En Forbes Life vivimos la experiencia de cenar en total oscuridad. Un evento creado en el restaurante Astrid y Gastón para recaudar fondos para la Fundación Turquois.

 La esquina de Tennyson y Presidente Masaryk se convirtió en la sede de una experiencia sensorial que rompe con la tradicional forma de disfrutar una exquisita cena. Una sección del restaurante de cocina peruana fue cubierto con lonas y telas negras que dejaban en total oscuridad alrededor de diez mesas. Los asistentes veíamos con curiosidad aquella sección, aún sin poder acceder a ella, mientras probábamos un coctel con el típico pisco.

Finalmente Yerika Muñoz, la chef del restaurante, nos da la bienvenida y nos presenta a la representante de la Fondation Turquois. La fundación tiene como objetivo capacitar a personas invidentes para que puedan lograr hacer una carrera en el terreno restaurantero, ya sea como meseros o como ayudantes de cocina.

Después de la bienvenida los comensales somos divididos en grupos de acuerdo a la mesa que nos corresponde. En fila atravesamos las lonas negras y entramos a este cuarto oscuro improvisado. Quien va al frente toma el hombro de su mesero para que guíe al resto del grupo al lugar correspondiente. Una vez ahí, con direcciones muy definidas te ayuda a que encuentres tu silla.

La oscuridad es profunda, tanto que ni siquiera puedes ver tu mano frente a tu ojos. La sensación al principio es divertida, pero poco a poco puede volverse algo desesperante. “Algo que puede ayudar es cerrar los ojos”, indica Yerika en voz alta “si los cierras es normal no ver nada, pues si los tienes abiertos no puedes evitar sentir el deseo de ver”, agrega.

Finalmente el mesero que atendía la mesa se presenta con nosotros, Juan Martínez. Muy amablemente nos comienza a explicar el acomodo de la mesa. Al frente un plato con un pequeño tazón en medio, a la derecha los cubiertos, a la izquierda el pan. Tomando como referencia las manecillas del reloj, a las 2 había una copa, a la 1 otra y a las 12 un vaso con agua. Ubicarlos parecía complicado, pero conforme avanza la velada notamos que resulta mucho más fácil mantener el control sin conservas todo en orden, tanto así que poco a poco ya no tienes que pensar en el reloj para encontrar la copa de vino, pues se genera una memoria sensorial mucho más aguda.

La dinámica de la cena consistía en poner al frente un platillo y saborearlo sin saber qué era. Sin tener una predisposición visual, ni conocimiento previo, el sentido del gusto se agudiza. Las texturas comienzan a traer recuerdos a la mente, los sabores se captan con más calma para identificar de lo general a lo particular. El olfato también aumenta y el vino, por lo tanto, se puede apreciar mejor. Las copas que se encontraban en la mesa una era tinta, otra blanca, y la única forma de saber cuál era cuál era a través de estos dos sentidos. Tomarse el tiempo para analizarlas sin verlas hacía que te concientizaras más de las notas escondidas en dichos caldos.

El menú (que tuvo un costo de $1500 pesos) consistió en tres tiempos, comenzando con un cebiche de atún con granos de granada, chía y plátano deshidratado. Más adelante llegaron unos ravioles rellenos de queso de cabra, un crocante de queso y un pan parmesano con albahaca, nuestro favorito de la noche. El cierre corrió a cargo de un helado de mamey sobre un mousse de chocolate, ambos con trozos de granada y chía. Para acabar un licor de hierbas de café llegó a la mesa y poco a poco las luces comenzaron a iluminar el salón.

Después de que todos revisaron los estragos que comer a oscuras había ocasionado en su ropa los meseros fueron presentados uno a uno. Todos ellos invidentes habían cursado la capacitación SERVIRBIEN de la fundación y hoy en día ya gozan de un trabajo estable en esta área. Juan, quien nos atendió durante la velada, se quedó platicando con nosotros más tiempo y nos contó que su meta era llegar a ser el chef del restaurante. Actualmente trabaja como ayudante de cocina en un restaurante en la Condesa, pero nos asegura que seguirá con las capacitaciones para poder subir y encargarse por completo de la cocina.

Una fuerza de voluntad inspiradora hizo que el restaurante se envolviera de empatía al ver el efecto positivo derivado del esfuerzo de esta fundación. Esperemos que este tipo de eventos sigan llevándose a cabo.

 

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