En 1398 -para situarnos en el tiempo el año en que nació Moctezuma I o Juan II, padre de Fernando el Católico- una pareja de burgueses, Joos Vijd y Elisabeth Borluut, contraen matrimonio en las inmediaciones de la ciudad de Gante, Bélgica. Veintiséis años más tarde, cuando es obvio que el matrimonio no tendrá hijos que puedan heredar la inmensa fortuna alcanzada con sus actividades comerciales, los Vijd deciden encargar un “políptico” -pintura distribuida en varios paneles que pueden plegarse sobre sí mismos- para la capilla que patrocinaban en la Iglesia de San Juan, la actual catedral de San Bavón. Nace así el retablo de la Adoración del Cordero Místico de los hermanos Van Eyck (1434), una obra maestra sin precedentes que cambiaría la historia del arte. Del 1 de febrero al 30 de abril, se celebra el Museo de Bellas artes (MSK) de Gante la exposición Jan van Eyck, Una revolución óptica con más de la mitad de las obras existentes del artista, producciones de su taller, copias de cuadros desaparecidos y más de 100 grandes obras adicionales.

The Ghent Altarpiece: Adoration of the Mystic Lamb. Foto: Saint Bavo’s cathedral © www.lukasweb.be – Art in Flanders vzw / Google Arts & Culture

Paseando 13 salas

Lo primero que me llama la atención de la exposición, la más ambiciosa que se haya realizado jamás sobre el artista, es su profundidad, que la hace extenderse a lo largo de 13 salas del Museo de MSK. Inmediatamente me veo sumergida en una atmósfera acogedora y a veces, sobrecogedora en su belleza, que consigue a través del uso extensivo del color en los paños de las paredes y una iluminación excepcionalmente cuidada. No puedo evitar ahora recordar los retratos de Adán y Eva -de los pocos aún sin restaurar-, sobre un fondo burdeos que lo cubría todo, las tablas de la anunciación del Retablo de Gante sobre el elegante y profundo azul prusiano, o el retrato del Duque de Borgoña sobre un increíblemente sutil amarillo-oro, un retrato que es una copia maravillosa realizada sobre el desaparecido original de Roger Van der Weyden.

Jan Van Eyck en MSK

La exposición consigue una atmósfera de reflexión gracias al excelente trabajo de los comisarios. Foto. MSK Ghent. David Levene.

Nada más comenzar el recorrido, la exposición te sumerge en una presentación de la lujosa corte borgoñona y del propio Van Eyck como ayuda de cámara y pintor de la corte del Duque de Borgoña Felipe el Bueno (1396-1467), pero también como figura destacada en la vida urbana de su tiempo. El fenómeno Van Eyck, su hermano Hubert -que participó en el retablo, pero falleció antes de su conclusión- y el propio Jan, no se puede entender sin las interacciones entre una corte riquísima y dos de las ciudades más prósperas de Europa en ese momento: Gante y Brujas. Esta interacción entre aristocracia y comercio favoreció el desarrollo de oficios y con ellos de artesanos que poco a poco irían evolucionando hasta la aparición del artista. Y uno de esos primeros artistas que firman con su nombre es Van Eyck, cuya figura acabará alcanzando una talla casi mítica hasta el punto de que Vasari le llegó a atribuir la creación del óleo.

Man in a Blue Cap. Foto: ©Christof Weber / Google Arts & Culture

Hacia el retrato al óleo

Si bien el artista flamenco no crea el óleo, si lo moderniza de forma radical con la introducción de “secantes” que permiten un nivel de trabajo y acabado desconocido en el mundo. A ello se suma el hecho de que, a pesar de que no llega a manejar la perspectiva matemática con punto de fuga en la que se adelanta Italia, su conocimiento de los fenómenos de la luz le permite introducir la tridimensionalidad con un realismo pionero. Los brillos, las sombras y los matices entre ambos se incorporan en Van Eyck a una técnica depuradísima que, a través de los siglos, se había ido perfeccionando en la creación de miniaturas en misales, biblias y libros de horas. La muestra presenta con gran acierto al artista asomado a obras de algunos de sus contemporáneos italianos como Fra Angelico, Uccello, Pisanello, Masaccio o Gozzoli… Norte y Sur se miran y nos permiten ver así las diferencias de dos mundos que llegarán a encontrarse y marcar la modernidad.

Van Eyck

Detalle del tratamiento de los detalles que permitió el descubrimiento del uso de secantes con el óleo. Foto. MSK Ghent. David Levene.

Tanto los 8 paneles exteriores de El Cordero Místico como el conjunto de obras que completan la exposición conducen al espectador a través de temas como el de “Caída -o pecado- y salvación”, “El espacio”, “Madre e Hijo”, “Santos en un paisaje”, “El retrato divino”, “La Palabra de Dios”, “Arquitectura”, “La imagen pintada” o “El individuo”. Es en esta última etapa donde puedo recrearme con varios de los retratos que Van Eyck hizo de algunos de sus contemporáneos: El Retrato de Baudouin de Lannoy (aprox. 1435), una tabla de 26×20 aproximadamente procedente e un museo berlinés, el espectacular Retrato de un Orfebre (1428-30) ligeramente más pequeño, procedente del Museo Nacional Brukental de Rumanía o, naturalmente, el Retrato de Margareta Van Eyck (1439) en el que el artista lega a la posteridad la imagen de su propia esposa. El retrato procedente del Museo de Brujas, es uno de los dos existentes que incluye el “motto” del pintor “Como puedo”.

