Sé, que como yo, hay muchas personas que siempre que visitan la colección permanente del Prado o van a ver una exposición temporal se sienten de manera irremediable atraídos por las salas que albergan las obras maestras del Bosco. ¿Qué nos lleva? ¿Qué tenemos este grupo de incondicionales con El Bosco?

Lo que tienen los otros no lo sé, pero estoy convencida, de que es algo tan íntimo y personal entre cada uno de ellos y el artista como lo que tengo yo. La fuerza y la esencia del arte es esa, que es una vivencia única.

El Museo del Prado presenta, hasta el 11 de septiembre de 2016, la que probablemente sea la exposición más importante del artista de todos los tiempos.

Tríptico de las tentaciones de san Antonio Abad El Bosco Óleo sobre tabla, 131,5 x 111,9 cm (tabla central); 131,5 x 53 cm (tablas izquierda y derecha) h. 1500-5 Lisboa, Museu Nacional de Arte Antiga

Tríptico de las tentaciones de san Antonio Abad. El Bosco. Óleo sobre tabla, 131,5 x 111,9 cm (tabla central); 131,5 x 53 cm (tablas izquierda y derecha) h. 1500-5 Lisboa, Museu Nacional de Arte Antiga

La historia no son apuntes, sino vida humana, y estos son retazos en los que encontramos una mínima sombra de la epopeya humana hecha, esta sí, de carne y sangre, amores y miedos, perdones y resentimientos. A lo largo de la vida de Jheronimus van Aken, o Jheronimous Bosch, como dio en firmar alguna de sus obras o, en fin, “El Bosco” como se le conoce en el mundo de habla hispana, reinaron sobre los inmensos territorios de la Corona, dos Felipes. El primero de ellos fue el llamado Felipe el Hermoso, que visitó, primero en 1484, con su padre Maximiliano y, el segundo, en 1496 acompañado de su ya esposa Juana de Aragón, la próspera e importante ciudad de Hertogenbosch, donde vivió y murió El Bosco. Si viajó y vio, no lo sabemos. Sí sabemos, sin embargo, que Peter Van Os, en su “Crónica de la ciudad de ‘s-Hertogenbosch” comitente -que realiza el encargo- del Tríptico del Ecce Homo (hoy en Boston) y era junto con El Bosco, hermano jurado de la Cofradía de Nuestra Señora, -ya se sabe, donde hay que estar, y bien, es decir jurado, para ser alguien en la ciudad-… pues no lo menciona. Un “Oooops” que no dice Pilar Silva Maroto, aunque si menciona, esta curadora que ha llevado a buen puerto la nave casi imposible de una exposición sobre el autor, como no se ha visto otra en cantidad – y sobre todo en calidad – . Silva Maroto, en su ensayo recio y sin concesiones que titula “El Bosco y su obra” y que es pieza fundamental del catálogo-libro, no fundamental sino ineludible para que a partir de hoy quien quiera acercarse o estudiar la vida y obra del pintor flamenco que nos dejó no el bulbo fructífero del surrealismo como dicen algunas personas, sino probablemente la más brava prueba de la imaginación humana -quizá, pero no lo voy a decir yo, aún por superar. Silvia Maroto se mete en “jardines” otros más dificultosos aún que el de “Las Delicias”, para sentar cátedra sobre autorías, fechas y aspavientos, publicando opiniones opuestas, pero “refutadas” en estas líneas. Pocas obras -o ninguna- asombra al espectador como la “obra” en su conjunto -y ciertos particulares, en especial, del Bosco. Váyase usted al Prado un día normal, y vea rascarse las cabezas a los “millenials” teléfono enfundado quizá, por primera vez en su -corta- vida. Todo es pasmo. Monjas cerdo, “flores en el trasero” -bueno y de todo- que seguro que es dicho, la “concupiscencia de las razas” -sin acritud-, el fuego, mucho fuego, las baterías antiaéreas, las escafandras de astronautas… Rasca que te rasca, los visitantes del Siglo XXI, siguen encontrando lo que no estaba en la pintura… pero sí estaba. Puesto que se ve y al verse se hace realidad.  Y ahora…

Tríptico del carro de heno. El Bosco. Óleo sobre tabla, 133 x 100 cm (tabla central); 136,1 x 47,7 (tabla izquierda); 136,1 x 47,6 cm (tabla derecha) h. 1512-15 Madrid, Museo Nacional del Prado

Tríptico del carro de heno. El Bosco. Óleo sobre tabla, 133 x 100 cm (tabla central); 136,1 x 47,7 (tabla izquierda); 136,1 x 47,6 cm (tabla derecha) h. 1512-15 Madrid, Museo Nacional del Prado

