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South Pole: The British Antarctic Expedition 1910-1913 (Assouline) nos cuenta la dramática historia de la tripulación del Terra Nova en su excursión al continente blanco.

 

Por Analía Ferreyra

 

«No creo que podamos esperar ya cosas mejores […], el fin no debe estar lejos. Parece una pena, pero no creo poder escribir más», apunta Robert F. Scott en su diario, el 29 de marzo de 1912. Casi dos años antes, el capitán Scott y su tripulación —65 hombres, trineos motorizados, ponis de Manchuria y perros— zarparon rumbo al Polo Sur a bordo del Terra Nova en un intento por ser los primeros en alcanzar esos inhóspitos territorios para recolectar muestras y datos que ayudaran a reconstruir la historia biológica, geológica, geofísica y meteorológica de la Antártida. Si bien la expedición del Terra Nova era de corte científico al momento de salir de Londres, cuando alcanzaron las costas de Melbourne supieron que el viaje se había convertido en una competencia: la expedición del noruego Roald Amundsen no sólo se dirigía al Polo Norte, sino también al Sur.

La travesía de Australia a la Antártida fue muy difícil. Vientos de hasta 88 kilómetros por hora golpeaban un Terra Nova sobrecargado, que tuvo que echar por la borda toneladas de carbón y galones de combustible para sobrevivir a los embates de la tormenta. Un par de ponis murieron mientras los ingenieros intentaban reparar las bombas para evitar que el barco se hundiera.

Demorados por la cantidad de hielo, mucho más al norte de lo esperado, el viaje les tomó tres semanas más de lo planeado. Una vez que la embarcación logró salir de los bancos de hielo, una fuerte tormenta de nieve les dio la bienvenida como advertencia de lo que estaba por venir.

El 4 de enero, los hombres desembarcaron e instalaron su campamento en cabo Evans. Los infortunios continuaron con la pérdida de algunos trineos motorizados que cayeron al agua, la mala reacción de los ponis a la temperatura y las inesperadas dificultades para manejar los perros. Sin embargo, nada hacía desistir a los valientes expedicionarios, que construyeron un refugio e instalaron varias estaciones con provisiones en las cercanías.

Cuando tenían un momento para relajarse, charlaban, daban conferencias y disfrutaban de los pequeños placeres, como una lata caliente de frijoles Heinz o la lectura de artículos de su propia autoría en el periódico que editaban, el South Polar Times, un sobreviviente de la anterior expedición del capitán Scott.

El primer viaje en trineo, con Cherry-Garrard, Bowers y Wilson, partió el 27 de junio con dirección a cabo Crozier. El objetivo: observar a los pingüinos emperador y recolectar muestras de sus huevos para analizarlos posteriormente. Esta travesía les dio una idea de cómo podría ser el recorrido hacia el Polo Sur: el violento clima arrancó su tienda del piso en una ventisca y estuvieron, una vez más, cara a cara con la muerte. A su regreso al campamento principal fue necesario cortar la ropa de sus cuerpos debido a lo congelada que se encontraba; no obstante, ni eso los haría desistir de su misión.

El 24 de octubre de 1911, Scott lideró la expedición mayor en su intento por ser los primeros en alcanzar el Polo Sur. El 3 de enero de 1912 eligió a quienes habrían de acompañarlo en la recta final: Wilson, Oates, Evans y Bowers. Este trayecto tampoco fue fácil; sin embargo la esperanza de lograr su hazaña los ayudaba a superar cualquier obstáculo. Trece días después de iniciada la travesía, Bowers —conocido entre la tripulación por su excepcional vista— puso su mirada en el horizonte y, con temor, divisó algo negro en la distancia: se había cumplido su peor pesadilla. «Los noruegos se nos anticiparon y son los primeros en el Polo. Es una terrible decepción y lo siento mucho por mis leales compañeros », escribe Scott. «Muchos pensamientos vienen a la cabeza y hemos discutido largamente. Mañana debemos marchar hacia el Polo y apresurarnos a casa. Todas las fantasías deben irse; será un regreso complicado».

A pesar de la decepción y las consecuencias físicas del frío extremo, los comprometidos expedicionarios cumplieron con su misión: fotografiaron y recolectaron especímenes geológicos en el corazón del Polo. Las extremas temperaturas bajo cero, alcanzando los -47º por las noches, comenzaron a afectarlos duramente. Evans, el más fuerte de los expedicionarios, sufría por el frío. Perdió la vida una noche de febrero, tras un accidente en el que se golpeó la cabeza.

Oates peleaba encarnizadamente contra el congelamiento desde hacía semanas y los feroces vientos que encontraban en su camino hacían la batalla aún más ardua. Poco a poco se volvió evidente que Oates estaba retrasando a sus compañeros, pero ellos insistían en que siguiera luchando, en que juntos podrían lograrlo. El 15 de marzo, Oates, consciente del impacto que su lentitud estaba teniendo en el grupo, les dijo a sus compañeros: «Voy afuera, puede que tarde un rato», y se internó en una ventisca para no volver a ser visto jamás. Scott registró el sacrificio de su amigo en su diario: «Los últimos pensamientos de Oates fueron sobre su madre, pero justo antes pensó orgulloso en que su regimiento estaría satisfecho con la audaz forma en la que murió. Nosotros somos testigos de su valentía».

El 21 de marzo, los tres sobrevivientes instalaron su último campamento a 17 kilómetros de la siguiente estación de provisiones, y quedaron confinados en su tienda debido a las duras condiciones ambientales. Tenían alimento para un par de días, combustible para una comida caliente; pero de no ceder la tormenta, perecerían. «Estamos débiles, es difícil escribir, pero no me arrepiento de este viaje», comenta Scott en su “Mensaje al público”, en el que explica las razones por las que cree fracasó la expedición. «Tomamos riesgos; las cosas salieron en contra nuestra […]. Si hubiéramos vivido, habría tenido una historia que contar sobre la audacia, la resistencia y el valor de mis compañeros que habría conmovido el corazón de cualquier inglés», concluye Scott.

Los cuerpos de Bowers, Wilson y Scott fueron encontrados el 12 de noviembre de 1912, junto con sus objetos personales y sus cartas de despedida. Sus restos siguen descansado en las heladas tierras que los vieron morir. Los especímenes geológicos recolectados por la expedición han sido fundamentales para establecer la historia de la Antártida, y el valor de la tripulación del Terra Nova sigue siendo un ejemplo para todos los aventureros del planeta.

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