Li Edelkoort ha convulsionado la industria con un anti manifiesto en el que vaticina su total aniquilación por parte del marketing. No es la única, diseñadores y periodistas se han unido a la oración fúnebre por la moda tal y como la conocemos.

Por María López

Apocalispis. Es un término un tanto sensacionalista, pero es lo que la experta en tendencias Lidewij —ella prefiere que la llamen Li— Edelkoort vaticina para la industria de la moda, tal y como la conocemos hoy: «La moda está  literalmente muerta». Si el año pasado, en una entrevista en exclusiva, esta experta en tendencias nos decía: «A veces hay que mirar al pasado para reinventar el futuro»; este año, ha pronosticado la aniquilación de la industria.  Lo hizo en Ciudad del Cabo, en la conferencia anual Design Indaba, donde hizo público su manifiesto anti-fashion para la próxima década: «Se ha convertido en una parodia ridícula y patética de lo que era antaño. Está gobernada
por la ambición y el miedo a la innovación, lo que ha provocado el colapso del sistema».

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En este sentido, su voz, una de las más respetadas de la industria, viene a unirse a las de otras insignes agoreras que,  como Casandras del siglo xxi, predicen el fin de la creatividad en favor del negocio. Un ejemplo evidente lo encontramos en la periodista Dana Thomas, quien también ha convulsionado el fashion system con su libro Dioses y reyes: el ascenso y caída de Alexander McQueen y John Galliano, reeditado recientemente por Penguin Random House. «Para mí, ellos son la metáfora perfecta de cómo el mundo de la moda ha mutado de una locura romántica y creativa a un mundo de poderosas multinacionales globales. Después de la caída de McQueen y Galliano
todo cambió y los creadores de alta costura se volvieron más temerosos, más cautos, más pragmáticos: renunciaron a cambiar el mundo y aprendieron a no llevarse el trabajo a casa», asegura. Su conclusión es tan pesimista como la de Edelkoort, si no más: «El consumo ha ganado la partida a la imaginación.

Ya no hay sitio para la poesía ni para el teatro. Tampoco para la angustia. Sólo para el negocio». Sus palabras suenan como un eco del dictamen de la consultora de tendencias más respetada del planeta: «Hoy, el marketing lo ha matado todo. La moda está gobernada por la avaricia y no existe visión ni innovación. Muchas casas son actualmente sociedades de acciones y por eso tienen que mostrar permanentemente buenos números».

Una tercera voz se viene a sumar a este diagnóstico pesimista, la de Cathy Horyn, hasta el año pasado crítica de moda de The New York Times. «Todo está súper saturado. Los diseñadores tienen una presión desmedida y nadie quiere ser tachado de aburrido». Esa presión se ha traducido en una frenética sucesión de nombramientos en los últimos tiempos, pautada por caídas como la de Christophe Decarnin de Balmain, quien tuvo que recibir tratamiento psiquiátrico por depresión tras sus divergencias con el presidente ejecutivo de la maison, Alain Hivelin quien le sustituyó por Olivier Rousteing, de apenas 25 años; o Nicolas Ghesquière, a quien Kering destituyó de Balenciaga para sustituirle por otro veinteañero, Alexander Wang, quien apenas ha durado tres años en el puesto.

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Eso sí, antes le denunció por sus jugosas declaraciones a la revista System, donde el diseñador se quejaba de que nadie dentro de este conglomerado de lujo entendía lo que es la moda: «Hay personas con las que he trabajado que nunca han entendido cómo funciona. No dejan de repetir que aman la moda, pero nunca han llegado a asimilar que esto no es un yogur o un mueble (es decir, productos en el sentido más puro del término). Simplemente no conocen el proceso en absoluto, así que ahora lo están transformando en algo mucho más reproducible y plano». Estas declaraciones de 2013, se anticipaban en dos años a la denuncia de Edelkoort: «Las expectativas económicas hacen que los diseñadores no hagan ya dos colecciones, sino diez o veinte , lo que los lastra y nos les permite dar rienda suelta a su creatividad».

Para la analista de tendencias, la Moda con M mayúscula ha dejado de existir. «Pero puede que esto no sea un problema. Tal vez ahora es un buen momento para replantearse la situación. Tal vez de estas cenizas surja un nuevo sistema. En la actualidad, cuando la gente ve una mesa bonita o un plato hermoso dice: “¡Qué fashion!”, de modo que lo fashion se ha convertido en sinónimo de cool y no de diseñar ropa». Para ella, este es el siguiente paso de la industria: «Tal vez no haya que hablar a partir de ahora de moda, sino de ropa. La moda como tal ya no va a existir nunca más, es el fin de ese sistema y tendremos que inventar un nuevo escenario. Por el momento, creo que tenemos que celebrar la ropa. Como resultado de eso, creo que va a haber un regreso de la couture, y puede que eso suponga una especie de ayuda, ya que mucha gente también lo piensa».

