El día 19 de septiembre comenzó como uno más, la rutina de un martes era la misma. México amaneció melancólico con el recuerdo a flor de piel al recordar el 32 aniversario de uno de los terremotos más devastadores que ha tenido la historia del país. A las 11 de la mañana la Ciudad entera se detuvo un minuto para conmemorar dicho momento, pero esto no era el inicio. A las 13:14:40 horas realmente comenzó todo, fue el minuto cero de un eterno día que ha durado al menos 48 horas. Estas son las 2376 palabras que resumen un universo de sentimientos que envuelven a un simple voluntario.

Una noche antes, lunes 18 cené en compañía de mi familia, todavía teníamos fresco el sentir del sismo que golpeó a Oaxaca y Chiapas, durante toda una semana habíamos hablado de este sismo, las reacciones que habíamos tenido todos y cómo fue que lo sentimos. Me hice de cenar, yo había tenido un día muy pesado en el trabajo y, entre otras pláticas, le comentaba a mi familia mi día, al igual que mi hermano, al igual que mi papá. Mi mamá sólo escuchaba nuestras anécdotas, cuando ella intervino en la plática y comentó que recordaba tal cual la historia de hace 32 años.

Ella y mi padre estaban en su departamento, junto con una niña de 5 años, comenzó a temblar y aunque ellos vivían en el norte de la ciudad lo pudieron sentir. Mi padre gritaba “está temblando”, mientras que la niña decía “¿qué es eso?” a lo que él le respondió “se está moviendo la Tierra”, la inocencia de una niña de 5 años hizo que se asomara por la ventana para mirar abajo y ella intentó calmar a sus papás… “no papá no es cierto”.

Al día siguiente, en el grupo de WhatsApp de mi familia, (creo que todas las familias lo tienen) mi hermana mayor -¿recuerdan a la niña de 5 años?- nos envió un mensaje contándonos su experiencia del simulacro conmemorando el 32 aniversario de aquél terremoto y advirtiéndome que me mantuviera tranquila. Pasaron las horas y en eso sucedió el momento que nadie estaba esperando, un nuevo sismo, un 19 de septiembre.

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Al ver las noticias, minutos después nos percatamos que estábamos ante una situación que recordaba 1985. Seguía pasando el tiempo y llegaban más gráficos, imágenes y videos sobre cómo se vivió en este sismo.

Foto: Julio Hernández

Solidaridad, el valor que ha imperado en esta emergencia

Seguíamos al pie del cañón las noticias, las redes sociales fueron vitales para comenzar a canalizar dónde serían centros de acopio, y la organización de distintas brigadas de voluntarios para ir a las zonas colapsadas. Protección civil decía que el tráfico estaba colapsando la Ciudad y la ayuda no estaba llegando, tomamos la decisión de esperar y pensar en un plan para no entorpecer pero por supuesto, ayudar.

En la zona norte de la Ciudad, Satélite, no tardaron los colonos en comenzar la organización y el Centro Cívico ya estaba listo para ser un Centro de Acopio. Fuimos corriendo a un supermercado a comprar lo que las redes sociales exigían, agua, cobijas, toallas, material curativo, sueros vía oral, toallas femeninas… en ese momento todo tipo de víveres se necesitaban.

Fue increíble ver tanta gente comprando, llenando docenas de carros de agua y toda la ayuda que México necesitaba. Fue hermoso ver a jóvenes, a los que llaman “los apáticos millennials” corriendo por los pasillos para encontrar todo tipo de artículos que hicieran una diferencia. Nos encontramos con que habían cosas que ya estaban agotadas, pero eso no desalentaba a la gente, buscaban otras opciones, como un grupo de jóvenes que se acercó a mí para auxiliarlos en temas de toallas femeninas, no querían que sus compras les fueran rechazadas por no saber comprar.

Foto: Julio Hernández

 

Desde ahí fue el momento en donde comencé a ser voluntaria, mientras mi madre iba por latas de atún y comida, yo auxiliaba a señores de la tercera edad a cargar sus carritos con garrafones de agua con 10 litros, en ese momento mi problema en las lumbares no me preocupaban, México me necesitaba a mí y a todos.

Veía a mi padre llorar con el sentimiento que lo envolvía a vernos a todos ayudar, nos apuramos a salir del supermercado para entonces dirigirnos al Centro de Acopio, ya había tráfico por la zona de todos los coches que estaban arribando al lugar.

Yo caminaba junto a mi hermano y me sentía segura, sabía que mi hermano siempre iba a cuidar de mí y le dije un pensamiento que lo dejó sin respuesta “nunca pensé que nos tocaría vivir un momento histórico y que ahora nosotros tomemos el papel que mis padres y mis tíos tomaron en el 85, ir a ayudar, ver a México destrozado, y después de todo y de tantos años contar y recordar -con el mismo sentimiento que ellos lo hacían- a nuestros hijos o sobrinos, incluso nietos”.

Llegamos al lugar y ahí fue donde supe que no pararíamos la ayuda durante un largo tiempo, eran cientos y cientos de personas gritando, ayudando, saludando. La brecha social era un concepto que había desaparecido en ese lugar, no importaba edad, sexo, condición física, clase social, todos estaban ayudándose el uno al otro con el mismo fin, México.

