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El Aga Khan IV es uno de los hombres más ricos y uno de los filántropos más activos del mundo. ¿Su secreto? Haber descubierto que la generosi­dad no está reñida con las ganancias.

 

Por Álvaro Retana

 

Perfil bajo. A los millonarios —a los de verdad, como Bill Gates, Carlos Slim o Amancio Ortega— no les gusta exhibirse en los medios. Prefieren preservar con uñas y dientes su privacidad para que siga siendo exacta­mente eso: privada, exclusiva, íntima. No son celebrities; son hombres influyentes a quienes la fama no les atrae: les interesa el poder. A veces, sin embargo, sucumben al ego. Y cuando eso ocurre el ego les suele salir muy caro. Un ejemplo extremo es el príncipe Karim al-Hus­saynī Aga Khan, de 77 años, uno de los hombres más ricos del mundo y el actual Imán de los musulmanes chiítias ismaelíes nizaríes. ¿Qué significa eso? Que 15 millones de personas en 25 paí­ses, especialmente en India, Pakis­tán, Siria y Yemen, creen que él es descendiente directo de Alí, yerno y primo de Mahoma, casado con su hija Fátima, y por tanto su repre­sentante en la Tierra. «Mis deberes son más amplios que los del Papa», explicó una vez. «El Papa sólo se preocupa por el bienestar espiritual de su rebaño, yo me preocupo tam­bién por el físico».

 

Un líder espiritual

El título de Aga Khan fue otorgado por primera vez en la década de 1830 por el emperador de Persia a su tata­rabuelo, cuando este se casó con la hija del emperador, e implica no sólo una obligación religiosa como res­ponsable de la interpretación de la fe, sino, tal y como explicó él mismo en 2006, «también hacer todo dentro de mis posibilidades para mejorar la calidad y seguri­dad de la comunidad en su vida diaria. Este compro­miso no se limita a la comunidad ismaelita, sino que se extiende a la gente con quienes los ismaelitas compar­ten sus vidas local e internacionalmente».

Karim ha ocupado esta posición desde el 11 de julio de 1957, cuando su abuelo le nombró heredero, saltán­dose a su padre, Alí Khan. Alí Khan, fue un famoso play­boy de la época, célebre por sus conquistas (como la socialité Pamela Harriman o las actrices Zsa Zsa Gabor y Gene Tierney) y por sus esposas —se casó en segundas nupcias con Rita Hayworth (de 1949-1953); y después con Bettina, musa de Hubert de Givenchy y top model de la época). Ésta fue la primera ocasión en que no fue respetado el traspaso del título de padre a hijo en los 1300 años de historia de la dinastía. Karim es, por tanto, un príncipe sin Estado y, además, un líder religioso con un enorme poder en todo el mundo, especialmente en África y Asia, donde colabora con las Naciones Unidas en programas de desarrollo a través de Aga Khan Deve­lopment Network, una enorme red privada de carácter filantrópico y empresarial, que emplea a más de 80,000 personas en 30 países. Los beneficios de esta fundación —que, no nos olvidemos, lleva su nombre porque ayudar está muy bien, siempre y cuando se sepa quién lo hace… y cuánto des­grava— le han permitido aumentar la fortuna heredada por su abuelo, al que sus seguidores pagaron como tributo durante el Jubileo de Oro de 1936, y más tarde hicieron los mismo durante los Jubileos de Dia­mante y de Platino. En contrapo­sición, su nieto celebró su Jubileo de Oro el 11 de julio de 2007 de una manera bastante más frugal: orga­nizó un torneo deportivo en Kenia, con la participación de equipos de todo el mundo. Se podría creer que un hombre así está más allá de los problemas relativos al ego. Pero no: el ego le ha costado 60 millones de euros (unos 82,5 mdd). En 1986, tras un divorcio bastante traumático con su primera mujer, la Salima Aga Khan (una modelo britá­nica llamada Sarah Frances Croker-Poole), por el que desembolsó 30 millones de libras (más de 50 mdd), el Aga Khan se casó con una mujer 28 años más joven que él, la alemana Gabriele Thyssen, princesa de Lei­ningren (princesa por matrimonio, ya que antes estuvo casada con un príncipe alemán). Y es que en 2002 la Begum descubrió que su marido le era infiel —el ego, de nuevo— y solicitó el divorcio. Exigía 200 millones de euros y los abogados del Aga Khan, entre los que se encontraba el ex presidente francés Nicolás Sarkozy, ofrecieron siete. En primera instancia, el tribunal con­cedió a la Begum 12 millones pero, tras la apelación, la indemnización quedó fijada en 60 millones.

