Las palabras escritas por Valeria Luiselli son potentes y alcanzan todas las latitudes. Sus ensayos y novelas han sido traducidos a múltiples idiomas y aclamados internacionalmente. Es la primera mujer en ganar el premio británico Rathbones Folio por su más reciente libro Lost Children Archive y es mexicana con todas las letras.

Debido al coronavirus, la escritora de 36 años recibió el galardón en una ceremonia que tuvo lugar en redes sociales. Desde su hogar en Nueva York, expresó su agradecimiento a través de un video en YouTube y lo conmovedor que fue para ella saber que, aun en tiempos extraños y preocupantes, “creemos en los libros como vehículos de algo mucho más grande que nosotros. Algo que sobrevivirá”.

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Desde aquel acontecimiento, Valeria encontró en el confinamiento los minutos para leer con profundidad y reconectarse con la escritura que había extraviado entre viajes frecuentes y compromisos absorbentes. “Vivía como si estuviese montada en un tren bala todo el tiempo, a una velocidad extraordinaria. De pronto fue como si se desconectaran los cables y tuviese que parar en seco; luego, simplemente debía andar a pie, mucho más lento”.

Esa analogía llega cargada de emociones. La desaceleración, confiesa en exclusiva, le ha conferido la capacidad de poner más atención a los instantes que componen las 24 horas del día, además de apoyar a su hija y sobrina con el homeschooling, aprender a cocinar y hacer todo con más gusto.

“Como seres humanos somos capaces de adaptarnos a nuevas condiciones”. Lo siguiente, reflexiona, es pensar más allá del núcleo familiar y ver cómo podemos ser útiles a la comunidad. Así, mantiene un fuerte lazo con la comunidad hispana y de migrantes en Estados Unidos. Lost Children Archive (2019) o Desierto Sonoro, en su versión en español publicado por Sexto Piso, y Tell Me How it Ends: An Essay in Forty Questions (2017), dan testimonio de esa cercanía.

Para Valeria ha sido indignante y triste saber que el mayor número de muertes por coronavirus en la Gran Mazana se registró en la comunidad hispana que labora en sectores económicos vitales. “Esta crisis también ha evidenciado injusticias. Cómo es que las personas que se desempeñan en ramos esenciales son las menos favorecidas. Cómo es que los trabajadores del campo viven en las condiciones más precarias. Hay mucho que repensar y muchas alianzas comunitarias que deben hacerse”, expresa.

Desde su trinchera, Valeria planea desarrollar talleres de alfabetización y escritura creativa en centros de detención de menores inmigrantes y así consolidar el proyecto que comenzó hace algunos años, cuando obtuvo la beca del Fondo para la Justicia en las Artes. “Parte de esa beca implicaba apoyar a una organización que trabajase en la difusión de la literatura en espacios de encarcelamiento. Investigué y me di cuenta de que no había programas enfocados a la infancia en esa situación. Con la asesoría de un despacho de abogados armé el proyecto al que se fueron uniendo jóvenes voluntarios”.

Valeria sabe que, si otros escritores realizaran una labor como esta, se generaría un movimiento de gran impacto. “Porque las herramientas que proporcionemos a los niños les servirán en un futuro para poder escribir su propia historia y revelar las injusticias que sufrieron a su corta edad. Alfabetizar y enseñar literatura es cómo sembrar una semilla”.

INSPIRACIÓN COMPARTIDA

¿Cuál es la lección personal más importante que aprendiste de la pandemia?

Creo que la experiencia que más agradezco de esto, porque hay muchas cosas difíciles, es aprender a habitar el tiempo de una nueva manera. Que era necesario desacelerar la vida cotidiana.

¿Cuál es tu mayor inspiración para hacer frente a las adversidades?

Otras mujeres que han mostrado fuerza de espíritu e inteligencia. Mujeres de mi familia, activistas, como Angela Davis, luchadora incansable de los derechos humanos que ha cuestionado el sistema carcelario, o la periodista mexicana Alma Estela Guillermoprieto.

¿Cómo podemos inspirarnos de cara a una nueva realidad?

Debemos ir a lo hondo y encontrar la causa de nuestros miedos, de nuestros enojos, y transformarlos en algo positivo en busca de establecer lazos más comunitarios y generosos.

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