Se sabe que Isabel, reina de Portugal, poseía una tabla del Bosco que pasó a engrosar a su muerte -de parto- la colección de su madre, y hoy está desaparecida. Pero la poseyó. Raro ¿no? No tanto. ¿No habíamos dejado a Felipe su cuñado y a Juana su hermana menor en la mismísima ciudad del pintor? Es de suponer que las hermanas -sobre todo cuando una va a ser madre de quien va a asumir la Corona Hispánica- se hacen regalos. O no. No se sabe y ahí se queda. Pero fue la primera tabla del maestro en llegar a España. Mientras tanto -o cerca-, Felipe encargaba al maestro “El Juicio Final” y “otras obras menores” -¿regalos?- que, curiosamente es de los escasos encargos de los que se conserva documentación. Pocos años después, visitando la vecina Bruselas junto con su padre el Emperador Carlos, el joven Príncipe de Asturias, Felipe, vio una “caravana agasajo” con motivo de fiesta religiosa “un diablo en forma de toro bravo echando fuego por los cuernos, y guiado por un muchacho con aspecto de lobo, al que seguía, la figura de San Miguel Arcángel, patrono de la ciudad” (De un ensayo del catálogo a cargo de Fernando Checa Cremades.) Me permito ahondar una pizca “Lo más extraño hizo su presencia inmediatamente después: un mozo en “figura de oso” tañía unos órganos en los que, en lugar de flautas, había gatos vivos con las colas hacia afuera. El oso, al usar de éstas, hacía que los gatos aullaran “cada y uno como se dolía y hacían sus aullidos, altos y baixos, una música bien entonada”.

El hombre-árbol. El Bosco. Tinta parda a pluma, 227 x 211 mm h. 1500-10 Viena, Albertina

El hombre-árbol. El Bosco. Tinta parda a pluma, 227 x 211 mm h. 1500-10 Viena, Albertina

Qué no sabrá Europa de imaginación y figuras polimórficas. Pero, aunque al parecer, sus coetáneos, no le dieran demasiada importancia a su escenificación de -oh bueno, ya se sabe- vicios y virtudes, si se lo dieron -aventuro yo-, a su dibujo a pincel y a veces improvisado sobre una base blanca, y a sus pruebas de mente genial, con el no tan difundido óleo, con tiempos de secado tales, que el Bosco consiguió hacer la más fina de las capas para un secado rápido. Los Van Aken constituyeron cinco generaciones de pintores respetados. Algunos sobrinos de El Bosco, que no tuvo hijos pero sí una mujer ligeramente mayor y con casa en la plaza, como sus parientes, pero en zona más noble. ¿Fue Felipe o fue Juana, la que cruzaba esa plaza para ir de vez en cuando a verle trabajar -y posiblemente conversar- en su taller al otro lado de la plaza? Quizá Isabel, Reina de Portugal lo supiera de buena fuente. Hoy, a nosotros nos quedan esas cartas halladas de Felipe II en una de las cuales, fechada ‪3 de diciembre de 1582, se quejaba el rey de que sus tres hijos, Isabel Clara Eugenia, Catalina Micaela, y Felipe -entonces de 4 años- hubieran visto las procesiones de Lisboa “aunque hubo unos diablos que parecían a las pinturas de Jerónimo el Bosco de que creo que tuviera miedo”. En segunda fechada ‪el 17 de septiembre afirmaba “muy bien que vuestro hermano no tenga miedo como decís vos la menor y no creo que le tuviera de los diablos de la procesión porque venían buenos y vianse de lexos y más parecían cosas de Jerónimo el Bosco, que no diablos, y cierto que eran buenos pues no eran verdaderos”. Su mayor coleccionista dixit.

Tríptico del jardín de las delicias. El Bosco. Óleo sobre tabla. 185,8 x 172,5 cm (tabla central); 185,8 x 76,5 cm (tablas izquierda y derecha) h. 1490-1500 Madrid, Museo Nacional del Prado. Depósito de Patrimonio Nacional

Tríptico del jardín de las delicias. El Bosco. Óleo sobre tabla. 185,8 x 172,5 cm (tabla central); 185,8 x 76,5 cm (tablas izquierda y derecha) h. 1490-1500 Madrid, Museo Nacional del Prado. Depósito de Patrimonio Nacional

Lo que tenía el Rey con el de Brabante es un misterio. Mi affaire con el maestro es pura ansia espiritual, y me dura a cada vez, solo unos instantes, ¡Ay!  ¡Pero son tan plenos! que no puedo evitar volver una y otra vez. ¿Acaso el arte no es eso? un breve chasquido en el alma provocado por la conmoción que nos hace sentir contemplar una obra maestra.

A ustedes no se, yo salgo de esta exposición sintiéndome una persona mejor.

 

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