Pueden parecer cantidades desorbitadas, pero hay que considerar que su fortuna está estimada, según las últimas valoraciones, en 13,3 billones de dólares. Como hombre de negocios, el Aga Khan es socio mayoritario de la financiera italiana Fimpar, que controla el negocio hotelero Ciga e impulsó la Costa Esmeralda en Sicilia, un exclusivo refugio internacional para bon vivants millonarios. Además, posee acciones en aerolíneas, compañías farmacéuticas y de telecomunicaciones, junto a otros bienes que le reportan unos ingresos anua­les superiores a los 2,300 mdd al año.

Nacido en Ginebra, tiene pasaporte británico y la Reina Isabel II le concedió en 1957 el título de Su Alteza (His Highness), por lo que muchos de sus colaborado­res se refieren a él como “H. H”, aunque sus íntimos le llaman simplemente K. El 30 de agosto del año pasado, la boda de su segundo hijo, el príncipe Karim Aga Khan, con la modelo norteamericana Kendra Spears —el gusto por la belleza de esta dinastía es legendario–, reunió en Ginebra a muchos de esos amigos que consideran al Club Bidelberg como una reunión de aficionados. La elección de la fecha no fue casual: el mismo día se casaba el primogénito de Carolina de Mónaco, Andrea Casiraghi, con la colombiana Tatiana Santo Domingo. Pero el perfil de ambas bodas no podía ser más dife­rente… ni los invitados. Por un lado, magnates como Ron Burkle o Vivi Nevo, y personajes de la realeza como el príncipe Vicente de Liechtenstein. Por otro, estrellas como Leonardo DiCaprio o Edward Norton y supermo­delos como Naomi Campbell y Karlie Kloss.

Pocos días después de la boda el menor de los hijos de su primer matrimonio, el príncipe Hussain Aga Khan, anunció su divorcio de la princesa Khaliya, de soltera Kristin White (y también modelo). Como suele ser habitual dentro de la dinastía, el acuerdo de divor­cio –cuyos términos no se han hecho públicos– ha sido millonario. Unas semanas antes de oficializar su sepa­ración, ella adquirió un apartamento en Manhattan de más de dos mdd. La primogénita de la familia, la prin­cesa Zahara Aga Khan, también se casó y divorció con un modelo, el británico Mark Boyden.

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Pasión por los purasangres

Muchos de sus amigos íntimos —como el Rey Juan Car­los de España— conocen al Aga Khan desde los días del internado suizo de Le Rosey (donde, por cierto, tam­bién estudió el príncipe Rainiero de Mónaco, Alberto II de Bélgica o el último Sha de Irán, Mohamed Reza Palevi). Esta publicación describió al Aga Khan como uno de los diez miembros de la realeza más ricos del mundo, con un valor neto estimado de 800 mdd en 2010. Es dueño de cientos de caballos de carreras, gana­derías , un exclusivo club de yates en Cerdeña, una isla privada en las Bahamas, dos jets Bombardier y varias fincas en todo el mundo.