Hace escasos meses, Olivier Theyskens, otro diseñador que, a pesar de su juventud, ha pasado ya por dos casas legendarias, Rochas y Nina Ricci, y una tercera firma, Theory, que abandonó el año pasado, se quejaba en una entrevista de que la industria está saturada: «Hay demasiadas nuevas firmas». El resultado es un mercado cambiante, obsesionado con los resultados inmediatos.

Luis Arias, reconocido consultor de moda que dirigió Sybilla de 1993 a 2005, considera que existe una paradoja en la situación actual de la moda. Por un lado, asegura, «las informaciones económicas indican que la industria está resistiendo la crisis razonablemente bien. Se refieren a la bonanza que atraviesa el lujo y las marcas low cost y deportivas que, en general, han mejorado notablemente sus resultados. Sin duda, los criterios globalizadores del neocapitalismo están en el origen de este éxito. La deslocalización de la producción y la modulación de las fronteras comerciales han sido claves para esta frontera de prosperidad. Lamentablemente, en algunos casos, hay que recordar las injusticias laborales cometidas por las empresas o su insensibilidad medioambiental». Punto en el que coincide plenamente con Edelkoort: «La producción de prendas se lleva a cabo en países donde la gente muere de hambre», acusa. Andrew Tucker, profesor del London College  of Fashion, en cambio, quiere que sus estudiantes sean conscientes de lo fascinante que la moda puede llegar a ser. «Ese sentimiento  debería estar latente tanto en los desfiles como en las fábricas de Bangladesh. Si te interesa la moda, te interesa absolutamente todo: el  pasado, el presente y el futuro».

De nuevo, la analista de tendencias se muestra vidente. A su juicio, las escuelas no forman a diseñadores responsables, sino que cada vez se alejan más del contexto social para formar «pequeños Karls» que no se preocupan por la verdadera esencia de la moda, sino sólo por «vender bolsos y zapatos». Aunque sus dardos más acerados van dirigidos a la mise-en-scène de la industria, los desfiles, que a su juicio se han convertido en una dolorosa caricatura de lo que eran antes. «Lo sé porque he visto desfiles de Thierry Mugler que duraban tres cuartos de hora en los que había 75 modelos, mientras gritábamos emocionados y todo el mundo se volvía loco. Hoy duran 12 minutos. Tienes que manejar 45 minutos para llegar, esperar otros 25 y nadie los ve. Nadie. Los editores en primera fila están más pendientes de sus teléfonos que de lo que pasa en la pasarela. Ya no tienen ningún tipo de repercusión».

Lo cierto es que la crisis es algo consustancial a la moda desde los años 60 con el declive de la alta costura, el intrusismo de las celebridades como diseñadoras invitadas, la irrupción de los blogueros como prescriptores de tendencias o el gotterdammerung de las supermodelos. Pero como el Ave Fénix, la moda siempre renace de sus cenizas. Pese a quien pese. Aunque lo pronostique Li.

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Conciencia textil

La analista de tendencias augura el fin de otro de los pilares de la moda: los textiles, producidos en países del
Tercer Mundo en condiciones infrahumanas. «Ahora que se ofrecen telas más baratas que un sándwich, sabemos que algo está profunda y devastadoramente equivocado». La guerra de precios ha aniquilado a los artesanos que velaban por la manufactura de tejidos exquisitos que en la actualidad no pueden competir contra el low cost.

El fin de la independencia

Edelkoort denuncia que las revistas se han convertido en catálogos —«anuncios por editoriales»— de sus anunciantes y no dejan paso a creadores emergentes: «Las nuevas marcas nunca tienen cabida en las revistas porque no se anuncian en ellas», asegura. Acusa directamente a la perversión del marketing como asesino de la originalidad. «Concebido inicialmente como una ciencia, que mezclaba en sus prediciones a los nuevos talentos con
resultados de mercado para construir estrategias, se ha convertido en una red de terribles guardianes de las marcas, esclavos de las instituciones financieras, que han perdido su autonomía». Por eso, denuncia, siempre se ven «las mismas prendas en todas las editoriales de moda de las revistas, que están dirigidas con mano de hierro por los anunciantes».

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Publicada originalmente el 13 de noviembre de 2015

 

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