Uno de los eventos que acaparó la atención de las multitudes de asistentes a Cannes este año fue la proyección en 70 mm del clásico de ciencia ficción 2001: Odisea del Espacio, que este año celebra su 50 aniversario y que fue presentado en la Sala Debussy por el cineasta británico Christopher Nolan, el responsable de la trilogía de Batman y recientemente Dunquerque (2017), quién recalcó algo que es de sobra conocido: la importancia e inabarcable influencia del mítico largometraje de Stanley Kubrick.

La abarrotada función trató de replicar con lujo de detalle la premiere de la película hace 50 años, entregando copias del programa original e incluso simulando la presencia de una orquesta en vivo dentro de la sala para hacer la experiencia aún más absorbente e irreal. Una oportunidad única para los fanáticos acérrimos y los fetichistas más devotos del celuloide.

Y la competencia sigue…
El lenguaje del octogenario cineasta franco suizo Jean Luc Godard está más allá de cualquier convención narrativa o visual, estructurando su pensamiento en formas que desafían los límites de la percepción de la audiencia. Le livre d’ image está estructurado en cinco capítulos, como los dedos de una mano (la primera imagen a cuadro es el dedo de la pintura Juan el bautista de Da Vinci) en los que Godard reflexiona, en base a un amplísimo mosaico de referencias cinematográficas, pictóricas, musicales y literarias que exploran temas como la violencia implícita en la representación, las deficiencias de la palabra y del lenguaje, el belicismo y la paz, la figura del tren en la historia del cine y finalmente, con mayor amplitud, la condición árabe en el mundo. Godard en esta ocasión experimenta con el uso del sonido y los canales de audio de la forma con la que había experimentado con el fenómeno óptico del 3D en Adieu au language (2014).

Por otro lado, la cineasta italiana Alice Rohrwacher, aborda con gentileza y finura la santidad, contenida en su etéreo nuevo trabajo Lazzaro Felice, en el que el joven Lazzaro, ingenuo, dulce y abrumadoramente transparente, trabaja en una acogedora y bellamente fotografiada plantación de tabaco con su familia, explotados sin saberlo por una flemática condesa (Nicoletta Braschi, la princhepessa de La vida es bella) y su hijo, con el que Lazzaro desarrolla un fuerte vínculo que lo llevará a grados de mística beatitud. Sin duda la mejor película de la competencia hasta ahora, Alice Rohrwacher crea en Lazzaro Felice un paisaje en el que conviven los grandes maestros italianos como De Sica, Pasolini, el Fellini neorrealista de forma magistral, aún si desafortunadamente el cierre de la película es el punto más débil de la misma. Rohrwacher da un paso abismal sobre sus ya valiosos trabajos previos (Corpo Celeste, Le meraviglie) con una obra poderosa que fácilmente podría llevarse el premio máximo del certamen.

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