cassegrain ha construido una de las firmas de lujo más exclusivas del mundo manteniendo sus raíces puramente parisinas. Del humo a la alta gama.

La historia de las marcas suele estar ligada al nombre de sus fundadores, salvo honrosas excepciones. Longchamp es una de ellas, ya que Jean Cassegrain no pudo utilizar su apellido para dar nombre a su empresa, debido a que otra firma lo empleaba ya. ¿Cómo llamarla? La respuesta le llegó un día, cuando se dirigía hacia los talleres donde fabricaba sus primeras piezas —fundas de cuero para pipas de fumar— y pasó por el hipódromo de Longchamp, donde en aquella época se reunía la haute société parisina.

Fundado en 1948, poco a poco Cassegrain fue incrementando su negocio y en 1955 empezó a fabricar pequeños complementos de marroquinería para hombres, como carteras y bolsos, hasta que en la década de los 60 empieza a comercializar maletas y bolsas de viaje y en los 70, su primer bolso para mujer. Poco después la marca se centro en la producción de bolsas y maletas y dejó de lado la fabricación de productos para fumadores.

Familia Cassegrain.

El logo de la marca, creado por el ilustrador Turenne Chevallereau, simboliza la trayectoria de toda la familia, que ha visto cómo un pequeño estanco de las afueras de París pasó a ser una maison reconocida en Londres, Nueva York o México. Hoy la compañía tiene unas ventas anuales de casi 500 millones de dólares, 2,500 empleados, y 236 boutiques en todo el mundo además de 1,800 puntos de venta en más de cien países.

Jean Cassegrain, consejero delegado de la firma, reconoce que ha sido la capacidad de adaptarse a los nuevos tiempos la clave del éxito de esta firma —la empresa vende cada año cinco millones de bolsos—, que sigue manteniendo su carácter familiar. «Siempre hemos sido contemporáneos», señala el nieto del fundador.

Longchamp no ha sucumbido a la fabricación low cost para ahorrar costes, por eso mantiene seis centros de producción en Francia, dos en Isla Mauricio y Túnez y otros en tres en China, Marruecos y Rumanía. A pesar de sus raíces parisinas, su allure es global.

DEL HUMO A LA ALTA GAMA

A mediados de los años 40, Jean Cassegrain era propietario de un pequeño estanco y elaboraba, en colaboración con artesanos de la zona, fundas para pipas que rápidamente se convirtieron en objeto de deseo para los connaisseurs que sabían valorar la precisión de sus pespuntes hechos a mano y la calidad del cuero con el que se confeccionaban. Estas piezas se han convertido hoy en un preciado objeto de colección.

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