Otros lo conocen por su labor filantrópica al frente de su fundación y, algunos, por su pasión por los pura­sangre. En su propiedad de Aiglemont, en la región francesa de Picardía y a unos cuatro kilómetros al oeste del Hipódromo de Chantilly, se encuentra el criadero de caballos más grande del país. «Nunca me había inte­resado este ámbito. Harvard es una gran institución, pero no te enseña gran cosa sobre purasangres. Al invo­lucrarme me llevé una sorpresa total», ha declarado.

“Fue una decisión muy difícil continuar con esta tra­dición que en mi familia se remonta a tres generacio­nes atrás; tres generaciones, además, muy exitosas… La cuarta podía perderlo todo, era un riesgo. Y además no formaba parte del Imanato”. Pero, como en una carrera, apostó fuerte y ganó. En 1977, pagó 1.3 millones de libras por un purasangre propiedad de Anna Dupré; y en 1978, la nada despreciable suma de 4.7 millones de libras por otro de Marcel Boussac. Fue otra inversión acertada: en junio de 2012 logró un récord histórico cuando su yegua Valyra le proporcionó la séptima victoria en el Prix de Diane. Hasta entonces el récord lo ostentaba otro cria­dor legendario, Auguste Lupin, que ganó su sexto Diane en 1886. Eso sí, fue una victoria un tanto amarga, ya que la yegua tuvo que ser sacrificada debido a una fractura de fémur poco después.

Su amor por los caballos es compartido por la Reina Isabel II, a quien el Aga Khan III regaló una yegua lla­mada Astracán para celebrar su boda con el príncipe Felipe de Edimburgo. En su histórica visita a Irlanda en mayo de 2011, la reina de Inglaterra se desvió de su itinerario oficial para visitar las cuadras del actual Aga Khan en Gilltown, donde él ofreció un almuerzo pri­vado para ella.

Hípica y filantropía pueden parecen términos anti­téticos, pertenecientes a dos mundos opuestos. Sin embargo, en los últimos años, el Aga Khan ha decidido unir dos de sus grandes pasiones gracias a la restaura­ción del Hipódromo de Chantilly, que estaba práctica­mente en la ruina –los principales criadores de Francia acudieron a él implorando su ayuda–, y una de las joyas más desconocidas del patrimonio galo, el Château de Chantilly, para el que ha donado 40 millones de euros, más de la mitad de lo que va a costar su rehabilitación. Aunque tiene muy claro cuáles son sus prioridades: la caridad no es lo más importante, sino el desarrollo. “Tratamos de evitar el síndrome de un sólo edificio. Tienes que mirar todo el cuadro. Si tratas de llevar sólo desarrollo social o cultural al margen del desarrollo económico, nunca funciona. Debes hacerlo todo”. En Kabul, en Uganda o en Mali, está restaurando monu­mentos históricos, pero también potenciando la indus­tria farmacéutica, la estabilidad financiera, la industria de la pesca y la energía con una impresionante central hidroeléctrica que ha costado 750 mdd, y que servirá para llevar electricidad a las zonas más deprimidas al oeste del río Nilo.

Muchos quienes le conocen y han compartido tiempo con él destacan una visión única, digna de un soñador con los pies en la tierra, para unir filantro­pía y capitalismo. Su objetivo es establecer una cons­tante sinergia entre sus actividades comerciales y las benéficas. “Es un dios”, ha declarado Betty Lagardère, la viuda del magnate editorial francés Jean-Luc Lagar­dère. Ella le considera uno de sus “más queridos ami­gos”. Y es que parece que el secreto de su “divinidad”, más allá de la condición de líder espiritual que implica ser Imán de los chiítas ismaelíes, proviene no tanto de su labor social como de su magnetismo personal. “La ética islámica dice que si Dios te ha dado la capacidad o la enorme fortuna de tener privilegios, tienes una res­ponsabilidad moral con la sociedad”. Como digno suce­sor de su abuelo, él ha llevado esa responsabilidad más allá de lo que muchos hubiesen imaginado.

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