Madonna at the Fountain. Foto: Google Arts & Culture. 

Lo que la exposición no ofrece

El Retablo de Gantes o Retablo del Cordero místico, cuyos 8 paneles exteriores -más los dos interiores que representan a Adán y Eva- son el centro de la exposición del museo, pero el retablo en sí no se puede ver en realidad completo, es necesario acercarse a la catedral -con pago de entrada independiente incluido- para ver el interior con sus casi tres metros y medio de altura en una sala abarrotada de gente en la que no se introduce al público por grupos que permitan una contemplación medianamente decente de la obra. A ello se suma que la parte interior está situada en una vitrina de cristal antibalas que distancia la obra y su magnificencia de los pobres mortales que nos agolpamos en un espacio y condiciones imposibles. Con ello, además, se nos hurta una de las características excepcionales que los Van Eyck incorporaron a la obra: su concepción casi cinematográfica. Esto uno lo tiene que construir en su imaginación, porque la exposición no ha tenido el acierto de que se pueda contemplar de forma conjunta. Cuando me ocurren estas cosas me indigno tanto… que acabo hablando sola. Luego, inmediatamente se me pasa y pienso que tengo que volver en otro momento, más tranquilo y sin exposición de por medio, porque ninguna reproducción fotográfica es capaz de reproducir estos colores hechos con pigmentos naturales. Es imposible.

Van Eyck

El retablo cerrado muestra en la parte inferior los retratos de los donantes. Foto. MSK Ghent. David Levene.

Los hermanos Van Eyck concibieron el Retablo para que cerrado -que era lo normal en su tiempo-, mostrara en la parte central un flashback de la Anunciación en tiempo real, con un Arcángel San Gabriel de una buscada belleza física y carnal que queda separado de la Virgen por dos paneles que muestran, como en secuencias simultáneas, el exterior -la ciudad de Gante a través de una ventana-, y el interior con los enseres cotidianos de la vida de la Virgen que aluden a la virtud. Y de la misma forma que en una película, el diálogo también tenía aquí su protagonismo: los labios del Arcángel abiertos -podemos apreciar sus diminutos dientes- hablan abiertos y de ellos surgen las palabras -escritas sobre la tabla-. Y así podemos casi escuchar, también, la respuesta de la Virgen que no está dirigida al ángel sino a Dios mismo representado por el Espíritu Santo. ¿Cómo se percibe esto? porque las palabras están escritas boca abajo, es decir, se pueden leer-oír desde arriba. Estos detalles se aprecian en la exposición del MSK de maravilla en los paneles expuestos a la altura de la vista, pero se hace a costa de la visión de conjunto.

Desde la parte superior las sibilas y los profetas observaban todo expectantes. Abajo, dos esculturas -grisallas pintadas sin colores- sirven a Van Eyck para mostrar la superioridad de la pintura sobre la escultura y representa las dos estatuas a las que rezan los dos donantes de la obra. La luz, la luz pintada, tiene la misma dirección que la luz real que entraba en la capilla creando una sensación de realismo hiperreal y simbólico, sutil, latente, esperanzado, que se pierde fuera de su emplazamiento original.

Retablo Van Eyck

La ciudad de Gante a través de la ventana de la Anunciación. Foto. MSK Ghent. David Levene.

Lo que sucedía al abrir los paneles no podía sino conmocionar. Frente a la quietud, la vida, frente a las profecías y lo anunciado, la majestad triunfante del Cordero de Dios al que se rinden todos los poderes de la tierra, las artes y la naturaleza misma. El efecto que provoca esta obra es tal, que lo que fue concebido en hace 600 años se convierte en viral en el siglo XXI cuando se crea una cuenta de Twitter para el cordero restaurado que al eliminar los repintados que habían modificado por completo su mirada, descubren un cordero con ojos humanos que interpela a quien le mira. Si esa mirada se vuelve viral en una sociedad descreída que lo ha visto o cree haberlo visto casi todo, ¿qué sensación pudo provocar en su tiempo? Esto, ya digo, lo pienso, mientras veo en la distancia con frustración, los paneles del interior de esta pieza única.

Veinte obras en el mundo

En todo el mundo sólo se conserva de Jan Van Eyck una veintena de pinturas y dibujos. De este retablo de 1432 que Hitler ordenó expoliar -siguiendo los pasos de Napoleón- y que ocultó durante años en unas minas de sal abandonadas, la exposición muestra los 8 paneles exteriores restaurados durante más de 4 años ya sin el barniz envejecido y los repintados que los habían alterado considerablemente.

Dos burgueses sin hijos tras la ‘Revolución Óptica’ de Van Eyck

Las palabras de la Virgen pintadas como saliendo de su boca. (c) MSK Ghent, photography David Levene.

De lo mejor, la comparación con los maestros italianos que aún pintaban con tempera pero que ya se habían adentrado en el Renacimiento. De lo peor, la masificación en la catedral. Y una laguna: ninguna alusión a Robert Campin que fue, junto con Jan y Hubert, el iniciador de la escuela flamenca.

Para acabar invito a mirar -y admirar- la obra en Google Art. Si bien como he dicho, nada es comparable a sentirse sumergido en el aura que emite una obra en vivo, en este caso merece la pena apreciar el portento técnico, científico y creativo que significó el Altar de Gante con la posibilidad que ofrece la macrofotografía. Hacer “zoom” en la ventana sobre Gantes entre el Arcángel y la Virgen y ver a las gentes charlando en lo que no es sino un par de centímetros de la obra descubre, aún más, el genio de este artista.

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