Foto: Christian Castro

Los jóvenes estábamos pegados a las redes sociales para ayudar a dirigir los camiones y brigadas a los lugares que más lo necesitaban, los mayores nos hacían caso. Me acerqué a un grupo a decir “hola, ¿cómo los ayudo?” y como si nos conociéramos de toda la vida me designaron una actividad, consistía en apilar grupos de 6 u 8 botellas de agua con cinta canela para que fuera más fácil pasarla en la cadena humana y poder llenar un camión.

A lo lejos escuchaba que la comida estaba en otro punto y en medio de una carpa estaban separando los medicamentos y el material curativo. Habían doctores voluntarios expertos en el tema a cargo de ello, lo que me daba más confianza de que nuestra ayuda sería realmente buena. Así todo comenzaba a tener más orden, de esta forma en cuanto alguien trajera ayuda podíamos dirigirla al lugar correcto y optimizar el trabajo y la organización de las toneladas de víveres y amor.

Me encontré con varios conocidos, amigos de la primaria, de la carrera, vecinos, nos daba gusto saludarnos pero lamentábamos la situación. En ese momento entendí que todos éramos uno mismo y me llené de energía y vitalidad, íbamos haciendo relevos y llegó el punto donde lideré al grupo de las aguas, en donde adultos mayores, niños y jóvenes de mi misma edad, obedecían las indicaciones que les compartía.

Foto: Christian Castro

El trabajo en equipo jamás había tenido tanto sentido como en estos dos días, después de recibir toneladas de ayuda era momento de comenzar a cargar el primer camión. Se hizo una cadena humana en donde alcancé a ver a mi padre, mientras mi hermano ayudaba a cargar lo más pesado y mi mamá se dedicaba a armar cajas y cajas y cajas en compañía de docenas de personas.

Mientras que por un lado una cadena humana seguía descargando toda la ayuda, otra se dirigía directamente hacia el camión, veíamos pasar ropa, galletas, comida preparada, comida no perecedera, herramientas, polines y amor, mucho amor en cada uno de los bultos que nos pasábamos de mano a mano.

Una vez terminado el camión, cerraron la puerta trasera y comenzó a arrancar. Todo el centro cívico se hizo uno solo y aplaudimos en conjunto, nuestro primer grano de arena por fin iba en camino, ese momento fue algo que me hubiera encantado documentarlo pero el sentimiento me invadió y solo me dejé envolver por la solidaridad de los mexicanos. La piel chinita y mis ojos llenos de lágrimas fueron los que me hicieron darme cuenta que ser voluntaria es lo mejor que me pudo pasar.

A la par de todo esto, yo soy periodista, y como tal, me encontraba en comunicación constante con mi compañera y mi jefa, de esta forma en cuanto yo supiera datos e información de valor se los comunicaba para que ellas en nuestras redes sociales y página web lo publicaran.

Perdí la noción del tiempo y para mí lo que fueron 30 minutos, habían sido horas, gente que había preparado algo de comer pasaba persona por persona ofreciendo comida y agua, en cuanto la vi mi cerebro mandó una reacción inmediata a mi estómago y sentí hambre, yo también acepté ayuda.

Foto: Christian Castro

Con altavoces hacían llamados a aquellos que ya llevaban mucho tiempo ayudando, que fueran a descansar, esto no iba a parar e iban a necesitar a gente con energía y manos bien descansadas. Como voluntaria entendí que también hay que estar bien para poder ayudar a los demás, era momento de irme y descansar, seguramente no podríamos conciliar el sueño pero ya era momento de darle un respiro al cuerpo después de tanta adrenalina, miedo y esfuerzo, pero con la firme convicción de que todos los días regresaríamos a ayudar. A pesar de que nuestras manos ya no estaban presentes ahí para ayudar físicamente, seguían ayudando de forma digital compartiendo contenido, compartiendo lugares donde necesitaban ayuda, enlazando gente para que pudieran ayudarse entre sí y pendiente de las noticias para alertar a la sociedad.

La media noche fue crítica porque escuchábamos que estaban evacuando distintos edificios y hospitales y se estaban registrando nuevos derrumbes, nuestra posición como voluntarios entendió que seríamos voluntarios durante mucho tiempo y que apenas eran las primeras 12 horas de una larga ayuda que seguramente tomará meses…

Galería: Centro de Acopio Centro Cívico, Colegio Rébsamen y Voluntarios de Santa Cruz Acalpixca:

Al día siguiente apenas despertamos fuimos por más víveres y a seguir ayudando, siempre al pendiente de nosotros y saber que también estamos a salvo y compartiendo información de valor para todos. Así han sido horas y horas de ayuda, metros y metros de cadenas humanas, toneladas y toneladas de ayuda. Logré recuperar un video minutos después del derrumbe de un nuevo edificio en Medellín en la Condesa, en donde pedían herramientas y manos para ayudar a rescatar.

Anda circulando un tuit que dice “Los jóvenes tomaron la CDMX, ojalá ya no la suelten” y creo que esto fue lo más alentador, México nos tenía en un concepto poco favorable y nos juzgaban por nuestra mentalidad y “hechos” pero más allá de demostrarle a aquellos que llegaron a pensarlo, fue simplemente seguir siendo nosotros, con nuestra propia esencia que nos caracteriza como millennials, que es ayudar al prójimo, amar a México y amar a la vida.

Si el día de hoy, la gente lo está viendo, nos alegra y lo agradecemos, pero me tomo la libertad de decir que ni siquiera el 1% de nuestros esfuerzos ha sido con este fin, lo hacemos por México, porque hoy la gente y el país nos necesita a todos y eso haremos, daremos lo mejor de nosotros.

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